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Iluminado por el fuego



Hace muchos años traduje los primeros capítulos del hasta entonces agotado libro de Norman Mailer, “The fight”, que narra con músculo y lucidez la pelea de Ali y Foreman de 1974 en Zaire.

Con la fuerza de la juventud, recorrí editoriales sin suerte argumentando que el país necesitaba tener este libro en castellano. Dejé de traducir. Hace un par de años llegó una nueva edición versión española, que me negué a comprar. 

El libro aborda ese combate, quizás el acontecimiento más importante de la historia del boxeo por el momento deportivo de ambos boxeadores y por el contexto en el que se llevó a cabo -una sangrienta dictadura en Zaire-. Cuenta Mailer que el calor de Kinshasa  evaporaba  la sangre de los que habían sido asesinados en el estadio días antes de la pelea. 

La narración es 100% Mailer, pero a diferencia de otros libros suyos donde da rienda suelta a su egocentrismo, en éste juega el papel de cronista excelso,  combinando con cintura y reflejos la observación, la historia americana, un meticuloso conocimiento del deporte y un abordaje psicológico de Ali y Foreman fascinante. Mailer devuelve a Ali al Olimpo del que había bajado transitoriamente.  
El libro es una ventana a la amistad que Ali y Mailer construyeron a lo largo de décadas. Conversaciones sobre poesía, política, boxeo, salidas a correr juntos a la madrugada, Alí líder político. El negro café con leche que era amado por los ciudadanos de Zaire vs Foreman –el negro-negro- que bajó del avión con un perro pastor alemán, símbolo de la opresión policíaca de la Zaire de aquél entonces.
Alí llegó a Zaire y Foreman dijo estar lesionado, con lo cual la pelea se atrasó un mes. En ese mes Ali se ganó el corazón de los africanos entrenando entre ellos, dando conferencias de prensa todos los días, erigiéndose como líder político mundial.

De esos pequeños detalles está repleto el libro. Comienza así:

“Siempre es un shock volver a verlo. No en vivo como en la televisión sino parado frente a ti, luciendo en su mejor forma. El Atleta más Grande del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más hermoso. Las mujeres dibujan una respiración audible. Los hombres miran hacia abajo. Se les recuerda nuevamente su falta de valor. Si Ali nunca hubiese abierto su boca para hacer temblar como gelatina a  la opinión pública, aun así inspiraría amor y odio. Porque él es el príncipe del cielo, así lo dice el silencio alrededor de su cuerpo cuando está iluminado.” 

El Parkinson fue el castigo proporcional de los dioses ante su ofensa de haber sido mortal. 

Como dijo Cornelio Saavedra después de enterarse de la muerte de Mariano Moreno arrojado al mar: “hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”. 

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El tren hacia el sur

En La invención de la soledad, Paul Auster cuenta que su padre, quien se había negado durante muchos años a vender la enorme casa familiar que habitaba (y así no tener que entregarle la mitad a su exmujer), murió cuando le faltaban tres semanas para finalmente mudarse a otra más pequeña.

La casa de toda la vida de los Auster, la enorme casa de los Auster. Cuando Paul llegó para hacerse cargo de la escena del drama, se sorprendió al ver que su padre prácticamente no había hecho casi ningún preparativo para marcharse.

“Los únicos preparativos que encontré en toda la casa fueron unas pocas cajas de libros, todos triviales (un atlas desactualizado, una introducción a la electrónica de hacía cincuenta años, una gramática del latín del bachillerato, viejos compendios de leyes). Eso era todo, no había cajas vacías aguardando que las llenaran, ni muebles para regalar o vender, ningún acuerdo con una compañía de mudanzas. Era como si no hubiera podido enfrentarse a ello. Había decidido morir, antes que vaciar la casa. La muerte era una evasión, la única huida legítima. Sin embargo, yo no podía escapar; había que ocuparse de todo y nadie más que yo podía hacerse cargo.”


Nadie está del todo preparado para mudarse. Por más que lo haya hecho muchas veces, se sorprenderá de la cantidad de objetos y cosas que viene arrastrando desde vaya uno a saber cuánto tiempo. Y las conserva ¿por qué motivo? ¿para usarlas cuándo? Si ya ha pasado su “vida útil", si ya no se encuentran en las condiciones en las que entraron en nuestra órbita.

Entonces quizás hay otro motivo por el que las conservamos: para no olvidar. Toda mudanza es una oportunidad tangible para favorecer el olvido. Toda mudanza nos abre los cajones, el placard y nos interroga: ¿qué vas a hacer con esto? Los objetos y las cosas tienen su brillo mientras nos importan, mientras son. ¿Cuál es el ancla que impide que tiremos esa remera? ¿Qué traslademos esa caja con papeles privados de gente que no está y ya desconocemos?

El fetiche de la mercancía, puede ser. Lacan decía que el psicótico lleva el objeto a en el bolsillo, que no se ha podido separar de él, de ahí que su pérdida llegue a ser tan desastrosa. El neurótico -represión mediante- lo puede llevar simbólicamente (#LTA).

Todas las cosas que conservamos, en el fondo, son por las dudas, no vaya a ser cosa que nos olvidemos quiénes fuimos, dónde estuvimos, quién nos quiso y ya nos olvidó.

Una mudanza es una oportunidad de ser valiente y hacer algún duelo. El genio de Freud lo enseñó en su clásico Recordar, repetir, reelaborar.

Una mudanza también puede ser hacer fuerza, trasladar muebles y pagarle a un fletero por hora. Pero hay que vaciar la casa. Elija usted.

Oh mi amor, yo quiero estar liviano.


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A sangre fría

Cuenta Norman Mailer que cuando comenzó su investigación para escribir “La canción del verdugo” (la  genial novela que rivalizó con A Sangre fría de Capote) y  se topó con las cartas que el protagonista de la historia le había escrito a su amada, tomó la decisión estética de que nada de lo que él escribiera, debía superar la belleza del estilo de Gary Gilmore. Es decir, que El Gran Bocón debería adentrarse en una batalla para despojarse de su complejo uso de la gramática, sus adjetivaciones demoledoras, todo artificio aprendido en pos de un estilo de hombre-de-a-pie que encandilara por brutalidad. De más está decir que lo logró. La novela es apasionante

Llegar a dominar el lenguaje (siempre dentro de la literatura, claro) de tal manera sólo puede realizarse después, no al principio. La simplicidad, esconder los hilos del entramado, es una ardua tarea que suele encontrarse con el tiempo, por eso él dice que no da mucho valor a Los Desnudos y los Muertos porque copió el estilo de los grandes autores norteamericanos, que su propia voz tardó en hacerse presente algunas novelas.

Me siento a escribir al filo del día con un par de ideas en busca de un ritmo, como muchas veces, en apariencia sin conexión.

Algo que me hubiese gustado contarle para molestar a una persona que molestaba a otra (“con las mejores intenciones”) en el subte: el inconciente no es otro sujeto, es lo contrario al yo, las lógicas que rigen uno y otro son excluyentes entre sí.  Por eso es imposible sostener la creencia de que en el interior de cada uno de nosotros haya alguien –como se dice desde una perspectiva que degrada y vulgariza la cuestión– que quiere lo opuesto a lo que aparentemente queremos (si odiamos es porque “en realidad” amamos, si somos generosos es porque “en realidad” otro egoísta dentro nuestro quiere tenerlo todo, etc. Otorgarle una intencionalidad equivalente a la de conciencia al inconciente es una falacia que se reproduce en esa popular música que es tocar de oído. La cuestión no es transparente.

Mailer se preocupó por la existencia del inconsciente, leyó un poco a Freud pero desde un lugar de curiosidad, admiración, deber ser, literatura fantástica. Tiene sin saberlo (una de sus definiciones) muchas ideas muy potentes que son temas tratados por el psicoanálisis en su vasto abanico. Pero el psicoanálisis no lo es todo. También hay prefreudianos ( y sartreanos) que viven más o menos como cualquier otro que acepte la hipótesis del inconciente, incluso los hay algunos  como Gary Gilmore que después de asesinar sin motivo aparente a dos personas, pidió que lo mataran según cumplimiento de las leyes vigentes en Utah en 1977. Y nadie quería matarlo.








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La casa

"partío llorando la Antíope famosa, y los coraceros partieron bramando de coraje. Cuadros invisibles hasta entonces por la altura en la que habian sido ubicados o porque el desarrollo de la escalera los aislaba de las luces eléctricas, surgieron súbitamente como si los hubieran  pescado en un mar oscuro y todavia chorrearan sombras. Pasaron, veloces, con sus desvestidas muejres gritonas, con sus ovejas, con sus companarios, con sus árabes que juraban venganza.”
 
La Casa. Manuel Mujica Láinez
 
Leí el comienzo, decía: “Soy vieja, revieja. Tengo sesenta y ocho años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día”. Volví una página hacia atrás y leí una cita a T.S. Eliot y un poema de sus Cuatro Cuartetos, libro que leí con esfuerzo y alegría en su edición bilingüe hace unos años. Indicios suficientes para comprar “La casa” de Manuel Mujica Laínez.

Comencé a leerlo y efectivamente, quien narra la historia es una casa. Y si, se está muriendo. La casa queda en la calle Florida y la historia sucede entre fines de 1880 y mediados de 1930. Cómo contar sin contar es algo que me he preguntado varias veces,  mi ignorancia sobre crítica literaria me permite seguir haciéndolo.
Obviamente la casa habla. Y no sólo habla, sino que es omnisciente. Un caserón francés con decenas de habitaciones y moradores que tempranamente nos cuenta que fue testigo de un fratricidio. La casa tiene memoria y siente. La casa es la fantasía animista hecha de ladrillo relleno, no de los huecos que vienen ahora.
 
La casa también es un tratado sobre arte y arquitectura. Pero sobre todo, la casa es una cronista muy aguda. Es un elefante gigante que sabe y que no puede decir ni influir sobre sus habitantes. La casa puede hablar con sus estatuas, con sus cuadros, con sus tapices. Es conmovedor escucharlos gritarles impotentes a sus habitantes, advertirlos de peligros, de traiciones.

Luego de esa muerte, un día el asesinado regresa entre el coro de cuadros que lo anunciaban. Ahí ella se da cuenta que ya había otra presencia viviendo en la casa y no pertenecía al mundo de los vivos. Lo veía, pero como todos, no lo comprendía. Yo sabía que las casas viven (las escuchamos a la noche cuando dormimos), son sitios mucho más amigables para los fantasmas que los departamentos, en las casas pueden vivir  faunos y palmeras en el patio. 

La casa ante su inminente final, recuerda. Reescribe con su relato los días cuando fue hermosa y deseada, cuando tuvo vida en su vientre y fue todo lo que pudo. Ahora que tiene el dolor de ya no ser y que los albañiles prenden el fuego con sus alfombras, estoy leyendo  más lentamente. Me quedan pocas páginas, y a contramano del apuro de concluir, como la casa, lo demoro.

Huelga decir que estoy sugestionado por la novela, es perturbador el paradójico placer que puede producir el azar. Todos los días camino por esa calle Florida e imagino que la casa al lado de la Richmond es ella.
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Otras inquisiciones

En este libro magistral, Borges hace gala de su enciclopedismo iluminista y se pregunta y se contesta con brillantez sobre los grandes temas (y autores) de la humanidad. Va hasta el fondo algunas veces, diciendo cosas tales como que las sociedades optan por la democracia a falta de coraje para elegir un héroe que los guíe, o como Nabokov se mofa con cierta ignorancia del gran maestro vienés. Tales aberraciones ya las hemos citado previamente en este pasquín.

Pero me interesa el fútbol, como pocas cosas lo hacen y me hacen sufrir. A esta altura de los torneos y de la vida de mi (las) instituciones me siento como un viejo octogenario que utilizando la falacia de apelación a la autoridad, se rie de los que sufren porque está de vuelta. Porque el amor es malvado, toma una sola persona, una sola bandera, la excluye y que los otros ardan en el infierno. Confieso que la jornada de 5 partidos para definir los descensos y la promoción me tuvo al borde de la silla, gozando de la combinatoria para el desastre. Yo ya vi como mi equipo, el sexto con más hinchas en el país, perdió la división hace un año, y durante éste, vi como los jugadores de los equipos rivales se sacaban fotos en nuestro estadio y luego aguantando 80 minutos, te metían una contra y te ganaban.

Eso por un lado, y por el otro más allá de lo futbolístico, asistimos a un escenario mental formidable: un grupo de personas que jamás logró sacarse la espada de su cuello y nunca pudo elaborar que habían perdido la divisional. Lo democrático del fútbol es que ahí dentro de la cancha, lo supra no juega. A veces hay que dejar caer las cosas hasta el fondo, la tozudez de Gimnasia en permanecer ya no tiene sentido. Hay que aceptar las pequeñas muertes en vida, esa sobrevida es indigna. Mi anhelo es que desciendan todos los equipos de primera y así tener en la segunda división algo de lo perdido.

Si River desciende (cosa que sería hermosa pero no sucederá) sería otro triunfo kirchnerista de distribución de la riqueza. Gimnasia y Huracán necesitan de la asignación universal. La esperanza nunca es vana, pero te hace sufrir hasta el final. Es como saberlo, prometer nunca volver a hacerlo y finalmente, traicionarse por amor.

Y pensar que hay gente que dice que el fútbol son 22 tipos corriendo detrás de una pelota.
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Haciendo amigos

La escritura fue una adquisición tardía del hombre, la máquina con el aparato fonador, la mielinización y su desarrollo en el taller mecánico de Dios tardó mucho tiempo. Primero gritó, luego entonó y finalmente aprendió a hablar. Mucho tiempo después cuando pensó en el tiempo y en la existencia, necesitó dejar su voz en un formato que lo trascendiera e inventó la escritura. Desde aquél tiempo incierto se impone la división entre habla y escritura. Si bien una no es sin la otra, algunos personajes que podemos leer en distintos medios, libros, blogs y demás formatos desconocen esa distancia y enarbolan lo que para mí –en forma de bravata irrespetuosa- es una forma de disfrazar limitaciones. En otros ámbitos artísticos también sucede, disciplinas donde el espacio para la innovación a esta altura del partido es mínimo y deben recurrir a rebuscadas racionalizaciones que edulcoren la desafinación, un lexicón pobre, un ideario con cinco imágenes, etc.

Después de leer una novela de Mailer, de Fitzgerald, de Arlt, de Bioy uno puede distinguir que si calle se mete en la escritura, es porque la han dominado antes, de ahí la tremenda de dificultad en escribir buenos diálogos. Al que sabemos que afina, le creemos la desafinada, porque primero estuvo el canon que se estableció en algunas mesas chicas y jodió a todos después. Primero aprendemos a sumar, luego a restar, luego a multiplicar y finalmente a dividir. Esas operaciones respetan una lógica sin ningún desvío. No se escribe como se habla. Pienso que sueno conservador y es probable, pero no estoy negando de ninguna manera la posibilidad de romper los moldes, los cánones, lo establecido, solo que en general esas grietas de luz en los adormilados circuitos que conservan el statu quo, no pasan de modas. Para leer algo que podrían decir mejor las viejas puiguianas de mi edificio, abro la puerta.Corriendo con el antebrazo todo lo que dije, todo eso está bien que exista, mi espíritu dadahumanista celebra la diversidad artística aunque más no sea para reírse de ella. 
 
Ya guardando los botines, no puedo dar palos sin recibir algunos, quizás estoy sufriendo la frase del más grande luego del partido con Uruguay que nos dio la clasificación, ya que no tengo tiempo físico para escribir y las piedras se acumulan en mis bolsillos.

Para terminar, amigos míos, una cita del blogger más genial del país, que el 15 de Septiembre de 1941 escribió en su aguafuerte titulada “Necesidad de un diccionario de lugares comunes” lo siguiente:

“Cuando un hombre habla el idioma de su pasión, de su desorden, de su odio o de su iniquidad, involuntariamente hace estilo. Cuando un hombre hace estilo, agravia, también involuntariamente, la falta de estilo de otros hombres. ¿Por qué el estilo es un agravio? Porque debajo del léxico, como decía usted, se encuentra un determinado edificio espiritual o psicológico. La mayoría de los hombres llevan en su interior monstruosas arquitecturas de juicios, construidas con ladrillos amasados de barro de lugares comunes, y la grosera fábrica en la cual habitan intelectualmente, se les antoja lujoso palacio. Cuando otro hombre, cuyo idioma no está ensamblado de lugares comunes les expresa realidades espirituales o psicológicas diferentes a las que ellos están acostumbrados a reverenciar, se les antoja que están escuchando a un ladrador de injurias; y entonces, odian atrozmente al hombre que por no expresarse con frases hechas, ofende sus convicciones con la fortaleza del estilo."


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Lolita


¿Recordar la fecha en la que todo comenzó o en la que todo terminó? Una división meridiana. Los feriados no se ponen de acuerdo, las personas oscilan según sus constelaciones y sus objetos. Que un país celebre la vida o la muerte de un prócer no es lo mismo. Es conocida la fascinación por la capitulación, pero ¿luego qué? Seguir viviendo sin tu amor canta Spinetta. Es la experiencia que llega después de varios finales, pero ¿qué? La experiencia es un peine que te dan cuando te quedaste pelado dijo Bonavena. Es decir que sirve y no sirve, todas las veces es a la vez la primera y la última vez.

¿Pero qué hay en ese punto perdido, fijo, que tanto atrae a algunos? ¿Qué es lo que siente Humbert Humbert? ¿Amor? ¿Melancolía? ¿Perversión? Esta vez no jugaré a la hermenéutica salvaje que tanto me gusta, pero hay que recordar ese breve comentario al inicio del libro que divide las aguas y que sin él no se puede entender nada. Antes de Lolita existió otra, sin ella no podría haber existido, una marca primera donde la segunda fue a pararse. Ese punto fijo de atracción desesperante que lleva a alguien a inquietar a los demás.  En la pileta que quería meterse Humbert había agua, sin dudas, sólo que él ya era otro nadador y ese fantasma tenía otras sábanas, la pasión de la ignorancia. ¡Las cosas que se pueden hacer en nombre de obtener el olvido! Las marcas primeras (ignoradas) que mueven los barcos que llevan a los puertos que llevan a las anclas.

Lolita puede vaciarse y ser una cartera. Pero no quería escribir sobre Lolita, solamente quería escribir, parado desde la desembocadura del río. 

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La guerra al cerdo




“volvió esa noche, nunca lo olvido, con la mirada triste y sin luz, y tuve miedo de aquel espectro que fue locura en mi juventud. Se fue en silencio, sin un reproche, busque un espejo y me quise mirar, había en mi frente tantos inviernos, que tambien ella tuvo piedad”.
 Volvió una noche. Gardel-Le Pera


Tuve que levantarme a buscar un lápiz. Tanto que le critico que no hay que marcar los libros, tuve que empujarme mis palabras y empezar a poner corchetes –mientras daba pequeños gritos de hurras sofocados- ante los estiletes de bravura, sutileza y sofisticación de quizás el novelista top 5 de la literatura argentina, el narrador de pulso recoletamente firme.

¡Haber empezado a hacerlo antes! Pero ya iba la página 85, y se lee:

“La mirada de cerca. Fijaba los ojos en los labios, en detalles de la piel, en el cuello, en las manos que le parecían expresivas y misteriosas. De pronto creyó que no besarla era una privación intolerable. Se dijo: “estoy loco”. Recapacitó que si la besaba, estropearía toda la ternura que ella tan espontáneamente le prodigaba. Caeria tal vez en el error que la desilusionaría, que lo exhibiría como un individuo insensible, incapaz de interpretar correctamente una efusión de generosidad; como un hipócrita, que se finge bueno, mientras hierve de apetitos groseros; como un tonto que se atreve a expresarlos. Penso: “Esto no me pasaba antes” (y se dijo que el comentario se le volvia habitual). “En una situación así yo era un hombre frente a una mujer; ahora…”

Un pequeño tratado sobre una (la) cosmovisión masculina que comienza y termina con mujeres, amigos y muerte, desde la punta de la pirámide demográfica. 

“Creyó por primera vez entender porqué se decía que la vida es sueño: si uno vive bastante, los hechos de su vida, como los de un sueño, se vuelven incomunicables porque a nadie interesan.”

El patíbulo es todo el tiempo.

“Después de tantos años de amistad, por primera vez entraba en el cuarto de Néstor. Vagamente miró retratos de personas desconocidas y pensó: “La intimidad que dejamos de lado no impidió que fuéramos amigos”. Esta observación lo incitó a reflexionar sentenciosamente: “Hoy todo el mundo es íntimo; amigo, nadie”
(¡fucking 1968!)

Si hablo lo afeo.

"También da vértigo el futuro –continuó Arevalo-. Lo imagino como un precipio al revés. Por el borde asoman gente y cosas nuevas, como si fueran a quedarse, pero también caen y desaparecen en la nada.”

Más.
 
"Quizá una de las pocas enseñanzas de la vida fuera que nadie debe romper una vieja amistad porque sorprenda una debilidad o una miseria en el amigo. En el conventillo descubrió que toda persona, en la intimidad, es repulsivamente débil, pero también, por los compromisos de vivir y morir, valiente.”

No alcanza la vida para leer lo que queremos, pero hay libros que te obligan a terminarlos cuanto antes, no vaya a ser cosa que si lo bajamos y dejamos librado a pequeños olvidos, terribles cosas nos pasen: los cerdos nos muerdan los pies y un búho (filósofo) nos saque los ojos.

Final de año y las palabras en este panfleto son de otro. 42 años me esperó Bioy en la biblioteca familiar, tenía que hacerle alguna justicia. Y el lápiz tanto no mancha.


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Larrea esquina Sarmiento

Muchos dias fuera del hogar y algunas ideas para meterlas en en bowl, unirlas y ver que sale siguiendo las enseñanzas del loco de Tzara.

Viajé bastante en colectivo, líneas nuevas y otras conocidas, dejé la ciudad. Sin los auriculares y con casi tres horas en un solo día haciendo recorridos urbanos uno tiene material de sobra para chusmearle a la vecina o escribir un cuento. Una mujer hablaba muy acongojada por teléfono, dejó de hablar y rompió en llanto. Quería y no quería mirarla, darle un poco de privacidad para que lo hiciera sin tantos ojos sobre ella, era dificil. Una de las paradas duró bastante ya que subió mucha gente. Ella miraba para afuera, justo se veía el mármol tallado que decía “Nuestra señora del socorro”. Supe qué pensaba por un instante.

 Del otro de los asientos que marean -ya que dan la espalda al sentido en el que se avanza-, una pareja de jóvenes padres lucían preocupados mientras su hijo de unos 3 años jugaba con la radiografía de su tórax, la doblaba, la miraba a contraluz, le descubría el divertido sonido que produce al ondularla.

En el asiento individual para penitentes, un viejo olvidado actor argentino movía los labios con desesperante calma, abrazaba su traje marrón recién sacado de la tintorería y no miraba a la mujer que no secaba sus lágrimas. A pocas cuadras de dónde debía bajarme subió el inspector. Le dí mi boleto pero me dijo que era de otra línea. Y era. Por unos instantes me sentí el más idiota, lo único que faltaba era que el inspector accionara contra mí por un descuido. Pero no, la vida de buen peatón incluye no tirar basura, así que tenía mi boleto y me lo cortaron.

Esa noche soñé que me tomaba un colectivo que jamás que tomé (eso pensaba): el 37. Me llevaba para San Telmo, que es para donde va en un sentido de su recorrido, pero bajaba y era otro lugar, estaba en una manifestación, le estacionaba el auto a una anciana como favor y me encontraba con un amigo. En un momento la columna que formábamos comienza a bajar por una calle con una pronunciada pendiente y de pronto es otra ciudad reconocible, de mi infancia, pero yo tenía la edad de ahora y de repente aparece Francis Ford Coppola, le critico su última película, se adelanta, yo lo alcanzo a mi amigo y le digo al oido: “director´s cut”. En ese momento Coppola se da vuelta y me dispara repetidas veces a la altura de la cintura, me doy vuelta y sigue por la espalda. Siento caer y no poder mover las piernas. Despierto.

Ya lo decía Freud, el sueño es un rebus, un jeroglifico. Y el inconsciente sabe y escribe bien, con múltiples figuras retóricas. No voy a ahondar en este tono pseudo intimista que no me agrada pero bueno, llega a imprenta.  ¿Sería el cineasta? ¿A quién le cortaron las piernas? Cut = cortar, Coppola = Guillote. Piernas que se cortan, ¿acaso que hacen los balazos? ¿Y por la espalda? Traición. Soñé un sueño maradoneano.

Al día siguiente de casualidad tuve que tomarme el 37, no en el sentido a San Telmo sino por Entre Rios. Un rato antes había comprado por 10 pesos “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon, una ganga, me gusta cuando a los libreros se le escapa la tortuga. Me llamó una amiga para que la ayudara a pensar qué libro le podría regalar al novio que se iba a Europa unos meses, pero la condición era que la trama aconteciera en ese continente y no incluyera poligamia. No teníamos mucho tiempo, descartamos algunos obvios, reímos y sugerí “Viaje sentimental por Francia e Italia” de Sterne y otros que no diré si fueron los elegidos o no para no ser tan botón.

Al día siguiente fui a buscar a Parque Rivadavia otro libro –comprado por Internet a otro incauto- del querido Mailer, “Los ejércitos de la noche” a tan sólo 20 pesos. En su contratapa se lo vendía como uno de los 10 mejores libros del año 69 para la revista Time junto –entre otros- al de Fanon.

El sueño de la noche fue más leve: solamente llegaba tarde a una obligación que aun no sucedió. 

Monotemático. 

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La pelea


Este blog debe su nombre a la primera novela de Norman Mailer, a la cual le debo una entrada aquí mismo. Estos últimos tres años le he dedicado al menos la mitad de mi tiempo de lectura a sus obras, y es tan vasta y soy tan inconstante que aun me queda bastante por leer. Con Norman compartimos el gusto por el boxeo y las letras. Hay una larga tradición de escritores amantes del boxeo, tanto en su práctica como en su contemplación. Alguna vez dije que no existe mucha diferencia entre escribir y golpear.

Cuentan que Hemingway escribía para vivir y peleaba por diversión. Uno de sus oponentes frecuentes era el novelista canadiense Morley Callaghan, quien una vez le rompió la cara después de que Scott Fitzgerald, el cronometrador, dejara que el asalto durara demasiado. Si bien parece haber sido un accidente, Hemingway nunca olvidó el percance y jamás perdonó a Fitzgerald. Hemingway también peleó con el poeta Ezra Pound y con Tom Heeney, quien a su vez combatió contra Gana Tunney por el título mundial en 1928. Cortázar al llegar a Paris trabajó como relator de peleas para una cadena de México pero duró poco porque su erre le jugaba trampas cuando se emocionaba relatando y hacía inentendibles las transmisiones.

Pero otra vez se trata de Mailer. En 1975 publicó “The fight”, pequeña obra que ilustra e ilumina lo que se conoce como la pelea más importante de la historia del boxeo entre George Foreman y Muhammad Ali. Decir que solamente se trata de boxeo sería simplificarlo al extremo. La pelea fue llevada a Zaire por el incipiente promotor Don King, quien les había prometido 5 millones de dólares –que no tenía- a cada boxeador. El dinero salió de los bolsillos del dictador Mobutu, quien utilizó la pelea como intento de blanquear su imagen ante el mundo.

Norman cuenta al detalle y de manera maravillosa su periplo como enviado a cubrir la pelea. La noche anterior al evento habían asesinado gente en ese mismo estadio, se podía oler la sangre debajo del aserrín. Una madrugada Norman salió a trotar junto al campeón, Ali lo respetaba porque sabía que el petiso era grande, testarudo, apasionado y no le rendía pleitesía cara a cara.

Busqué ese libro por todas librerías de calle Corrientes y no tuve suerte, tampoco en internet, estaba agotado desde hacía años y nunca se había vuelto a editar. Le comenté esto a una amiga que estaba viviendo en Miami y una vez que vino de visita me lo trajo de regalo. Fui muy feliz. Me lo devoré en su idioma original y la sensación fue agridulce: la potencia del original es difícil de reproducir en la traducción.

De todas maneras, y siendo un amateur en esa profesión, pensé en traducir yo mismo el libro, sé que hay un público que lo leería más que agradecido. Y así como así, pensé en Anagrama y les escribí un mail contándoles lo que quería hacer. Me contestaron al día siguiente de muy buena manera, conocían el libro, habían editado algunos capítulos en América, uno que recopila artículos de Mailer y varias cosas más muy amables pero diciendo que por el momento tenían la agenda cerrada. Un rechazo inglés que me dejó conforme. Luego escribí a algunas editoriales argentinas y nada, ni las supuestamente interesadas en el deporte, ni las más pequeñas y rascas. Nada. No reply.

Decidí comenzar para que al menos pudieran leerla mis amigos. No hice ni un capítulo entero, pero la voy a terminar algún día tan sólo por placer.

Es muy difícil hacerle justicia a algunas construcciones de Mailer.

Así comienza:

“Siempre es un shock volverlo a ver. No en vivo como en la televisión sino parado frente a ti, luciendo en su mejor forma. Luego el Atleta más Grande del Mundo corre el peligro de ser nuestro hombre más hermoso, y el vocabulario del Campamento está condenado a aparecer. Las mujeres dibujan una respiración audible. Los hombres miran hacia abajo. Se les recuerda nuevamente su falta de valor. Si Ali nunca hubiese abierto su boca para hacer temblar la gelatina de la opinión pública, aún así inspiraría amor y odio. Porque él es el príncipe del cielo, así lo dice el silencio alrededor de su cuerpo cuando él es luminoso.

Sin embargo, cuando está deprimido, su piel se vuelve de color café con leche aguada, pero sin crema. Un verde mórbido como el de una mañana depresiva. No se lo ve bien. Esta sería una justa descripción de cómo apareció en el gimnasio de Deer Lake, Pennysylvania, una tarde de Septiembre siete semanas antes de su pelea en Kinshasa con George Foreman…”


En una hermosa nota que escribió Tomas Eloy Martinez cuando murió Mailer, recordaba sus dos encuentros con él, separado por doce años. El primero en 1979. Yo recorto este pedazo:

"Como a las nueve, después de haber sudado todas las intoxicaciones de la noche, se dispone a boxear dos rounds de tres minutos con José Torres. En el ring, el ex campeón fintea, esquiva los golpes del escritor con displicencia y cada vez que los brazos cansados de Mailer se desorientan, dejando al descubierto la cara, Torres lo toca con suavidad. Los tres minutos parecen un día. "Aguanta un poco más, Norman", trata de alentarlo el campeón. "A mí también me duelen los brazos." "No me mientas", replica Mailer. "A un peleador de tu clase nunca se le acaba el aire."

El intervalo entre un round y otro tarda otra eternidad. Antes de empezar el segundo, Mailer me pide que lleve la cuenta y haga sonar el timbre con puntualidad. Avanza hacia el centro del ring, trata de acertar un jab, pero Torres le adivina la intención antes de que haya movido los brazos. A los dos minutos, las piernas del escritor se quedan rígidas, en la frontera del calambre. Alarmado, toco el timbre y anticipo el fin del round. Mailer se inclina, enfurecido: "Nunca le hagas eso a un boxeador", reclama. "Nunca lo humilles."


El jugo brota de los párrafos. Lo difícil parece ser saber cuándo detener (se).


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El rayo que no cesa


Escribir poesía a los 20 años es fácil. Y mala, ciertamente. Es aun más sencillo escribirla siendo más joven: puras confesiones de frases hechas y lugares comunes. Es que el mundo es menos bello, tiene menos rima y épica que la sufriente tarde de un martes. Entonces hay que inventar (se) otro menos malo, porque admitamos, quien haya intentado traducir sus impulsos (sentimientos no es una palabra que me guste) no podrá negar el intento de sentirse un poco mejor. O sentirse algo. La escritura como recuperación, como ese de otro modo, como una útil y estetizante negación.

Cada vez me gusta más la idea de pensar a la poesía como una de las primeras etapas (en la supuesta pirámide de la escritura, una pavada, pero bue) en la iniciación en el mundo de las letras. Y los surrealistas franceses sobre todo: sus antologías me abrieron los ojos y al ejercicio del lápiz y el papel. Todo lo que aprendemos y después no nos sirve para el mundo real, por eso necesitamos la fantasía y el horno para moldear. Porque después del primer desencanto con aquella chica a la que nunca le dirigimos la palabra a los 14 años; habiendo leído el "último poema" de Robert Desnos, nada bueno puede salir de eso. Es preferible, más funcional y pragmático para el amor haberse criado escuchando boleros que leyendo poesía, no tengan dudas. El bolero te da la pérdida más elaborada, la poesía –surrealista- te hace la bola en el pecho –y en la ingle-. Con el bolero al menos uno se ahorra de dar muchas explicaciones.

Creo que este texto empezó porque hoy leí algunas cosas de gente cercana a los 40 aun jugando con el lenguaje como si tuviesen 15 y sentí nuevamente esa sensación nunca mejor descripta como “cosa”. Pero es una tara mía, me da “cosa” leer lo que la gente escribe sobre lo que siente, por eso soy un mal blogger, no cualquiera es buen voyeur.

Pero por más que uno lo intente, es difícil escaparse de lo que ha sido y de lo que cree que es (lo más fácil es escaparse de lo que se será, claramente). Este blog responde a la lógica del collage surrealista, la superposición sin continuidad aparente intra e inter textos ya casi no me molesta si en detrimento de eso se puede ganar algo de potencia. En fin. Miguel Hernández, el poeta más grande de habla hispana que jamás haya muerto sobre esta tierra. Esa poesía ya es para mayores de 20 años, como la de Pizarnik es para los que no quieren crecer. Alejandra da mucha cosita y espanta el goce estético con su densidad y repetición, no así Miguelito con su poesía agrónoma, el bailarín de los campanarios.

Los cuentos cortos no tienen edad, pero la novela quizás llega para quedarse hacia el comienzo de la década infame. No me imagino poder gozar más de lo que ya lo hice a los Neruda, Salinas y Cortázar, pero si con las novelas. Sobre la hipótesis demencial del por qué de este gusto, tengo ideas que no tengo ganas de compartir.

Decir qué cosa es lo mejor y qué lo peor, es un resabio adolescente que no se sostiene, lo sé, y mientras escribo esto fui a buscar al petiso de Norman Mailer a la biblioteca - amor que yo diría que me hizo abrir este blog, potenciado por mi incapacidad de continuar mi propia novela)- que en su interesantísimo libro “Un arte espectral, reflexiones sobre la escritura” nos dice:

...el estilo, por supuesto, es lo que todo autor joven busca adquirir. En el acto de amor, su equivalente es la gracia. []… el estilo les llega a los autores jóvenes más o menos en la época en que reconocen que la vida también está dispuesta a herirlos. Hay algo allá afuera que no es necesariamente engañoso. Eso explicaría por qué autores que estuvieron enfermos en la infancia casi siempre llegan temprano en su carrera como estilistas desarrollados: Proust, Capote, Alberto Moravia son tres ejemplos, Gide es otro. Esta noción daría cuenta, por cierto, del desarrollo temprano y completo del estilo de Hemingway. Tuvo, antes de cumplir los veinte, la sensación inconfundible de estar herido, tan cerca de la muerte, que sintió que su alma se deslizaba fuera de el y después volvía.

El joven autor medio no esta así de enfermo en la infancia ni es tan duramente usado por la vida temprana. Sus pequeñas muertes sociales son equilibradas a veces por sus pequeñas conquistas sociales. Así que escribe en el estilo de otros mientras busca el propio y tiende a buscar palabras más que ritmos. En su apuro por dominar al mundo (raro es el escritor joven que no es un pendejo consumado), también tiende a elegir sus palabras por su precisión, su capacidad de definir, su acción acrobática…

Mientras más me acerco a Mailer, más me alejo de Bukowski. Charles puede ser la transición para dejar la poesía y empezar a cruzarse con las chicas reales, que podrían definirse como las que no nos quieren (ese también es un silogismo adolescente). Mal que me pese, el bueno de Charles es como esos jugadores de fútbol que nos emocionan por su despliegue y sentido de la ubicación en la cancha, su economía de movimientos, pero no por su toque de distinción y clarificación de la jugada.

Escribir bien es difícil, definir que es escribir bien es aun más polémico, hace poco tuve que dejar de leer “Suave es la noche” de Fitzgerald porque su estilo detallista y su temática costumbrista que me agotó de romanticismo. Quizás los blogs atenten contra la buena escritura, no lo sé, no está mal que existan, tampoco está mal que existan los clasificados.



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"Miguel, cojones, pareces el Brian Jones":


Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.

Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mí helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.

¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.

Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.
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¿Un sentimiento prestado?


Los pasajes de avión, sacados con tiempo, me salen lo mismo que los de colectivo. Miles de kilómetros. Es ridículo, no tiene razón de ser esa equivalencia. 16 horas en un lado contra hora cuarenta del otro. Tomé el Costera en La Plata (“la” para los puristas), llevaba mi mochila con mi computadora y una valija de esas con rueditas demasiado grande para lo que llevaba dentro. Los transeúntes odian el ruido de las rueditas al frotarse contra las baldosas. Éramos sólo tres en el micro. Tenía tiempo y me indignaba la idea de pagar 30 pesos por un taxi una vez en Capital. El 45 era el camino. Bajé en Retiro y caminé hacia la parada, le pregunté a un panchero dónde paraba, estaba a unos pocos metros, los mapas son sencillos de seguir.

Llegué a la parada y no bien me dispuse a esperar fui abordado por dos muchachos de esos que encarnan el estereotipo del gorrita que te va a robar. Yo por mi lado seguramente encarnaba el del perejil al que algo le van a sacar. Seguro me veían como ese pichón que ve el tipo que lo tima en la feria a Homero junto a su hijo. Uno, estrábico, pocos dientes y haciéndose el cojonudo se me acercó y me pidió una moneda. Le dije que no, se acercó más, el otro a su izquierda, un poco más lejos cubría mi costado izquierdo. Le di un peso que sabía que tenía en el bolsillo. Me pidió más, dijo que su amigo (yo también lo era) recién se había levantado, que querían comprarse un pancho, le dije que tenía que viajar en colectivo, que necesitaba las monedas. Entonces con razón me pidió un billete. Miré a mi derecha y otras dos personas que también esperaban el 45 miraban para otro lado, indicando claramente que llegado el caso, no moverían un dedo.

La primera duda que había encontrado el amigo en mi reacción se había disipado, me había sacado el primer peso y no contento con eso, quería más. Su amigo le decía que se fueran, que ya estaba bien, pero no, el muchacho me miraba y se me acercó más y yo en lugar de retroceder me le acerqué también. Recordé a mi hermano hablando sobre comportamiento no verbal y de acciones que desencadenan las peleas. Traté de no ser “irrespetuoso”, le di otro peso y le dije que no le iba a dar nada más. Me volvió a pedir y yo a pesar de estar consciente de mi computadora, de mi equipaje, de mi indignación por tener cara de perejil, ese paso adelante y ese mirar al amigo y mirarlo a los ojos rompió la situación.

En el instante posterior pensé en todo lo que pienso, en la vulnerabilidad social, en que el problema está en la desigualdad, y en cómo uno puede llegar a poner el culo contra la pared por cosas materiales y en qué se yo. Durante el episodio que no fue un robo, me vi peleándome contra el que me apuraba, intuí que por cómo estaba no podría aguantar más que un golpe. Pero si yo alguna vez le pego a alguien estoy frito, ¿Qué podría esperar de los otros? La teoría encuentra su límite cuando hay que ponerle el cuerpo.

Finalmente el viaje me salió $3.25, diez veces más barato que el taxi, casi tres más que lo que sale el bondi. La moraleja podría ser que uno tiene que pagar cuando tiene que pagar, si no paga donde debe hacerlo, luego paga de más. Y no me refiere al dinero, que también es una forma de pagar. Me refiero a las decisiones, a hacer lo que uno tiene que hacer (¡nada más difícil!) sabiendo que no hay garantías sobre una acertada. Sólo después en retrospectiva quizás podremos saberlo, pero en el momento es el ejemplo –retoma- da Lacan sobre la bolsa o la vida. Si elijo la bolsa, pierdo ambas, si elijo la vida, pierdo la bolsa, pero me queda la vida, aunque cercenada.

No tiene solución, apenas la puede tener en la fantasía, pero uno de tanto pensarlo, pensarlo y pensarlo decide sin decidir, y buen día se despierta y se da cuenta de que se está haciendo un poco tarde. Yo entregué la pequeña bolsa, pagué con otras cosas que no fueron dinero, el no querer haber pagado un taxi, y salió más caro, porque en carne viva alguien no aceptó mi respuesta y me hizo decidir. La indignación fue más que algo de plata, hasta el punto de fantasear cagarlo a trompadas pero no porque tenía la mochila y la valija que me ataban a un mundo, sino porque lo estaba haciendo con la persona equivocada. Mi cara de gil a sus ojos, la paloma de la feria.

Luego en el viaje –no del 45- mientras leía “El acoso de las fantasías” de Slavoj Zizek, me encontré con esto:

“toda pertenencia a una sociedad involucra un punto paradójico en el cual al sujeto se le pide que acepte libremente, como el resultado de su propia elección, lo que le será de todos modos impuesto (todos debemos amar a nuestra patria, a nuestros padres…). Esta paradoja de elección (elegir libremente) de lo que es necesario, de fingir (mantener las apariencias) de que hay una libertad de elección aunque en realidad no haya tal, es estrictamente codependiente de la noción del gesto vacío, un gesto –una oferta- que está destinada a ser rechazada: lo que ofrece el gesto vacío es la posibilidad de elegir lo imposible, lo que invariablemente no ocurrirá… []¿Y no es parte de nuestros usos cotidianos algo similar?... []… imaginemos una situación más mundana: cuando, tras una feroz competencia con mi mejor amigo por un ascenso en el trabajo, gano, lo correcto es que me ofrezca retirarme para que el pueda recibirlo, y lo correcto para él es rechazar la oferta .de este modo, quizá, nuestra amistad pueda salvarse… lo que tenemos aquí es un intercambio simbólico en su forma más pura: un gesto hecho para ser rechazado; al final estamos nuevamente donde empezamos, el resultado de la operación no es cero, sino una clara ganancia para ambas partes, el pacto de la solidaridad.

Desde luego el problema es ¿qué pasa si la persona a quien se le hace el ofrecimiento para que lo rechace acepta? ¿Qué pasa si , tras ser vencido por mi amigo en la competencia, acepto su oferta de recibir el ascenso en su lugar? Una situación como ésta es propiamente catastrófica: causa la desintegración de la apariencia (de libertad de elección) que forma parte del orden social –sin embargo, puesto que, en este nivel, las cosas son en cierto modo lo que parecen, esta desintegración de la apariencia equivale a la desintegración de la sustancia social misma, la disolución del lazo social.”


Yo, que nunca me peleé de grande, consideré hacerlo con estos pibes y creo que eso fue lo que paradójicamente descomprimió la situación. No esperaban que un rubiecito se les plantara como un igual, seguramente con su pinta nadie los debe tratar como iguales. Y me espanto de pensar algunas cosas que pensé y de no encontrar las palabras que no me hagan sonar discriminador o careta. Dignidad. Respeto por el otro. Si alguien ha sido tratado como una basura, como deshecho toda su vida, lo más probable es que entienda a los demás de la misma manera, avance sin límites y no le importe casi nada. La inclusión es parte de la respuesta. La posibilidad de mayores grados para decidir aunque sepamos del gesto vacío. La posibilidad de no elegir entre morir de hambre y ser muerto de un tiro por un estatal.

La protección de (todos) los derechos de todos, ese ideal irrenunciable de la igualdad, que incluye que alguien esté dispuesto a cagarte a trompadas si te pasás de vivo.
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