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La pregunta es


Pocas cosas más sensuales que la inteligencia. El sentido del humor quizás, alguien que te escuche con atención y luego lo recuerde tiene lo suyo, alguien que no te mire al cuerpo introduce una pregunta.

En el cuento “la carta robada” de Edgar Allan Poe (que tiene una traducción de ¡Borges y otra de Cortázar!) el misterio gira en torno a la desaparición de una carta cuyo contenido puede ser utilizada para fines políticos. A medida que avanza la trama y se va develando el misterio, nos enteramos que lo que se suponía oculto en algún lugar recóndito, había estado frente a las narices de los investigadores. Lacan, para correrse de las metáforas arqueológicas del aparato psíquico, pensó al inconsciente topográficamente: está en la superficie. En la superficie del lenguaje. Está a tiro del habla, lo que algunos llamaron el orden de lo “no realizado”. Entonces cuando a alguien le preguntan por quién es el candidato del espacio y se le “escapa” otro nombre en lugar del que tenía que decir, bueno, ahí está el inconsciente haciendo de las suyas.

Pero a algunas personas no se les escapa nada, parecerían estar a resguardo de los lapsus y las aceleradas del lenguaje. Presten atención a quienes no patinan nunca. Y desconfíen.

Esta semana un compañero de trabajo me dijo: “a que no sabes con quién comparto analista”. Yo le dije: “imposible, no creo que se analice, los narcisistas no van al psicólogo”. O van al pedo, diría ahora. “bueno, fue un par de veces después de la muerte de su esposo, y muy eventualmente por cosas muy puntuales. Y no fue al analista, él iba a su casa”. “Me parecía” contesté. Acerté a medias.

Los profetas van/vuelven a la montaña. Un giro inesperado del argumento, una jugada que nadie anticipó  pero que en algún sentido siempre estuvo allí. Siguiendo el hilo, los detractores podrán decir: la sabía porque –también- se la robó, siempre tan acostumbrados a la sagacidad.   

Vienen tiempos difíciles sin lugar para los profetas. Agárrese a los otros, humanícese, no sea indiferente, la esperanza prescinde de la inteligencia, levante la cabeza, acierte a medias, olvide estas palabras. Preste mucha atención. La respuesta está fffffff en el viento.



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Aquellos de los que no hablamos

Hace un par de meses, contemplando los libros en cola que tenía para leer, y no pudiendo decidirme por ninguno, decidí agarrar uno que está quietito en mi biblioteca desde hacía años. Lo leí cuando tenía 15 o 16 ,y en aquel momento me voló la cabeza, desde su prólogo incendiario hasta su fecha de finalización de escritura, supuestamente dos días después de haberlo comenzado.

El olor a libro viejo lo precedía, me anticipaba algunas sensaciones que ya había vivido con tan sólo tocarlo. Comencé a leer y en las primeras páginas nomás sentí la fuerza contraria a todo lo que había sentido 10 años atrás, para decirlo llanamente: me aburría mucho. Le di otra chance con algunas páginas más pero no hubo caso, tuve que dejarlo con la sensación de abandonar a una chica hermosa pero insoportable.

Sin dudas el libro sigue siendo igual de bueno, él no ha cambiado (recuerdo la frase de Groucho: “Disculpe si no lo reconocí, es que he cambiado mucho”) y ciertamente no tiene la culpa, pero en honor al recuerdo, y para preservarlo tuve que dejarlo antes de que lo lastimara.

No quiero ni decir su nombre, como si fuese un tabú que al tan solo nombrarlo, gracias a la fuerza del animismo podría provocar algo malo en algún lugar. En la misma línea, cuando leí el primer libro de Bukowski a los 18 años me pareció muy divertido y profundo, todo el bluff de tomar hasta caer y cogerse minitas esconde otra cosa que no es lo que la mayoría rescata, porque un borracho no tiene mérito –aunque hay que tener coraje para ser uno- si no tiene algo más o menos interesante para decir. Por suerte estaban en casa todos los libros de Charles, en su polémica traducción gallega, que me los devoré en cuestión de meses como lo haría un buen adicto. Fui conociendo otros escritores hasta llegar a uno de los más grandes de la literatura americana que sin dudas es Norman Mailer. Otra vez tuve la suerte de tener a mano dos o tres libros para empezar a leer, después los fui comprando de a poco. Si existieran autos que fuesen propulsados por el poder de la mente, el de Norman sería de los más rápidos y el de mayor autonomía de viaje.

Tuve la misma sensación ahora, mientras más leía a Mailer, menos me gustaba Bukowski, o al menos el recuerdo que de él tenía. Otra vez era mi culpa. Escuché a alguien, o leí, -lo mismo es-, aconsejar cohelianamente (seguro es una cita que desconozco) que no hay que regresar a los lugares donde uno fue feliz o la pasó bien –esto me parece mejor-. Es fácil darse cuenta que no funciona así, por algo uno tiene que luchar para no volver a intentar encamarse con la chica que tanto le desgastó la cabeza y tanto gozo proporcionó. No se puede volver de domingo a martes, lo sabemos y no lo queremos saber. Funciona distinto para cada uno, a algunos la imposibilidad los motiva, a otros los paraliza y a otros, después de un tiempo de intentar hacer funcionar las cosas como un tetris, los termina aburriendo.

Para Lacan, lo Real en un momento de su enseñanza, es lo que vuelve siempre al mismo lugar. Y la repetición va de la mano con él; hay mecanismos y maneras de volver a domingo desde martes, de reencontrarse con aquella que uno quiso tanto en otro tiempo, de insistir en lo evidentemente perdido, pero hay que estar advertido de las nuevas coordenadas, Bukowski no dará el mismo placer, el río se volvió más ancho y más profundo, si la jugamos de pata de lana no se puede llamarla y mi equipo es grande pero pelea promociones.

Hay lugares inhabitables.

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