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Fuego

Los cínicos son longevos. Es una idea que bordea la máxima.  Videla, Massera, Franco, Stroessner, Pinochet, Martinez de Hoz, Menem, todos viejos escindidos a los que nunca les rozaron las balas. Correr el cuerpo y supervivir, ser un instrumento divorciado de las mayorías.

La metáfora del fuego es transparente: te consume. El costado mortífero de la pulsión. Hace unos días Cristina dijo que Néstor no descansaba nunca. Ardió.

Lula, Dilma, Lugo, Chávez con cáncer. A Correa intentaron asesinarlo hace unos años. Néstor muerto, Cristina entre algodones. Parece que algo pasó en esta década en Latinoamérica que le bajó la esperanza de vida a los gobernantes. Otro buen uso del fuego.

Hay algo –no católico- en entregar la vida que todavía en estas sociedades contemporáneas conmueve, sobre todo a los más jóvenes. Estos líderes políticos llegaron a la juventud por entender el código rockero (que no es colgarse una guitarra) de la intensidad, la transgresión, la búsqueda de sociedades más justas, -en fin- utopías.

Los jóvenes no tienen miedo, el futuro­ es un concepto, para los adultos el futuro es asesino. Mejor arder que apagarse lentamente, citó Kurt Cobain a Neil Young en su nota de suicidio. La síntesis perfecta.  

Gobernar con mesura, con diálogo, con consenso. Suena todo tan muerto, tan algodón en la boca, tan receta fallida para que nada cambie, o en realidad si, para que se desande el camino construido.

Mi adolescencia patagónica-dadaísta me inculcó el pesimismo, la derrota geográfica y la obscenidad menemista, pero también me enseñó el poder de la organización, la resistencia  a la ley federal de educación, la toma de colegios y la Zanón tan cerca de mi casa.

No lo sabía entonces, pero también me estaban enseñando el amor y  la esperanza, que nunca es vana.


E­­­s mejor arder. 


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Paredón y después

Dejé pasar cuatro subtes hasta que finalmente pude subirme en el quinto, contra la puerta. Arrancar así el día es como besar un cenicero. Levanté la mirada y vi el titular de Clarín que decía que el kirchnerismo había perdido 4 millones de votos en dos años. Me dije que eso no era así ya que la comparación no era acertada, que había que comparar los resultados con la anterior elección legislativa, no con las presidenciales. Me di cuenta que los resultados de las PASO no sólo me habían dejado preocupado sino algo triste. Triste por darme cuenta de que los poderes fácticos en estas sociedades contemporáneas (y quizás desde siempre, en formas menos sutiles) duran más que los gobiernos, y que la democracia es una máscara-plataforma de la que se sirven para desplegar la crapulencia de la acumulación por desposesión.

Temí por la posible desmemoria del pueblo, por el avance del marketing político vacío, por la desideologización del espacio público, por el sinsentido, por las generaciones que se volvieron a ilusionar, por los nuevos  ilusionados, por el posible retroceso de algunas conquistas.

Los cambios culturales necesitan largos años y que lo implemente alguien en mayoría, de otra manera queda en gestos voluntariosos aislados. Quebrar el asistencialismo argentino será casi imposible, pero revertir la pregunta de “¿qué me van a dar?” a “¿Cómo puedo hacer yo?” ya es mucho.

Cuando alguien obtiene un nuevo derecho difícilmente se resigne a perderlo sin pelear. De algunas cosas ya no se vuelve. Me gusta pensar la diferencia entre lo real y la realidad, lo primero como aquello que solamente es, “que no le falta nada” (a decir de Lacan), que se impone, y la realidad más del lado de lo ficcional, de lo simbólico y de las imágenes, con la potencia de ser cualquier cosa.

Quien ahora tiene una ayuda del Estado no necesita que un diario le cuente cómo es. Si un hijo va a la escuela probablemente haya una netbook en el hogar y tenga la nueva preocupación de cómo pagar un servicio de Internet. Y quizás se de cuenta de que hay un mundo más ancho de lo que pensaba, y quizás le parezca que no tener trabajo o tenerlo en negro no es un destino inexorable.  Lo real complejiza la realidad y viceversa.

La vida también está hecha de palabras y de su discurrir. El psicoanálisis ha develado y teorizado acerca de los efectos traumáticos de lo no dicho, de lo coagulado, del filo mortal del silencio, de los imposibles del lenguaje. Pero el lenguaje se aborda desde el lenguaje, y no hay un detrimento de la conciencia ni de las reglas de la comunicación. Si no le decís a tu mujer de vez en cuando que la amas, pronto vas a ver que que vos lo sientas no le es suficiente. 

El psicoanálisis con Lacan -por decirlo rápidamente- entiende que al final de un análisis queda un sujeto advertido de su deseo. Ha reconocido y transitado sus marcas y ha ido más allá de ellas. No sólo las conoce sino que las nombra, las ve venir,  sufre algo menos y hace sufrir menos a quienes lo quieren, hace algo con eso.


Es hora de que el kirchnerismo  tome nota de las nuevas marcas, esté advertido  y se relance hacia el futuro renovado, para que estos años no terminen siendo sólo un campanazo en el dudoso péndulo de la historia.  
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Si sucede deviene

“Lo que torna a Caperucita Roja una ingenua no es haberle creído al lobo, sino haber convertido la evidencia acerca de las enormes orejas, la gran nariz, las manos peludas, en objeto de interrogación al servicio de la desmentida, buscando en las respuestas que recibía, una racionalidad que anulara su profunda sospecha de que no estaba, en realidad, frente a su abuelita. Por eso, en lugar de huir, siguió preguntando, no a la búsqueda de la verdad que de algún modo conocía, sino en el intento de que la respuesta oficiara al servicio de su anulación de la percepción…”

Así comienza el capítulo “La esperanza y la utopía” del libro No me hubiera gustado morir en los 90 (2006) de Silvia Bleichmar. El mecanismo que está describiendo se llama desmentida, su sintaxis sería la siguiente: “ya lo se pero aun asi…”  y plantea un dilema ético.

Las posiciones de “ingenuidad”, como aprendimos con Caperucita, son en gran medida posturas de complicidad. La ingenuidad no es una virtud, y si se presenta como tal, es porque es funcional a los que toman ventaja de ésta (el actual “si sucede conviene” de Tinelli).

Hermana de la ingenuidad es la “neutralidad”, la ilusión de la  supuesta postura equidistante que lo único que hace es resguardar (pero al modo de la ingenuidad) al que allí se para de las consecuencias de tomar partido y que alguien te diga “ehh vos nosequecosa”.  No sólo en el registro de las ideas, de la política, sino de la vida en general y en muy particular: piensen en ustedes, en cualquier persona que habiendo advertido algo de su deseo, lo desoya sistemáticamente. De todas maneras, este último plano es más delicado, porque si el deseo no se presenta con la fuerza suficiente, en esos callejones es donde se juega gran parte del dolor, y como dijo William Blake: “Quien no realiza su deseo engendra peste”.

Al psicoanálisis le han criticado que el concepto de deseo no toma demasiado en cuenta los contextos históricos de producción de subjetividad de cada época. Es un punto atendible, pero el concepto apunta a algo más estructural y que su surgimiento nace de una exterioridad (el Otro fundamental) y de allí su opacidad. Pero eso no es tan interesante como cuando se critica el contexto de producción freudiano. Durante este año he estado sumergiéndome por primera vez y en serio en algunos textos fundacionales de los estudios de género y feministas (sin reírme de ellas) y una de las cosas que me ha llamado la razón es el ataque encolerizado –por momentos- contra el genio vienés.

Recordé lo que alguna vez subrayé en mis años de estudiante, Freud osó llamar alguna vez a las mujeres, “continente oscuro”, como metáfora de sus propias limitaciones teóricas para comprender las zonas insondables del otro sexo. Una crítica, a 80 años de distancia puede ser más ligera, ya que también hay que recordar que gracias a los aportes de Freud las histerias de conversión (femeninas para la época) salieron del campo de la terapeútica infame de la psiquiatría y fue tomada por el tratamiento por la palabra.

Cuando leí a mujeres riéndose y criticando a veces justa, a veces injustamente a Freud recordé  el “continente oscuro” de mis días de adolescencia temprana y mi ejercicio mental del amor cortés, de la fascinación por no comprender ese mundo femenino tan mágico y tan esquivo que trataba de asir a través de situaciones hipotéticas que vertía en hojas y hojas de los cuadernos Rivadavia. El amor cortés es una de las formas conservadoras e inhibidas del amor. Pero eso fue entonces, ya Google Earth echó algo luz sobre los continentes.

Una postura critica, que de palazos pero también apuntale, que no sea ni ingenua ni neutral, son algunas características que me gustaría que las subjetividades ciudadanas políticas por venir tengan, que algo se haya hecho carne, porque cada vez que uno se hace un poco Caperucita, los proyectos neoliberales se meten en tu cama, ponen el cartel que dice que la economía del país es como la economía de una casa (gastar menos de lo que te entra) y con sus bronceados avivan a tu novia de que sos pálido y débil. 

Y todo eso sin haber leído un solo libro. 




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Ruido sordo



Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra. 

JLB. “1964

Las cacerolas han perdido la fuerza simbólica de protesta con la que emergieron. Diez años de crecimiento  sostenido con inclusión social marca que otra es la coyuntura. Las cacerolas que encontraron su razón de ser en la intersección entre  los ahorristas enojados del 2001 y las personas en los piquetes que reclamaban por el hambre y la exclusión extrema a la que estaban siendo sometidos, hoy ven el símbolo mancillado. 

Las cacerolas representan por excelencia, en el imaginario instituido, el elemento en el cual se cocinan los alimentos. Una cacerola vacía entonces representa la falta de los mismos. El ruido que produce al ser golpeada es en general un ruido seco, sin melodía. Ninguna voz puede subirse armónicamente sobre ellas.
Una cacerola no representa la lucha contra la corrupción, contra el autoritarismo, contra las restricciones al dólar, contra la inseguridad, contra la delincuencia, contra un currículum vitae, contra un vicepresidente sospechado de negocios pocos claros (no procesado), contra un modelo de pensar y llevar adelante un país. No, una cacerola no dice nada acerca de eso. Lo tienen que decir las personas que se manifiestan o sus voceros, en este caso los medios que se sienten representados (e incitan a) por estas expresiones que todo parecería indicar, aun poseen un nivel de convocatoria bajo. 

“Los vecinos” -una expresión  aun más ideologizada que “la gente”- pueden hacer y decir lo que quieran, pero si algo ha quedado en evidencia en estos años recientes es el intento de ver qué ideas representan, cómo entienden el mundo, que idea del rol del Estado tienen, qué piensan de los gremios, cómo les cae Lanata, cómo les sienta la democracia, los procesos judiciales, la revaluación fiscal de las tierras, la redistribución de la riqueza, el impuesto a las ganancias, etc. Si este Gobierno tiene algo de “autoritario” es haber creado las condiciones para que toda persona mayor de edad –digamos- se sienta eventualmente compelido a reconocerse como un sujeto político cuyas acciones y pensamientos son pasibles de ser confrontados por otros. Y eso es un gran logro. 

Desterradas las ideas de objetividad e imparcialidad donde descansan los cobardes, es entendible que el sector que no lo votó sienta a este gobierno como un gran Otro que hace de ellos lo que quiere. Y como dijimos muchas veces, lo realmente insoportable es sentirse a merced de la voluntad del Otro. Pero si ese Otro intenta con vehemencia y convicción –aunque fallidamente a veces-  hacer el país un poco más equitativo, bueno, qué importa no poder comprar tantos dólares, comprar tecnología extranjera, finalmente: anhelar lo que no somos. 

Las plazas están para ser ocupadas, los símbolos para ser creados y recreados, la participación política –en un sentido amplio- es la arena innegociable para el debate de ideas. Pero a no hacerse los distraídos, estar en un lugar no te deja estar al mismo tiempo en otro.  Las cacerolas suenan de distinta manera según quien las aporree.  Hay símbolos que se resisten.

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Las marcas

“Tu figura crea, nuevas primaveras”
F. Bochatón, Balvanera

A veces cuando se me hace presente, me inquieta darme cuenta que no escribo  tan seguido como me gustaría y solía hacerlo. Es verdad que las condiciones de la producción –digamos, por ponerle un nombre exagerado- son bien otras, basta mirar el archivo a la derecha.  Alguna vez escribí acá que no importa saber sobre qué voy a escribir, eso suele presentarse con una fuerza que tiene la forma de agua acumulándose contra una represa. Otra manera posible de hacerlo es un recurso del oficio, escribir sobre la tarea de escribir. Un ardid que se acerca a la ficción.

Sosteniendo un minuto esa palabra, mirándola más de cerca podríamos decir que los límites entre ficción y la llamada realidad compartida son difusos. Sucede por ejemplo un hecho de los tinta roja que me gusta pensar: un tipo mata a 4 personas, las entierra en el patio y lo más orondo se queda viviendo en su casa, tomando del mate de los asesinados. Qué se le cruzó por la cabeza es una pregunta poco fructífera. Conjeturar explicaciones de corte psicologistas pueden tener asidero, pero su utilidad se aplica al caso puntual. En cambio, por ejemplo, cómo leer una aparente seguidilla de mujeres quemadas por hombres, tiradas de los balcones, molidas a palos o examinar el renovado brillo del sentido de la política en los jóvenes nos exige sumergirnos en una trama más amplia.
 
Si el sentido en lo social pugna por emerger, éste no suele ser transparente. Cuando un fenómeno se  presenta, lo hace en su carácter multideterminado, como un fractal lo contiene todo, ey seguramente intentaremos  interpretarlo. ¿Desde dónde? ¿A partir de qué categorías de pensamiento? Desde un lugar indefinidamente marcado, desde un sitio donde nuestra subjetividad habla y aborda –aunque no lo sepa- múltiples planos, incluido el político. 

¿Cuáles son los resortes que inclinan nuestra brújula para que nos movilice/adhiramos/rechacemos  algo que acontece? ¿Por qué hablar de patria ya no suena mal? ¿Por qué nos interesa que los recursos estratégicos sean del país? ¿Por qué nos emociona el relato de vida de Maravilla Martínez? ¿Por qué cada vez que alguien se declara apolítico nos parece un imbécil? ¿Por qué alguien del que se diga que es cool nos parece un garca? ¿Por qué importa ahora saber desde dónde habla un medio de comunicación?  ¿Por qué esto y no más bien nada?

Otra de mis obsesiones de lo real versus la realidad. Bueno, porque hay y hubo  gente ahí en un momento haciendo cosas, que bien podrían ser otras, pero no lo son. Eso es la ficción.
 Miro un rato de televisión la recuperación de YPF por parte del Estado. Está bien y está pletórica de sentidos, emociona. Gracias a mi infancia patagónica, viví de cerca el hundimiento en la más profunda indignidad del pueblo de Cutral Có tras la privatización de YPF. Esa olla a presión se cobró la vida de Teresa Rodriguez. Ese mismo contexto dio origen a una nueva modalidad de protesta social:  ahí nació el piquete. ¿Cómo? ¿Por qué? El imaginario radical creando.

Tiempo antes un tío en otra ciudad había sido despedido de SOMISA y forzado a reconvertirse en artesano de lámparas de vidrios, cuando antes se medía contra gigantescas ollas que fundían los metales que anhelaban ser una máquina.

Hubo quienes murieron de pie bajo el viento infame esperando al progreso como se espera a quien no se sabe si volverá. Siento el swing de las ideas que se explotan y son sólo pedacitos a completar por quien lea estas páginas. Las marcas no pueden ocultarse mucho tiempo, se habla y se vive desde ellas. Escribo porque tendría que estar haciendo otra cosa. Y no puedo evitarlo.


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Un cuarto para los doce


Confieso que después de las elecciones en Capital Federal y hasta el domingo,  estaba un poco preocupado. La preocupación tenía un tinte cartesiano. Me pregunté si gran parte de todo lo que había venido pensando y sintiendo desde hacía  mucho tiempo, ideas relacionadas a un modelo de país más solidario, más inclusivo, más corajudo, no fuese una ilusión solo compartida con amigos y algunos personajes del mundo político, artístico, etc. Quizás los avances no habían sido tantos o tan sólidos y la prepotencia de trabajo no había dado sus frutos. Temí que el tiempo histórico pudiese estar jugando una treta desagradable, por unos instantes sentí lo que se siente cuando pasa algo que no se ve venir, como la novia que ya hizo el duelo y te da el parte de tu salida de la casa.

Me gusta pensar que lo real y la realidad son cosas distintas. Podríamos decir que la realidad es un algo heterogéneo que se nos presenta múltiple, verosímil, aprehensible de a ratos, enigmática gran parte del tiempo pero sobre todo, modificable. La realidad es construida, es delimitada por el Poder, por los discursos. Cada uno tiene gran protagonismo en la parte de realidad en la que vive. En cambio lo real se presenta con descaro, sin miramientos, con la determinación con la que un inmortal cruza sin mirar una autopista.

Yo dudé de la convicción marxista de que la imposición de los hechos materiales determinaran la conciencia de los ciudadanos, de que aquellos que antes tuvieron hijos para la muerte temprana, hoy tengan un pequeño atisbo de esperanza, de que los viejos jubilados por gracia del Estado, no pudieran ver a quienes marcaron otras maneras de entender la vida que gobierna el país. Porque básicamente es otra manera de ver la vida. Agradeceré por siempre la educación pública que recibí, las escuelas bravas a las que fui, a esa sociedad neuquina súper politizada con la que tomábamos colegios para no aceptar la Ley Federal de Educación, a las frías (muy frías) mañanas que acompañábamos a los obreros de Zanón, etc. Uno tiene a la Izquierda en el corazón, pero es un vicio adolescente que se deja cuando se abren un poco los ojos a la complejidad. El Ideal del Yo si bien es un motivador, un empuje hacia delante, es también un gran inhibidor. En muy recomendable libro de Feinmann, “El Flaco”, el autor además de adjudicarle la muerte de Mariano Ferreyra al mendigador de votos (¡que vergüenza!) “Altamoria” (en ocasión de haber asistido al programa de la caballesca vedette) cuenta muchas conversaciones con Néstor. Gran parte de sus diferencias giran entre las “manos limpias” del intelectual y las “manos sucias” del político que tiene que construir Poder y gobernar. La noche anterior a que Néstor descolgara el cuadro de Videla, lo llamó a Feinmann y le contó lo que pensaba hacer. Feinmann le dijo que era una locura, que no era el momento, que no estaban dadas las condiciones. Y Néstor le dijo que si esperaba a que estuviesen dadas las condiciones, eso no se haría nunca, y que si no lo obedecían, él mismo lo bajaría. El resto es historia conocida.

Este domingo, un poco más del 50% de la población (la mitad y un poco de cualquier cosa ya es para respetar) se pronunció a favor de la continuidad de lo real. Es tranquilizador saberse (aunque sea en esto) no tan solo. Cristina ganó en el “Campo”, en todas las clases sociales, en todas las provincias menos en una (gobernada por un personaje fascinante). Pero mesura: hay un porcentaje que es prestado, veleta y todavía falta. Una sonrisa de ironía: el poder mediático es mucho, pero también conoce de límites. Cuando algo hace carne y se vivencia, ¡qué importa lo que nos vienen a contar!

La antipolitica ha sido el prólogo de todos los golpes y las intentonas de golpe de Estado. Por eso la cantidad de gente que fue a votar no puede más que ser un buen signo de los tiempos que vendrán, donde todas las voces sean reconocidas, porque la solidaridad previene todas las guerras simbólicas y reales, porque el camino hacia la igualdad aminora todas las violencias que cometen los desterrados en defensa propia, porque un Gobierno que lanza al  Estado hacia un futuro de autodeterminación junto a sus pares de la región, a contramano de las recetas que nos dividieron y hambrearon en otras épocas, es un Estado que subvierte las reglas por un momento (histórico), como si las leyes del sueño entraran en vigencia durante la vida compartida y cualquier diferencia entre lo real y la realidad fueran un chiste que es contado dentro de otro sueño.

No sucede. Y sin embargo se mueve. 

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