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Iluminado por el fuego



Hace muchos años traduje los primeros capítulos del hasta entonces agotado libro de Norman Mailer, “The fight”, que narra con músculo y lucidez la pelea de Ali y Foreman de 1974 en Zaire.

Con la fuerza de la juventud, recorrí editoriales sin suerte argumentando que el país necesitaba tener este libro en castellano. Dejé de traducir. Hace un par de años llegó una nueva edición versión española, que me negué a comprar. 

El libro aborda ese combate, quizás el acontecimiento más importante de la historia del boxeo por el momento deportivo de ambos boxeadores y por el contexto en el que se llevó a cabo -una sangrienta dictadura en Zaire-. Cuenta Mailer que el calor de Kinshasa  evaporaba  la sangre de los que habían sido asesinados en el estadio días antes de la pelea. 

La narración es 100% Mailer, pero a diferencia de otros libros suyos donde da rienda suelta a su egocentrismo, en éste juega el papel de cronista excelso,  combinando con cintura y reflejos la observación, la historia americana, un meticuloso conocimiento del deporte y un abordaje psicológico de Ali y Foreman fascinante. Mailer devuelve a Ali al Olimpo del que había bajado transitoriamente.  
El libro es una ventana a la amistad que Ali y Mailer construyeron a lo largo de décadas. Conversaciones sobre poesía, política, boxeo, salidas a correr juntos a la madrugada, Alí líder político. El negro café con leche que era amado por los ciudadanos de Zaire vs Foreman –el negro-negro- que bajó del avión con un perro pastor alemán, símbolo de la opresión policíaca de la Zaire de aquél entonces.
Alí llegó a Zaire y Foreman dijo estar lesionado, con lo cual la pelea se atrasó un mes. En ese mes Ali se ganó el corazón de los africanos entrenando entre ellos, dando conferencias de prensa todos los días, erigiéndose como líder político mundial.

De esos pequeños detalles está repleto el libro. Comienza así:

“Siempre es un shock volver a verlo. No en vivo como en la televisión sino parado frente a ti, luciendo en su mejor forma. El Atleta más Grande del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más hermoso. Las mujeres dibujan una respiración audible. Los hombres miran hacia abajo. Se les recuerda nuevamente su falta de valor. Si Ali nunca hubiese abierto su boca para hacer temblar como gelatina a  la opinión pública, aun así inspiraría amor y odio. Porque él es el príncipe del cielo, así lo dice el silencio alrededor de su cuerpo cuando está iluminado.” 

El Parkinson fue el castigo proporcional de los dioses ante su ofensa de haber sido mortal. 

Como dijo Cornelio Saavedra después de enterarse de la muerte de Mariano Moreno arrojado al mar: “hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”. 

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A sangre fría

Cuenta Norman Mailer que cuando comenzó su investigación para escribir “La canción del verdugo” (la  genial novela que rivalizó con A Sangre fría de Capote) y  se topó con las cartas que el protagonista de la historia le había escrito a su amada, tomó la decisión estética de que nada de lo que él escribiera, debía superar la belleza del estilo de Gary Gilmore. Es decir, que El Gran Bocón debería adentrarse en una batalla para despojarse de su complejo uso de la gramática, sus adjetivaciones demoledoras, todo artificio aprendido en pos de un estilo de hombre-de-a-pie que encandilara por brutalidad. De más está decir que lo logró. La novela es apasionante

Llegar a dominar el lenguaje (siempre dentro de la literatura, claro) de tal manera sólo puede realizarse después, no al principio. La simplicidad, esconder los hilos del entramado, es una ardua tarea que suele encontrarse con el tiempo, por eso él dice que no da mucho valor a Los Desnudos y los Muertos porque copió el estilo de los grandes autores norteamericanos, que su propia voz tardó en hacerse presente algunas novelas.

Me siento a escribir al filo del día con un par de ideas en busca de un ritmo, como muchas veces, en apariencia sin conexión.

Algo que me hubiese gustado contarle para molestar a una persona que molestaba a otra (“con las mejores intenciones”) en el subte: el inconciente no es otro sujeto, es lo contrario al yo, las lógicas que rigen uno y otro son excluyentes entre sí.  Por eso es imposible sostener la creencia de que en el interior de cada uno de nosotros haya alguien –como se dice desde una perspectiva que degrada y vulgariza la cuestión– que quiere lo opuesto a lo que aparentemente queremos (si odiamos es porque “en realidad” amamos, si somos generosos es porque “en realidad” otro egoísta dentro nuestro quiere tenerlo todo, etc. Otorgarle una intencionalidad equivalente a la de conciencia al inconciente es una falacia que se reproduce en esa popular música que es tocar de oído. La cuestión no es transparente.

Mailer se preocupó por la existencia del inconsciente, leyó un poco a Freud pero desde un lugar de curiosidad, admiración, deber ser, literatura fantástica. Tiene sin saberlo (una de sus definiciones) muchas ideas muy potentes que son temas tratados por el psicoanálisis en su vasto abanico. Pero el psicoanálisis no lo es todo. También hay prefreudianos ( y sartreanos) que viven más o menos como cualquier otro que acepte la hipótesis del inconciente, incluso los hay algunos  como Gary Gilmore que después de asesinar sin motivo aparente a dos personas, pidió que lo mataran según cumplimiento de las leyes vigentes en Utah en 1977. Y nadie quería matarlo.








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Las temblorosas manos de Dios

“Téngase en cuenta que una buena mitad de este oficio (el de escribir)  consiste en tener la suficiente sensibilidad respecto del momento como para buscar la siguiente promesa, que por lo general esta oculta en alguna palabra o frase, apenas un movimiento al costado de la intención conciente de uno. (la conciencia, esa herramienta embotada, corcovea en la direccion general de la verdad; el instinto arranca la pluma. ¡Vítores!”
 
Los ejércitos de la noche. Norman Mailer



Cuando algunos encuentran el límite de lo cognoscible, Dios tiene su oportunidad. Para quienes crean en él; quizás tengan un trato más cotidiano, un soliloquio a dos voces, pero para los que no, cuando el cinto ajusta y el aparato psíquico tiembla, él tiene al menos luz amarilla. Entonces Dios se expresa con metáforas, una revelación es una metáfora, el fin del sentido aunque sea un sentido, muchas veces no lo tiene, es un real, y una definición de lo real es aquello que está excluido de lo simbólico y lo imaginario. Por otro lado,  creer en algo no necesita esfuerzo, solo sucede, se desliza y se siente en la metonimia.

Otra vez escuché este fin de semana al “doctor” Cahe decir de Cacho Castaña que estaba en “las manos de Dios”. Un límite y le suena el teléfono a Dios. Lo que nadie quiere saber es que a Dios la mayor parte del tiempo le tiemblan las manos. O las tiene enjabonadas. O peor peor aun, está cansado de ser bombero, cuando a él en realidad le divierte más el fuego.

Todos los que llegan a las manos de Dios, indefectiblemente ca-en. Más si quien lo expresa es un médico. Misma situación cuando alguien que sufre por tan solo estar vivo y pide ayuda a alguien que estudió en una Universidad, confunde el ámbito y se entrega a la medicina para paliar un dolor del alma (que como sabemos siguiendo a Descartes está situada en la glándula pineal). Idéntica situación para tratar a un adicto: es en el de la salud, no de los policiales. Y una digresión más: en el terreno de lo que se puede conocer, por ejemplo, cierta psicología americana hizo hincapié en el déficit, mientras sobre el mismo tema por ejemplo los constructivistas rusos entendieron que un límite es el piso inferior del siguiente nivel de desarrollo. 

Si Dios es la perfección y alguna fue representado bajo la forma de un círculo, entonces tiene asidero la figura-hipótesis de aquellos que sienten horror ante un círculo sin cerrar. Y si no, pregúntense/les a un obsesivo qué le pasa si no pudo hacer eso íntimo inconfesable que hace cada noche antes de irse a dormir (“la religión privada” la llamó Freud).

Sólo habiéndolo perdido se lo puede buscar. Es la experiencia constitutiva que rige el deseo y a la que la mayoría está expuesto. Así como no se puede perder lo que no se tuvo, nunca se busca a ciegas. Las marcas de nuestra historia arbolan el camino, y aunque creamos que si estamos en la azotea hay que saltar, también hubo un Borges le dio la vuelta a la nada no como un melancólico (que se  hace objeto de ella,) y escribió uno de los 10 poemas más importantes de la historia, el de los Dones que abre: “Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.”

Dios se hace presente cuando parpadea, cuando el sistema necesita reseteo, en la chispa creadora de lo desconocido, en la metáfora, y también cuando se acaban las palabras, Bukowski siempre se reía de cómo las personas lo traían a colación en el acto sexual.


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Larrea esquina Sarmiento

Muchos dias fuera del hogar y algunas ideas para meterlas en en bowl, unirlas y ver que sale siguiendo las enseñanzas del loco de Tzara.

Viajé bastante en colectivo, líneas nuevas y otras conocidas, dejé la ciudad. Sin los auriculares y con casi tres horas en un solo día haciendo recorridos urbanos uno tiene material de sobra para chusmearle a la vecina o escribir un cuento. Una mujer hablaba muy acongojada por teléfono, dejó de hablar y rompió en llanto. Quería y no quería mirarla, darle un poco de privacidad para que lo hiciera sin tantos ojos sobre ella, era dificil. Una de las paradas duró bastante ya que subió mucha gente. Ella miraba para afuera, justo se veía el mármol tallado que decía “Nuestra señora del socorro”. Supe qué pensaba por un instante.

 Del otro de los asientos que marean -ya que dan la espalda al sentido en el que se avanza-, una pareja de jóvenes padres lucían preocupados mientras su hijo de unos 3 años jugaba con la radiografía de su tórax, la doblaba, la miraba a contraluz, le descubría el divertido sonido que produce al ondularla.

En el asiento individual para penitentes, un viejo olvidado actor argentino movía los labios con desesperante calma, abrazaba su traje marrón recién sacado de la tintorería y no miraba a la mujer que no secaba sus lágrimas. A pocas cuadras de dónde debía bajarme subió el inspector. Le dí mi boleto pero me dijo que era de otra línea. Y era. Por unos instantes me sentí el más idiota, lo único que faltaba era que el inspector accionara contra mí por un descuido. Pero no, la vida de buen peatón incluye no tirar basura, así que tenía mi boleto y me lo cortaron.

Esa noche soñé que me tomaba un colectivo que jamás que tomé (eso pensaba): el 37. Me llevaba para San Telmo, que es para donde va en un sentido de su recorrido, pero bajaba y era otro lugar, estaba en una manifestación, le estacionaba el auto a una anciana como favor y me encontraba con un amigo. En un momento la columna que formábamos comienza a bajar por una calle con una pronunciada pendiente y de pronto es otra ciudad reconocible, de mi infancia, pero yo tenía la edad de ahora y de repente aparece Francis Ford Coppola, le critico su última película, se adelanta, yo lo alcanzo a mi amigo y le digo al oido: “director´s cut”. En ese momento Coppola se da vuelta y me dispara repetidas veces a la altura de la cintura, me doy vuelta y sigue por la espalda. Siento caer y no poder mover las piernas. Despierto.

Ya lo decía Freud, el sueño es un rebus, un jeroglifico. Y el inconsciente sabe y escribe bien, con múltiples figuras retóricas. No voy a ahondar en este tono pseudo intimista que no me agrada pero bueno, llega a imprenta.  ¿Sería el cineasta? ¿A quién le cortaron las piernas? Cut = cortar, Coppola = Guillote. Piernas que se cortan, ¿acaso que hacen los balazos? ¿Y por la espalda? Traición. Soñé un sueño maradoneano.

Al día siguiente de casualidad tuve que tomarme el 37, no en el sentido a San Telmo sino por Entre Rios. Un rato antes había comprado por 10 pesos “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon, una ganga, me gusta cuando a los libreros se le escapa la tortuga. Me llamó una amiga para que la ayudara a pensar qué libro le podría regalar al novio que se iba a Europa unos meses, pero la condición era que la trama aconteciera en ese continente y no incluyera poligamia. No teníamos mucho tiempo, descartamos algunos obvios, reímos y sugerí “Viaje sentimental por Francia e Italia” de Sterne y otros que no diré si fueron los elegidos o no para no ser tan botón.

Al día siguiente fui a buscar a Parque Rivadavia otro libro –comprado por Internet a otro incauto- del querido Mailer, “Los ejércitos de la noche” a tan sólo 20 pesos. En su contratapa se lo vendía como uno de los 10 mejores libros del año 69 para la revista Time junto –entre otros- al de Fanon.

El sueño de la noche fue más leve: solamente llegaba tarde a una obligación que aun no sucedió. 

Monotemático. 

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La pelea


Este blog debe su nombre a la primera novela de Norman Mailer, a la cual le debo una entrada aquí mismo. Estos últimos tres años le he dedicado al menos la mitad de mi tiempo de lectura a sus obras, y es tan vasta y soy tan inconstante que aun me queda bastante por leer. Con Norman compartimos el gusto por el boxeo y las letras. Hay una larga tradición de escritores amantes del boxeo, tanto en su práctica como en su contemplación. Alguna vez dije que no existe mucha diferencia entre escribir y golpear.

Cuentan que Hemingway escribía para vivir y peleaba por diversión. Uno de sus oponentes frecuentes era el novelista canadiense Morley Callaghan, quien una vez le rompió la cara después de que Scott Fitzgerald, el cronometrador, dejara que el asalto durara demasiado. Si bien parece haber sido un accidente, Hemingway nunca olvidó el percance y jamás perdonó a Fitzgerald. Hemingway también peleó con el poeta Ezra Pound y con Tom Heeney, quien a su vez combatió contra Gana Tunney por el título mundial en 1928. Cortázar al llegar a Paris trabajó como relator de peleas para una cadena de México pero duró poco porque su erre le jugaba trampas cuando se emocionaba relatando y hacía inentendibles las transmisiones.

Pero otra vez se trata de Mailer. En 1975 publicó “The fight”, pequeña obra que ilustra e ilumina lo que se conoce como la pelea más importante de la historia del boxeo entre George Foreman y Muhammad Ali. Decir que solamente se trata de boxeo sería simplificarlo al extremo. La pelea fue llevada a Zaire por el incipiente promotor Don King, quien les había prometido 5 millones de dólares –que no tenía- a cada boxeador. El dinero salió de los bolsillos del dictador Mobutu, quien utilizó la pelea como intento de blanquear su imagen ante el mundo.

Norman cuenta al detalle y de manera maravillosa su periplo como enviado a cubrir la pelea. La noche anterior al evento habían asesinado gente en ese mismo estadio, se podía oler la sangre debajo del aserrín. Una madrugada Norman salió a trotar junto al campeón, Ali lo respetaba porque sabía que el petiso era grande, testarudo, apasionado y no le rendía pleitesía cara a cara.

Busqué ese libro por todas librerías de calle Corrientes y no tuve suerte, tampoco en internet, estaba agotado desde hacía años y nunca se había vuelto a editar. Le comenté esto a una amiga que estaba viviendo en Miami y una vez que vino de visita me lo trajo de regalo. Fui muy feliz. Me lo devoré en su idioma original y la sensación fue agridulce: la potencia del original es difícil de reproducir en la traducción.

De todas maneras, y siendo un amateur en esa profesión, pensé en traducir yo mismo el libro, sé que hay un público que lo leería más que agradecido. Y así como así, pensé en Anagrama y les escribí un mail contándoles lo que quería hacer. Me contestaron al día siguiente de muy buena manera, conocían el libro, habían editado algunos capítulos en América, uno que recopila artículos de Mailer y varias cosas más muy amables pero diciendo que por el momento tenían la agenda cerrada. Un rechazo inglés que me dejó conforme. Luego escribí a algunas editoriales argentinas y nada, ni las supuestamente interesadas en el deporte, ni las más pequeñas y rascas. Nada. No reply.

Decidí comenzar para que al menos pudieran leerla mis amigos. No hice ni un capítulo entero, pero la voy a terminar algún día tan sólo por placer.

Es muy difícil hacerle justicia a algunas construcciones de Mailer.

Así comienza:

“Siempre es un shock volverlo a ver. No en vivo como en la televisión sino parado frente a ti, luciendo en su mejor forma. Luego el Atleta más Grande del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más hermoso, y el vocabulario del Campamento está condenado a aparecer. Las mujeres dibujan una respiración audible. Los hombres miran hacia abajo. Se les recuerda nuevamente su falta de valor. Si Ali nunca hubiese abierto su boca para hacer temblar la gelatina de la opinión pública, aún así inspiraría amor y odio. Porque él es el príncipe del cielo, así lo dice el silencio alrededor de su cuerpo cuando él es luminoso.

Sin embargo, cuando está deprimido, su piel se vuelve de color café con leche aguada, pero sin crema. Un verde mórbido como el de una mañana depresiva. No se lo ve bien. Esta sería una justa descripción de cómo apareció en el gimnasio de Deer Lake, Pennysylvania, una tarde de Septiembre siete semanas antes de su pelea en Kinshasa con George Foreman…”


En una hermosa nota que escribió Tomas Eloy Martinez cuando murió Mailer, recordaba sus dos encuentros con él, separado por doce años. El primero en 1979. Yo recorto este pedazo:

"Como a las nueve, después de haber sudado todas las intoxicaciones de la noche, se dispone a boxear dos rounds de tres minutos con José Torres. En el ring, el ex campeón fintea, esquiva los golpes del escritor con displicencia y cada vez que los brazos cansados de Mailer se desorientan, dejando al descubierto la cara, Torres lo toca con suavidad. Los tres minutos parecen un día. "Aguanta un poco más, Norman", trata de alentarlo el campeón. "A mí también me duelen los brazos." "No me mientas", replica Mailer. "A un peleador de tu clase nunca se le acaba el aire."

El intervalo entre un round y otro tarda otra eternidad. Antes de empezar el segundo, Mailer me pide que lleve la cuenta y haga sonar el timbre con puntualidad. Avanza hacia el centro del ring, trata de acertar un jab, pero Torres le adivina la intención antes de que haya movido los brazos. A los dos minutos, las piernas del escritor se quedan rígidas, en la frontera del calambre. Alarmado, toco el timbre y anticipo el fin del round. Mailer se inclina, enfurecido: "Nunca le hagas eso a un boxeador", reclama. "Nunca lo humilles."


El jugo brota de los párrafos. Lo difícil parece ser saber cuándo detener (se).


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El rayo que no cesa


Escribir poesía a los 20 años es fácil. Y mala, ciertamente. Es aun más sencillo escribirla siendo más joven: puras confesiones de frases hechas y lugares comunes. Es que el mundo es menos bello, tiene menos rima y épica que la sufriente tarde de un martes. Entonces hay que inventar (se) otro menos malo, porque admitamos, quien haya intentado traducir sus impulsos (sentimientos no es una palabra que me guste) no podrá negar el intento de sentirse un poco mejor. O sentirse algo. La escritura como recuperación, como ese de otro modo, como una útil y estetizante negación.

Cada vez me gusta más la idea de pensar a la poesía como una de las primeras etapas (en la supuesta pirámide de la escritura, una pavada, pero bue) en la iniciación en el mundo de las letras. Y los surrealistas franceses sobre todo: sus antologías me abrieron los ojos y al ejercicio del lápiz y el papel. Todo lo que aprendemos y después no nos sirve para el mundo real, por eso necesitamos la fantasía y el horno para moldear. Porque después del primer desencanto con aquella chica a la que nunca le dirigimos la palabra a los 14 años; habiendo leído el "último poema" de Robert Desnos, nada bueno puede salir de eso. Es preferible, más funcional y pragmático para el amor haberse criado escuchando boleros que leyendo poesía, no tengan dudas. El bolero te da la pérdida más elaborada, la poesía –surrealista- te hace la bola en el pecho –y en la ingle-. Con el bolero al menos uno se ahorra de dar muchas explicaciones.

Creo que este texto empezó porque hoy leí algunas cosas de gente cercana a los 40 aun jugando con el lenguaje como si tuviesen 15 y sentí nuevamente esa sensación nunca mejor descripta como “cosa”. Pero es una tara mía, me da “cosa” leer lo que la gente escribe sobre lo que siente, por eso soy un mal blogger, no cualquiera es buen voyeur.

Pero por más que uno lo intente, es difícil escaparse de lo que ha sido y de lo que cree que es (lo más fácil es escaparse de lo que se será, claramente). Este blog responde a la lógica del collage surrealista, la superposición sin continuidad aparente intra e inter textos ya casi no me molesta si en detrimento de eso se puede ganar algo de potencia. En fin. Miguel Hernández, el poeta más grande de habla hispana que jamás haya muerto sobre esta tierra. Esa poesía ya es para mayores de 20 años, como la de Pizarnik es para los que no quieren crecer. Alejandra da mucha cosita y espanta el goce estético con su densidad y repetición, no así Miguelito con su poesía agrónoma, el bailarín de los campanarios.

Los cuentos cortos no tienen edad, pero la novela quizás llega para quedarse hacia el comienzo de la década infame. No me imagino poder gozar más de lo que ya lo hice a los Neruda, Salinas y Cortázar, pero si con las novelas. Sobre la hipótesis demencial del por qué de este gusto, tengo ideas que no tengo ganas de compartir.

Decir qué cosa es lo mejor y qué lo peor, es un resabio adolescente que no se sostiene, lo sé, y mientras escribo esto fui a buscar al petiso de Norman Mailer a la biblioteca - amor que yo diría que me hizo abrir este blog, potenciado por mi incapacidad de continuar mi propia novela)- que en su interesantísimo libro “Un arte espectral, reflexiones sobre la escritura” nos dice:

...el estilo, por supuesto, es lo que todo autor joven busca adquirir. En el acto de amor, su equivalente es la gracia. []… el estilo les llega a los autores jóvenes más o menos en la época en que reconocen que la vida también está dispuesta a herirlos. Hay algo allá afuera que no es necesariamente engañoso. Eso explicaría por qué autores que estuvieron enfermos en la infancia casi siempre llegan temprano en su carrera como estilistas desarrollados: Proust, Capote, Alberto Moravia son tres ejemplos, Gide es otro. Esta noción daría cuenta, por cierto, del desarrollo temprano y completo del estilo de Hemingway. Tuvo, antes de cumplir los veinte, la sensación inconfundible de estar herido, tan cerca de la muerte, que sintió que su alma se deslizaba fuera de el y después volvía.

El joven autor medio no esta así de enfermo en la infancia ni es tan duramente usado por la vida temprana. Sus pequeñas muertes sociales son equilibradas a veces por sus pequeñas conquistas sociales. Así que escribe en el estilo de otros mientras busca el propio y tiende a buscar palabras más que ritmos. En su apuro por dominar al mundo (raro es el escritor joven que no es un pendejo consumado), también tiende a elegir sus palabras por su precisión, su capacidad de definir, su acción acrobática…

Mientras más me acerco a Mailer, más me alejo de Bukowski. Charles puede ser la transición para dejar la poesía y empezar a cruzarse con las chicas reales, que podrían definirse como las que no nos quieren (ese también es un silogismo adolescente). Mal que me pese, el bueno de Charles es como esos jugadores de fútbol que nos emocionan por su despliegue y sentido de la ubicación en la cancha, su economía de movimientos, pero no por su toque de distinción y clarificación de la jugada.

Escribir bien es difícil, definir que es escribir bien es aun más polémico, hace poco tuve que dejar de leer “Suave es la noche” de Fitzgerald porque su estilo detallista y su temática costumbrista que me agotó de romanticismo. Quizás los blogs atenten contra la buena escritura, no lo sé, no está mal que existan, tampoco está mal que existan los clasificados.



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"Miguel, cojones, pareces el Brian Jones":


Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.

Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mí helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.

¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.

Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.
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La canción del verdugo


"No es fácil escribir en primera persona sobre un personaje que es más fuerte y más valiente que tú. Pero hay que hacerlo, porque si todos tus personajes tienen tu mismo nivel, no te enfrentas a temas más importantes."
Norman
Mailer
.


Ya tenía las yemas de los dedos negros de tanto revolver entre los puestos de libros de Plaza Italia –como en El nombre de la Rosa- cuando lo vi aparecer robusto entre folletines y bestsellers. “La canción del verdugo” de Norman Mailer me miraba envuelto en un folio, preservado del contacto con otros libros que él mismo consideraría menores, y a tan sólo 25 pesos. Lo compré sin dudarlo, de hecho lo había estado buscando sin suerte en otros lados. Había leído a Mailer decir que ese era uno de sus mejores libros, que había empezado a escribirlo motivado un poco porque –a pesar de quererlo- estaba harto de escuchar a la prensa hablar sobre “A sangre fría” de Capote.

Me tomé el 59 para emprender el camino a casa y lo abrí. La primera palabra era el nombre de una amiga con la que había estado hablando sobre Mailer los días previos, la misma que me había robado de mi casa “El prisionero del sexo”. Le conté la coincidencia y entre sus gritos e hipérboles no pudimos entendernos.

La novela fue publicada en el año 1979 y le valió al autor un Pulitzer. Es considerada por cierto sector de la crítica como una de mayores novelas-reportajes del siglo XX y los elogios no son nunca suficientes.

Gary Gilmore, el protagonista, había pasado 18 de sus 35 años preso cuando, habiendo obtenido su libertad condicional, cometió dos crímenes inmotivados, asesinó a sangre fría a dos norteamericanos sin proponérselo pero . Las narraciones de Mailer son excepcionales. Tras una aparente simplicidad se encuentra un autor omnisciente que juega con el lenguaje como pocas veces he leído algo. La experiencia de leerlo en inglés es aun más impactante.

La novela contiene fragmentos de cientos de entrevistas hechas a Gilmore que el documentó y de la correspondencia entre Gary y su amada Nicole de 19 tiernos años. Sobre éstas cartas Mailer ha dicho que son la más fina literatura que el haya leído jamás. Muchas de las cartas y extractos de entrevistas aparecen tal cual en el libro.

Gilmore fue sentenciado a la pena de muerte –el primero desde su reinstalación en Utah- y lo curioso del caso es que el se negó a apelar el fallo, lo cual le dio gran trascendencia pública. Los defensores de los derechos humanos lograban interponer recursos para demorar la ejecución mientras Gilmore gritaba a los cuatro vientos que quería ser fusilado en tiempo y forma. La novela también describe la sociedad americana de ese entonces: el puritanismo mormón de Utah, la vida ordenada y “normal” de las dos víctimas versus los irrefrenables impulsos de Gilmore por la violencia y el sexo descarnado con su joven novia. Por momentos la traducción edulcora y quita fuerza a las escenas de violencia y sexo, pero aun así, es increíble cómo alguien puede mantener el suspenso por casi 600 páginas.

La negativa de Gilmore a hacer uso de sus derechos de apelación de la pena lo fue convirtiendo lentamente en un héroe de la clase trabajadora y la figura más buscada por los medios de aquél entonces a los que terminó vendiendo los derechos de entrevistas para darle ese dinero a Nicole.

Recuerdo que cuando comencé a leerla no sabía que el caso de Gary Gilmore había sido “en verdad” en Utah. Tal es la genialidad de Mailer que esos límites se confunden pero siempre es ganancia para el lector.

Cada vez que me preguntan cuál es mi libro preferido, estoy tentado a decir que “La canción del verdugo” se ha convertido en ese, traicionando junto a mi memoria a muchos otros que en otros tiempos me han deslumbrado.



Carta de Gary a Nicole ya estando preso:


“No soy un hombre débil. No he sido nunca ni un castrado ni una rata; he luchado siempre. No seré el más duro de los malnacidos que corren por ahí, pero siempre he dado la cara y contado entre los hombres. He hecho algunas cosas que harían temblar a más de un mamón, y he aguantado cabronadas que nadie debiera soportar. Pero lo que quiero que entiendas, mi niña, es que mi corazón es tuyo, y que con mi corazón tienes, creo, el poder de aplastarme o destruirme. Te ruego que no lo hagas. Lo que siento por ti me deja sin defensa.

No puedo compartirte con ningún otro, con ningunos otros, Nicole. Antes me quiero muerto y ardiendo en alguna forma de infierno, que saberte con otro hombre.


No consiento en compartirte. Te necesito entera.

Si yo paso sin joder, tu puedes hacer lo mismo. Perdóname la crudeza, pero es la verdad. Nos amamos mutuamente y nos pertenecemos el uno al otro; no nos lastimemos, no nos lastimemos jamás.

Este dolor me paraliza. No puedo dejar de imaginarte con alguien. No puedo. Y tengo que echar de mi mente esas feas imágenes. No quiero que nadie te bese ni te tenga ni te folle. Eres mía y te amo.

En la última página de tu carta decías que no volveré a tener motivo de sufrir así, que lo vas a dejar, que era la verdad, decías. Cristo bendito, de los jodidos treinta y cinco años que tengo, más de la mitad los he pasado en la cárcel.

Con todas las cosas que me han pasado, tendría que ser un cabrón de lo más duro.


Pero no soporto estar lejos de ti: te echo en falta a cada minuto.

Y no puedo tolerar la idea de un hombre estrechando tu cuerpo desnudo y mirándote poner los ojos en blanco mientras reposa él entre tus brazos.

Ni puedo ni quiero compartirte. Tienes que ser toda mia. No me importa lo que dices de que ee loco corazón tuyo no sepa decir no a quien te pide ser feliz. Mi corazón, loco también, pide a tu loco corazón que no diga no cuando te pido que seas solo mia en mente, alma, vida y corazón. Deja que sea el próximo y único hombre que te tenga.

Dios mio, cómo te necesito, nena, nena, nena, folla sólo conmigo no folles con nadie más, no lo hagas, no, que me mata. No me mates.

¿Es demasiado pedir? Escribe y házmelo saber…


DIMELO DIMELO,
MALDITA SEA
DIMELO


Joder hostia mierda Dios Nicole

Dimelo.

Miércoles y Domingo distan demasiado entre si… ¡¿Por qué no me escribes más?!
Nicole, no vayas con nadie, no lo hagas, no no, no, no

Estoy jodiendo de mala manera con esta carta. Es preciso que la termine de algún modo y la termino así. Te necesito TODA. No te comparto con nadie. Te quiero. TE QUIERO TE QUIERO TE QUIERO TE QUIERO.

No, no estoy borracho ni cargado ni nada, soy yo y nada más que yo quien escribe esta carta carente de belleza: sólo yo, Gary Gilmore, ladrón y asesino. El loco de Gary. El que un día soñará que era un tipo llamado GARY, que vivía en la América del siglo veinte y que algo iba muy mal… pero qué era, qué es lo que iba mal, bueno, las cosas están tan cagadas, tan supercargadas, como solía decirse en el Spanish Fork del siglo veinte. Y ese tipo recordará que también había algo muy bello en aquel antiguo Imperio Mormón de las montañas, y empezará a soñar con cierta zorrita de ojos verdes y pelo rojo oscuro que ponía en blanco los ojos y se le tragaba entera la polla y reía y lloraba con él y no le importaba que tuviera los dientes jodidos sin remedio y le enseñó a follar otra vez con mujeres, y no con su mano y con las fotos del Playboy.”
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La hipocresía de la tolerancia


La tolerancia no es un valor/condición/cualidad nueva, sin embargo su uso ha mutado en los últimos años. La tolerancia hoy en día está revestida de un halo de santidad, benevolencia y pulcritud que ha sido utilizada por ejemplo por la oposición al Gobierno como bandera de civilización y como herramienta de desprestigio. El gobierno es para ellos un cúmulo de personas insensatas, caprichosas, que intentan avasallar a quienes piensan distinto de múltiples maneras, por ejemplo con la Ley de Medios que se acaba de sancionar, la “ley mordaza” o “ley K” como bien han establecido no ingenuamente los medios del Grupo Clarín y aquellos timoratos que se han encolumnado detrás.

¿Quién podría declararse en contra de la tolerancia? No muchos. Parece algo noble. Pero tiene toda una veta cínica e hipócrita. ¿Quién podría creer de boca de Rodriguez Saá su arenga a favor del diálogo y el consenso? Cuando fue él, como fugaz presidente, el que pronunció ante el veletísimo clamor popular de ese recinto que Argentina dejaría de pagar la deuda externa. Imposible creerle.

Ayer en el Senado, Pichetto lo dejó en evidencia –y castigó de paso a Cleto- y puso de manifiesto lo que todos saben: la democracia tiene concesiones parciales, genera muchas divisiones y es un sistema imperfecto que hay que sostener a como de lugar. Y en ejercicio del poder, quien tiene la mayoría se impone, negocia hasta cierto punto, hace concesiones para mostrarse humano, pero finalmente se impone. Y acá es cuestión de tomar partido. Cuando EEUU vendió e impuso su receta neoliberal a América Latina, las acompañó con gobiernos de factos y luego con democracias que debilitó durante los 90s. Quizás esa sea uno de las razones de la ausencia de políticas de Estado a largo plazo independientemente del Gobierno de turno. Quizás sea el momento de escuchar a Zaffaroni y su propuesta de cambio a un sistema parlamentario de Gobierno.

Pero en realidad, estas cuestiones exceden mi conocimiento y quería hablar sobre el enmascaramiento de la tolerancia. Freud hacía un pseudo chiste diciendo que el hombre se hizo hombre cuando dejó de lanzar piedras y lo reemplazó por un insulto. Bueno, todos quisieran lanzar piedras, pero tienen que contentarse con la tolerancia. Que De Narváez salga a pedir diálogo, y todas esas virtudes ponderadas por la Iglesia es la muestra más clara de la Ideología actual. Enmascararlo, invisibilizarlo es la muestra más fuerte de la ideología funcionando, ya lo he dicho en otros posts así de aburridos, decir que no existen las ideologías es la forma más clara, el estado más puro de la misma.

Ayer mientras escuchaba el –en líneas generales- pobrísimo nivel del debate en el Senado, me puse a ver unas entrevistas al amado Normal Mailer, y en un momento dice:

si, todavía pienso que los mierdas nos están matando, todavía siento que el mundo se está convirtiendo en algo siniestro, mediocre, que no es inevitable, ya no suceden tan seguido cosas maravillosas, los seres humanos eran mejores, ahora lo mejor que te puede pasar es hermoso, está bien, es noble… y al mismo tiempo hay un triunfo de lo mediocre, me refiero a mi viejo amigo el plástico (da un gran rugido de león y se ríe, le alcanzan una tapa de plástico) los chicos crecen chupando estas cosas, lo tocan, tus dedos no sienten nada, tocás vidrio sentís un poco, tocás madera sentís un poco más, pero con esto, no sentís nada y ya llevamos más de 4 décadas sometiendo a infantes y niños a jugar con esta cosa, es imposible que sienta afecto por el. ¿Qué es el plástico? Piénsalo bien. Es el excremento del petróleo, así empezó. Lo que le pasó a esta gente que estaba ganando sus primeros billones con el petróleo, es que se dieron cuenta que estaban derrochando el desperdicio del petróleo cuando lo estaban refinando, entonces alguien se dijo que estaban perdiéndo una fortuna, de manera más justa: estaban meando una fortuna, entonces se dijeron “vamos a usar este desperdicio”. Y así ahora estamos rodeados del excremento del petróleo. Nadie ha sido nutrido con plástico, es funcional, es el equivalente espiritual a lo políticamente correcto, es funcional, sirve a una causa, y el costo de servir a este propósito es enorme. Te reparan los dientes con plástico, antes te ponían mercurio, oro, plata, distintos metales, podías tener cierta relación con el Diablo. El mercurio te daba… sabe Dios que cosa, y por otro lado te ponía en contacto con las fuerzas locales, ¿ahora qué tenes en los dientes? plástico, tu boca se siente dormida, besas peor…”

Otro ejemplo de la transición de la modernidad a la llamada posmodernidad.

La desustancialización de las cosas que ya he nombrado: el café sin cafeína, azúcar sin azúcar, sexo seguro –sexo sin sexo-, guerra sin muertos, y toda la gran pavada mentirosa del mundo light -al que tengo en lista de espera para decir dos o tres cosas cual viejo gruñón- tiene su correlato con las nuevas subjetividades y valores actuales. Insisto que no es conservadurismo, no es la lógica del forro de Recondo diciendo que está orgulloso de no dejar trabajar a su mujer, no, es que reina un blablá generalizado que crea grandes ilusiones y las destruye con su otra mano fácilmente y me hace escéptico.

Puede ser que Kirchner haya dilapidado en un año todo lo bueno que había hecho, pero la intolerancia y cierta actitud vindicativa es lo menos criticable de todo. Uno también sabe donde va a pararse –no dónde está parado- porque ve quienes están en la vereda de enfrente, y en mi caso la elección es muy fácil. Y ciertamente, la democracia es irremplazable, que los eunucos bufen, que digan lo que quieran, pero la clase política se deshilacha.

Cedo falta de coherencia textual a favor de la intensidad. Un romántico profesor mío solía decir que una revolución no se hace pidiendo permiso, ni en un día. Mi voto es a favor.
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El gran matón


En sucesivas e impredecibles entregas trataré de ir comentando algunos libros, anécdotas y curiosidades del genial Norman Mailer, cuya primer novela escrita a los 24 años da nombre a este blog.

Si mal no recuerdo, el primer libro que leí de él fue “Los hombres duros no bailan”, una novela policial de sexo, rubias, droga, matones y muerte. Hasta aquí no había nada del otro mundo, era una buena novela, sobre todo sus diálogos, él es un gran dialoguista. Fue una buena primera impresión, guardé muchas escenas en mi memoria. Recuerdo que se lo presté a mi chica de aquél entonces y unos años después lo traje a colación, ella decía no recordar nada –aunque es una buena lectora.-

Después de ella –de la novela-, leí “El parque de los ciervos” una historia ambientada en Hollywood donde los protagonistas principales son un director de cine y un ex piloto que ansía ser escritor y lo convencen de vender los derechos de su vida para filmar una película. No voy a entrar en detalles, pero ya en esa novela me atrapó este petiso genial y ególatra, dueño de una potencia mental comparable a la de Sartre, y prolífico como pocos.

¡A los 34 años escribió su autobiografía llamada “Advertencias a mi mismo (1959)”!, donde repasa su bibliografía hasta ese momento, junto a un par de cuentos y reflexiones sobre escritura, la suya. Hace poco la encontré en una hermosa librería de Santa Fe al 2200, librería donde trabajan 3 generaciones y un octogenario es la ley. En este libro Mailer cuenta el tortuoso proceso de escritura de “El parque de los ciervos”, su tercera.

Después de haberse convertido en una estrella en Estados Unidos en 1948 luego de haber escrito "Los desnudos y los muertos", y habiendo sido defenestrado por la crítica por su segunda – Costa Bárbara- , su tercera era todo un desafío para él, que debía probarse aquello de lo que no tenia duda: que era muy bueno.

En la película de Woody Allen “El dormilón”, éste le dice a un científico: “Éste es un retrato de Norman Mailer, legó su ego a la Facultad de Medicina de Harvard”. Hay otros ejemplos de su peso como figura pública –polémico y salidor, hasta se candidateó a alcalde de New York-, fue citado en varias canciones (de Lennon a Manic Street preachers), apareció en los Simpsons, hizo películas y hasta un capítulo en Gilmore Girls.

Quiero centrarme en algo que él dice de su tercer/a novela -me gusta más sin la a-. En un artículo de su autobiografía, que volverá a publicar en “Un arte espectral, reflexiones sobre la escritura (2003)” Mailer cuenta que su estado de depresión y drogadicción le quitaban fuerzas para luchar contra las 8 editoriales que le habían rechazado el libro, entre otras cosas calificarla de obscena, hasta que dio con Walter Milton, el hombre que editó Lolita de Nabokov (“es el único editor que conozco que sería un buen general”).

Eso no fue suficiente y su peregrinar duró varios meses de corrección e insatisfacción hasta llegar a la publicación y lograr un éxito moderado, lo cual dijo que resultó ser un empate luego de tanto sufrimiento. El vacío posterior le duró bastante tiempo, su amargura ante las feroces críticas lo llevó a publicar de su bolsillo, extractos de reseñas en forma de aviso en un diario muy importante de USA, al mes de la salida del libro, que decía:


“En todo Estados Unidos El parque de los ciervos no recibe más que desvaríos:


“El peor serpentario del año en ficción”, “Sórdido y mugriento”, “Taradez irreflexiva … dorada pila de basura”, “repugnante”, “exasperante”, “torpe”, “injusto”, “indiscriminatorio”, “perturbador”, “de mal gusto”, “bazofia”, “irritante”, “tonto”, “chapucero”, “una sarta de porquería”

Su primer novela es buenísima, los otros tres libros que cité son menores en su obra pero aún así están muy arriba de una media imaginaria. Acá abajo hay una perlita, el trailer de la película clase B “Los hombres duros no bailan”, donde nuevamente tomó el recurso de las críticas.

Mailer es imprescindible, si me da la voluntad y capacidad más adelante hablaré de sus grandes novelas.



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3 preguntas a Mailer


La estrecha relación entre la violencia y la mentalidad masculina (hombres en combate, hombres en ring de box, hombres en un bar pegándose botellazos en la cara) siempre a sido una constante en usted, ¿no?.

-Puede que sí, pero eso fue porque pensaba que me había asomado al mundo siendo demasiado blando. Para empezar no fui un buen soldado. Lo he dicho antes: en un escuadrón de doce hombres, yo habré sido el tercero o cuarto empleado de abajo. De modo que salí del ejército con muchas pequeñas heridas en mi ego. Y cuando publiqué "Los desnudos y los muertos" y tuve ese éxito enorme, sentí que no me lo merecía. Así que, a partir de ahí, me dediqué a reconstruir mi personalidad. Llegué a esas conclusiones bajo la poderosa influencia analítica de la marihuana. Porque hay dos cosas de las que me jacto en la vida, una de ellas es que nunca me psicoanalicé, cosa que me da un raro orgullo. La otra es haberme autoanalizado, con marihuana. Porque si uno es un egomaníaco tiene que ser capaz de autoanalizarse. Y así se vuelve una bendición ser egomaníaco. En caso contrario es una enfermedad. Gracias a la marihuana, finalmente entendí cómo rehacer mi psiquis, que es la razón por la cual la gente se psicoanaliza.


Se suele ver a Estados Unidos en esos términos, como un país en permanente necesidad de demostrar lo que es capaz de hacer...

-¿Un problema de machismo? Bueno, en este país hasta las feministas actúan como hombres, como hombres patéticos, esa clase de tipos que dicen que se oponen a toda forma de violencia. Ya sabe a lo que me refiero: esa clase de gente que se le tira a uno encima, pero rastreramente, sin vigor, sin honor. Este es un país que cree que ha ganado toda guerra en la que entró, sea Vietnam o la Guerra Fría... Pero ningún norteamericano está dispuesto a enfrentar la más profunda de las contradicciones de Estados Unidos: que somos una nación cristiana. ¿Se le ocurre algún país más moralista que éste? Y, al mismo tiempo, somos los archipracticantes del capitalismo. Es decir de la codicia. Todos queremos tener más dinero que el vecino , aunque no tengamos la menor idea de qué hacer con ese dinero.


¿Hay alguien en la Izquierda a quien respete o admire?

-Hay gente que me gusta, pero no se me ocurre nadie a quien seguir para aprender algo. Dios, ya he perdido la mitad de mi cerebro, y si para interpretar algo tengo que seguir dependiendo de mi propio pensamiento... ¡en que triste estado está el mundo! (... ) Cuando uno empieza a escribir, cuando uno es joven, el terror mayor radica en que la idea de que la gente lea tu libro y venga a matarte. Por eso Salman Rushie nos afectó tan profundamente. Por fin alguien escribía un libro por el que iban a matarlo. Pero lo que uno descubre escribiendo es que no: nunca pasa nada. Uno escribe sus libros y dice cosas terribles, pero nadie llama a tu puerta para decirte: "estás en problemas. Vas a sangrar por esto". Nunca, así que el segundo horror es que lo que uno escribe no importa. Y ese horror es aún mayor. Después de todo, con el primero, tal vez uno podía ponerse a la altura de las circunstancias, ser más heroico de lo que creía ser. Pero el segundo es simplemente el desastre absoluto: lo que escribo no importa. Entonces uno trata de resistir, de no caer en ese mar muerto y putrefacto de la inanición... Por la cultura vale la pena correr grandes, grandes riesgos. Por la sencilla razón de que, sin cultura, somos bestias totalitarias. El nuevo mundo de la tecnología nos induce a ser totalitarios. Lo que nos promete la tecnología es que todos podemos ser freaks del control: que el mundo es nuestro para dominarlo. Después de trabajar seis horas frente a una computadora fluorescente ya no nos quedan sentidos: ése es el trueque. "Yo doy mis sentidos, dénme sólo el control sobre mi entorno", parece decir la gente. Y lo único que todavía resiste es la cultura. Incluso me atrevería a decir que la cultura es lo único que nos preserva del totalitarismo. Pero la cultura es más que un cd rom. Es ir a una librería o una biblioteca y encontrar un viejo libro en un estante perdido y descubrir que tal vez nadie lo haya pedido en cinco años, y que eso forma parte de su virtud: esa pátina de pasado. La pequeña comunión que se produce entre el libro y uno es lo que está desapareciendo.
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