Escribir poesía a los 20 años es fácil. Y mala, ciertamente. Es aun más sencillo escribirla siendo más joven: puras confesiones de frases hechas y lugares comunes. Es que el mundo es menos bello, tiene menos rima y épica que la sufriente tarde de un martes. Entonces hay que inventar (se) otro menos malo, porque admitamos, quien haya intentado traducir sus impulsos (sentimientos no es una palabra que me guste) no podrá negar el intento de sentirse un poco mejor. O sentirse algo. La escritura como recuperación, como ese de otro modo, como una útil y estetizante negación.
Cada vez me gusta más la idea de pensar a la poesía como una de las primeras etapas (en la supuesta pirámide de la escritura, una pavada, pero bue) en la iniciación en el mundo de las letras. Y los surrealistas franceses sobre todo: sus antologías me abrieron los ojos y al ejercicio del lápiz y el papel. Todo lo que aprendemos y después no nos sirve para el mundo real, por eso necesitamos la fantasía y el horno para moldear. Porque después del primer desencanto con aquella chica a la que nunca le dirigimos la palabra a los 14 años; habiendo leído el
"último poema" de
Robert Desnos, nada bueno puede salir de eso. Es preferible, más funcional y pragmático para el amor haberse criado escuchando boleros que leyendo poesía, no tengan dudas. El bolero te da la pérdida más elaborada, la poesía –surrealista- te hace la bola en el pecho –y en la ingle-. Con el bolero al menos uno se ahorra de dar muchas explicaciones.
Creo que este texto empezó porque hoy leí algunas cosas de gente cercana a los 40 aun jugando con el lenguaje como si tuviesen 15 y sentí nuevamente esa sensación nunca mejor descripta como “cosa”. Pero es una tara mía, me da “cosa” leer lo que la gente escribe sobre lo que siente, por eso soy un mal blogger, no cualquiera es buen voyeur.
Pero por más que uno lo intente, es difícil escaparse de lo que ha sido y de lo que cree que es (lo más fácil es escaparse de lo que se será, claramente). Este blog responde a la lógica del collage surrealista, la superposición sin continuidad aparente intra e inter textos ya casi no me molesta si en detrimento de eso se puede ganar algo de potencia. En fin.
Miguel Hernández, el poeta más grande de habla hispana que jamás haya muerto sobre esta tierra. Esa poesía ya es para mayores de 20 años, como la de
Pizarnik es para los que no quieren crecer.
Alejandra da mucha cosita y espanta el goce estético con su densidad y repetición, no así
Miguelito con su poesía agrónoma, el bailarín de los campanarios.
Los cuentos cortos no tienen edad, pero la novela quizás llega para quedarse hacia el comienzo de la década infame. No me imagino poder gozar más de lo que ya lo hice a los
Neruda,
Salinas y
Cortázar, pero si con las novelas. Sobre la hipótesis demencial del por qué de este gusto, tengo ideas que no tengo ganas de compartir.
Decir qué cosa es lo mejor y qué lo peor, es un resabio adolescente que no se sostiene, lo sé, y mientras escribo esto fui a buscar al petiso de
Norman Mailer a la biblioteca - amor que yo diría que me hizo abrir este blog, potenciado por mi incapacidad de continuar mi propia novela)- que en su interesantísimo libro
“Un arte espectral, reflexiones sobre la escritura” nos dice:
“
...el estilo, por supuesto, es lo que todo autor joven busca adquirir. En el acto de amor, su equivalente es la gracia. []… el estilo les llega a los autores jóvenes más o menos en la época en que reconocen que la vida también está dispuesta a herirlos. Hay algo allá afuera que no es necesariamente engañoso. Eso explicaría por qué autores que estuvieron enfermos en la infancia casi siempre llegan temprano en su carrera como estilistas desarrollados: Proust, Capote, Alberto Moravia son tres ejemplos, Gide es otro. Esta noción daría cuenta, por cierto, del desarrollo temprano y completo del estilo de Hemingway. Tuvo, antes de cumplir los veinte, la sensación inconfundible de estar herido, tan cerca de la muerte, que sintió que su alma se deslizaba fuera de el y después volvía. El joven autor medio no esta así de enfermo en la infancia ni es tan duramente usado por la vida temprana. Sus pequeñas muertes sociales son equilibradas a veces por sus pequeñas conquistas sociales. Así que escribe en el estilo de otros mientras busca el propio y tiende a buscar palabras más que ritmos. En su apuro por dominar al mundo (raro es el escritor joven que no es un pendejo consumado), también tiende a elegir sus palabras por su precisión, su capacidad de definir, su acción acrobática…”
Mientras más me acerco a
Mailer, más me alejo de
Bukowski.
Charles puede ser la transición para dejar la poesía y empezar a cruzarse con las chicas reales, que podrían definirse como las que no nos quieren (ese también es un silogismo adolescente). Mal que me pese, el bueno de
Charles es como esos jugadores de fútbol que nos emocionan por su despliegue y sentido de la ubicación en la cancha, su economía de movimientos, pero no por su toque de distinción y clarificación de la jugada.
Escribir bien es difícil, definir que es escribir bien es aun más polémico, hace poco tuve que dejar de leer “
Suave es la noche” de
Fitzgerald porque su estilo detallista y su temática costumbrista que me agotó de romanticismo. Quizás los blogs atenten contra la buena escritura, no lo sé, no está mal que existan, tampoco está mal que existan los clasificados.
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"Miguel, cojones, pareces el Brian Jones":Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mí helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.