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El impresentable

Se habrá topado usted lector con un alguien al que habrá calificado lisa y llanamente de impresentable. ¿Cómo no se da cuenta? Se preguntará mientras contempla absorto al sujeto ese desempeñarse en su desajuste social.

Al estar en presencia de un Impresentable podemos sufrir (no estamos a resguardo de ser vistos como tal) al menos dos efectos: uno sería el de vergüenza ajena e inacción: trampa mortal, doble castigo por dejarnos someter por ese amigo de tu amigo que recién conocés y te abre la heladera. O el dueño de la casa que alquilaste legalmente y se instala unos días de visita porque si, porque puede. Pero puede también porque lo dejan. Si quien detecta a un Impresentable se la deja pasar, bien podría designarse de la misma manera por su conciencia. En este caso el saber popular tiene asidero: el que calla…

El otro sería tomar al Impresentable por las astas y tratar de ubicarlo. Sabemos por experiencia que una caracteristica de los Impresentables es una tozudez envidiable, una crapulenta persistencia en ser. Por lo tanto nuestras prédicas pueden caer –y caerán- en saco roto, pero al menos podremos estar aliviados que lo intentamos.

Hay tantas verdades como palabras en estos líneas. La verdad propia, la conocida, la ignorada que nos corre. ¿De qué estará hecha la verdad del Impresentable? Seguramente de algo muy distinta de aquel que la sufre. Pero a veces tenemos raptos y pescamos la particularidad. Si el inconsciente está en la superficie y se presenta como latigazo, como ruptura, pensemos que el Impresentable presenta su impresentabilitud con transparencia,  tras su primer saludo podemos ver sus rasgos.

A veces no es fácil transmitir qué cosa de alguien es lo que lo hace Impresentable, pero si estás con tu amigo o parroquiano, se sabrá con una mirada. Si resistimos, si podemos sentarnos a la sombra del espíritu freudiano (que está compuesto entre otras cosas por esperar, ver, leer, escuchar y deshacer antes de hacer) nos haremos una panzada con el Impresentable.

Es fácil moverse entre lo conocido, es más, la inmensa mayoría sólo quiere moverse en el camino arbolado, la ruta que como perro se recorre con los ojos entrecerrados. En cambio, entréguese a un Innombrable, mirelo a los ojos, atemoricelo, reduzca los pasos de distancia y apoye el cañon sobre su hígado, verá cómo se reconforta.

O al menos, escriba (O haga un plano) como yo en una servilleta mientras un Impresentable trama en su guarida su siguiente fechoría, usted que ya vivió lo suficiente como para dejar de preguntarse tan seguido por qué teme lo que alguna vez deseó. 
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La pena máxima

Una invitación que no se puede rechazar es una trampa. Esa nota la tomé luego de que la Gendarmería me parara en la calle y me invitara a dar fe en un allanamiento que duró 13 hs. Al principio me divirtió un poco ver esa fauna de personas de la Afip, Aduana, Gendermaría, etc. hasta que me di cuenta que no podía irme aunque quisiera. Afuera llovía, estaba mal abrigado, adentro uno hablaba de que estaba orinando sangre, otro verdugueaba a los allanados, y así. Pero la ley así lo indicaba, aunque sufriera.

La metáfora de la baraja o de los dados ilustra bastante bien el lugar que el azar tiene en nuestras vidas. Un buen día salís de tu casa, vas pensando en un amor, en una canción y un auto en la esquina al que se le cortaron los frenos, te embiste y te pone en el mute total. Rápidamente nos damos cuenta que es azar de un lado y determinismo del otro. O lo que es lo mismo: hay cosas que no podemos evitar/controlar.

Nos enteramos con pesar y dolor que apareció muerta la chiquita que estaba desaparecida desde hacía unos días y que de alguna manera su caso había logrado posicionarse en todos los noticieros como tema central desde hace varios días (y ahora es un irónico tag en tuiter). Hoy mi colectivo hizo una parada en Bell Ville, y en un parador de mala muerte vi su foto junto a la de Maria Cash. Lamentablemente sabemos que cuando alguien desaparece por tanto tiempo, los finales se parecen.

Veo en los noticieros y en las redes sociales que la gente se indigna, pide pena de muerte, salen nuevamente los discursos de mano dura a pedir lo de siempre, cuando la hipótesis fuerte parece que fue un ajuste de cuentas contra el padre de la chica. Entonces no sería un caso de inseguridad o algún tipo de variable estrictamente social (aunque el padre está preso) sino un caso particular donde los sujetos han decidido a sabiendas lo que hacían. Sobre todo si se confirma lo que parece acerca de los “mensajes” dejados en el cuerpo de la víctima.

Que esto “no vuelva a ocurrir” es imposible. Volverá a pasar, desde hace miles de años las personas se vienen asesinando unas a otras, cometiendo las peores atrocidades imaginables, a veces no se trata de desigualdad, de falta de oportunidades (recordemos el caso Bragagnolo), también existen otros motivos bien pueriles como el dinero, la traición, y los prejuicios potenciando el azar (recordar el caso del chico que se escapo de sus captores y los vecinos se lo entregaron de vuelta). Y está avalado con estadísticas, ya lo dijo Zaffaroni acerca de las causas de muerte en el país: primero tenga cuidado al cruzar la calle y andar en auto, luego de uno mismo de no deprimirse y matarse, luego de su gente cercana, que no lo maten sus allegados y en cuarto lugar el asesinato por desconocidos.

Y para estos casos las sociedades democráticas han encontrado a través del sistema de Justicia una respuesta ( tag “tinta roja” del blog). No se debe recurrir a los discursos que deslegitiman a la Justicia, es comprensible la sensación de salir a dar talionazos por todos lados, pero si algo hemos aprendido como sociedad (y nos han enseñado las Madres y Abuelas) es que la Justicia no debe ser vindicativa, la Justicia humana es imperfecta, funciona no en un el tiempo deseable, pero la mayoría de las veces llega. Ya tenemos experiencias de abolición de instituciones y conocemos sus consecuencias. Obviamente que es sencillo hablar sin estar viviendo en carne propia lo que otros están, pero ese no es argumento, si para todo se necesitara experiencia nunca se podría hablar o hacer.

Por lo pronto y hasta que haya un poco más de luz sobre este caso, los medios deberían tener mesura y no abalanzarse como cuervos sobre los cuerpos aun calientes, recordemos el caso del falso ingeniero y su carpetita, recordemos cada becerro de oro que ha aparecido y ha formado columnas que luego resultaron oprobiosas. Recordemos que cada vez que se ataca a las instituciones democráticas, un mensaje es enviado al telégrafo del museo militar más cercano a su domicilio.


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Haciendo amigos

La escritura fue una adquisición tardía del hombre, la máquina con el aparato fonador, la mielinización y su desarrollo en el taller mecánico de Dios tardó mucho tiempo. Primero gritó, luego entonó y finalmente aprendió a hablar. Mucho tiempo después cuando pensó en el tiempo y en la existencia, necesitó dejar su voz en un formato que lo trascendiera e inventó la escritura. Desde aquél tiempo incierto se impone la división entre habla y escritura. Si bien una no es sin la otra, algunos personajes que podemos leer en distintos medios, libros, blogs y demás formatos desconocen esa distancia y enarbolan lo que para mí –en forma de bravata irrespetuosa- es una forma de disfrazar limitaciones. En otros ámbitos artísticos también sucede, disciplinas donde el espacio para la innovación a esta altura del partido es mínimo y deben recurrir a rebuscadas racionalizaciones que edulcoren la desafinación, un lexicón pobre, un ideario con cinco imágenes, etc.

Después de leer una novela de Mailer, de Fitzgerald, de Arlt, de Bioy uno puede distinguir que si calle se mete en la escritura, es porque la han dominado antes, de ahí la tremenda de dificultad en escribir buenos diálogos. Al que sabemos que afina, le creemos la desafinada, porque primero estuvo el canon que se estableció en algunas mesas chicas y jodió a todos después. Primero aprendemos a sumar, luego a restar, luego a multiplicar y finalmente a dividir. Esas operaciones respetan una lógica sin ningún desvío. No se escribe como se habla. Pienso que sueno conservador y es probable, pero no estoy negando de ninguna manera la posibilidad de romper los moldes, los cánones, lo establecido, solo que en general esas grietas de luz en los adormilados circuitos que conservan el statu quo, no pasan de modas. Para leer algo que podrían decir mejor las viejas puiguianas de mi edificio, abro la puerta.Corriendo con el antebrazo todo lo que dije, todo eso está bien que exista, mi espíritu dadahumanista celebra la diversidad artística aunque más no sea para reírse de ella. 
 
Ya guardando los botines, no puedo dar palos sin recibir algunos, quizás estoy sufriendo la frase del más grande luego del partido con Uruguay que nos dio la clasificación, ya que no tengo tiempo físico para escribir y las piedras se acumulan en mis bolsillos.

Para terminar, amigos míos, una cita del blogger más genial del país, que el 15 de Septiembre de 1941 escribió en su aguafuerte titulada “Necesidad de un diccionario de lugares comunes” lo siguiente:

“Cuando un hombre habla el idioma de su pasión, de su desorden, de su odio o de su iniquidad, involuntariamente hace estilo. Cuando un hombre hace estilo, agravia, también involuntariamente, la falta de estilo de otros hombres. ¿Por qué el estilo es un agravio? Porque debajo del léxico, como decía usted, se encuentra un determinado edificio espiritual o psicológico. La mayoría de los hombres llevan en su interior monstruosas arquitecturas de juicios, construidas con ladrillos amasados de barro de lugares comunes, y la grosera fábrica en la cual habitan intelectualmente, se les antoja lujoso palacio. Cuando otro hombre, cuyo idioma no está ensamblado de lugares comunes les expresa realidades espirituales o psicológicas diferentes a las que ellos están acostumbrados a reverenciar, se les antoja que están escuchando a un ladrador de injurias; y entonces, odian atrozmente al hombre que por no expresarse con frases hechas, ofende sus convicciones con la fortaleza del estilo."


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Apuntes desde la plaza


1. Transversalidad: Babel. Mayoría de jóvenes. Banderas del partido comunista en la plaza. Gremios: pregúntenle a algún trabajador sin uno a ver qué dice. 

2. Sabbatella: terminá de estacionar el auto querés. 2.1 Abal Medina. 2.9 Cafiero.

3. Cómo me engañó Lanata tanto tiempo, era fácil ser progre con el turco.

4. ¿Por qué no se muere el turco? Pregunté. “Porque esos tipos son puro cinismo, no le rozan las balas” me dijo ella y la felicité.
5. ¿Qué estará haciendo la pitonisa chaqueña en este instante?, ¿Azotándose en Punta del Este por haber dicho que le gustaría que Cristina enviudara hace dos años?  ¿Besándose con Cleto quizás?
6. Visión de Néstor para no ir por la reelección. Imagínense a ese asumiendo el lunes.
7. Cantitos: de andate Cobos, el que no salta es de Clarín, te la vamos a cuidar, acá están los pibes para la liberación (éste necesita actualización) a para Cristina la reelección.
8. Argumento para correr a la contra por el centro, por el "sentido común": el monumental  Lula, Chávez, Correa, Evo, Lugo, ex presidentes, miles y miles de personas de todo extracto llorando como si fuese un familiar. Algo bueno habrá hecho, ¿no? Eso versus Fujimori, el turco, Collor de Mello. De relaciones carnales a orgía. Se impone lo loco.
9. Loco: darle jubilación a gente que nunca hizo aportes. Loco: darle documentos a medio millón de bolivianos. Loco: gravar la renta extraordinaria. Loco: no reprimir protesta social. Loco: decir que lo sacaron a De Angeli a upa de la ruta. Un rockstar.
10. ¿Cómo evitar la represión? Corriendo a la policía como pidió Cristina bajándose del auto cuando salía de la Rosada.

11. ¡Qué hermosa es la marcha de San Lorenzo y quién pudiera vestirse como un granadero!

12. Qué bien el hermano de Bauer, su ave maría y su hasta la victoria Néstor.

13. La lluvia y la continuidad de la mística, más arcilla para el mito. Me mojé mucho las patas.

14. Las preguntas por el futuro, las respuestas evidentes, la bajada a tierra de la entelequia llamada gente.

15. Los que festejaron: a familiarizarse con el concepto de lo inevitable. 

16. Arlt debería hacer la crónica, yo le doy algunas notas.
17. Hoy cumple años Diego, que me perdone por cajonearlo, es que se fue Caniggia.
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El paisaje en las nubes


Desde hace unas semanas estamos asistiendo a un feliz rebrote de política estudiantil secundaria. Las repercusiones mediáticas han sido de lo más variada, pero como siempre, me divierten e interesan aquellas que más ganas de pelear dan. Lo que comenzó con un par de tomas aisladas de colegios fue tomando visibilidad y complejizándose como fenómeno. Cierta prensa ha tratado de minimizar el conflicto apelando a formulas autoritarias y descalificatorias de los actores en cuestión –digresión: nada peor que los niños actores-.

Se ha escuchado decir que los estudiantes sólo tienen que estudiar, que están cometiendo delitos, que fuman, que juegan a la PlayStation, que tocan la guitarra en las tomas, etc. etc. y finalmente que no deben hacer política (porque eso de los mayores, claro).

Pero tras este discurso –que puede ser encarnado hasta por cualquier incauto con buena fe- se esconde la negación misma de la política. Cuestionan a aquellos que suben gente a los micros escolares y van a los actos, cuestionan las manifestaciones amparadas por la constitución y sólo se muestran de acuerdo en las manifestaciones que no tienen banderas y donde no hay, vamos a decirlo directamente:  (……………..). La vieja historia de que vendrá un bárbaro, un Huno a violar tus mujeres, comer tu pan y beber tu vino. Es una reacción previsible y destinada al fracaso, porque nada más inútil que pelearse con los adolescentes, quienes siempre tendrán motivos válidos para reclamar y una vida más larga por delante para ver cómo los adultos se vuelven ancianos que necesitarán de ellos. Pero es otra cosa, la negativa de Macri a recibirlos muestra la reacción proporcional entre adolescentes.

Recuerdo mi colegio secundario en Neuquén, con la muerte de Teresa Rodriguez fresca sobrevolando cada protesta de la ciudad, cuando la comunidad educativa se manifestaba masivamente para oponerse a Ley Federal de Educación, larga lucha que logró que Neuquén fuese una de las pocas provincias que pudo resistirse a ese plan de pauperización escolar de la mano de las políticas de la larga noche neoliberal (siempre quise usar esta expresión). Y para eso tomamos el colegio, fuimos uno más, un colegio que no tenía centro de estudiantes (ahora me suena mucho peor) ni representación en instancias superiores, un colegio público que tenía tantos pibes bravos que no éramos invitados a los intercolegiales. Sacando a los de la industrial, teníamos el segundo mejor equipo de fútbol, éramos los mejores de básquet y los mejores de handball. Pero no teníamos centro de estudiantes donde quejarnos. Está bien que la conducta extra deportiva dejaba que desear, pero si no se porta mal un adolescente, ¿quien lo hará? Éramos unidos, nadie denunciaba al que iba armado al colegio por miedo a que “otros” lo estuvieran esperando a fuera (de todos modos el arma estaba rota), sólo los dos o tres nenes de pecho que reclamaban más notas eran hostigados. Se juegan cosas muy serias.

La escuela pública genera un tipo de subjetividad particular, al menos en teoría, uno más cercano a la solidaridad y al compromiso, ¿Quién saldría a defender a un colegio de una familia propietaria? Aunque Cobos y rompe huelgas hay en todos en lados. Y hay algo de coerción claro que hay, si estás tomando el colegio reclamando que no se te caiga el techo en la cabeza (al menos en lo explicito) y tenés uno que pide por su profesor en el aula, y encima tiene padre abogado que se presenta en la justicia para denunciar un delito y dice que eso crea las condiciones para los golpes de Estado…(si, vean a Edu que lo lleva) digamos que algo de tensión va a haber.

Es interesante cómo estas cosas suceden sólo porque el tiempo político y del país son propiciatorios. ¿Quién se hubiese imaginado hace algunos años que los imberbes de los secundarios marcarían el camino para que los universitarios tomaran un envión entumecido? Es difícil, en mi experiencia, pasé de un secundario politizado a una desazón terrible de política universitaria. Nunca me sentí representado por los estudiantes- políticos de mi facultad, eso siendo bueno y no contando su longevidad y que nunca los vi estudiar, una linda paradoja de nuestra política. Pero eso es otro fardo.

Cuando la coyuntura favorece, algunas cosas suceden, por eso aparecen por primera vez los testimonios de personas torturadas en la dictadura y que nunca se animaron a hablar y lo hacen ahora no por ser funcionales a un Gobierno sino porque creen que alguien los escuchará realmente. También por eso se toman los colegios, se cortan las rutas –nadie reprime-  y se ganan las calles, porque hay lugar para eso de que nadie hace una (pequeña) revolución pidiendo permiso.

Hace unos días fue mi cumpleaños y mis amigos me regalaron libros. Amigos productos de la escuela y de la universidad pública, de la clase media que se aferra a la soga que pasa por el medio de su sector y que con las mínimas posibilidades que tuvieron hace años, ahora entienden que Carver, Cheever, Arlt, Puig, Mailer y Cohen son excelentes regalos para este repetidor.

Los otros viejos repetidores del país del viento no leerán esto porque ni usan Facebook ni leen blogs, están ocupados viviendo vidas más reales. 
 
 



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¿Y usted?


La tarde anterior me habían regalado “Los siete locos” del inigualable Roberto Arlt –una deuda del corazón-. De nuevo tenía cierto tiempo para matar así que me senté en la calle Chile a dialogar con él, y en la segunda página leí:

“Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón.  Sentíase invisiblemente acorralado. El sol descubría los asquerosos interiores de la calle en declive. Distintos pensamientos bullían en él, tan desemejantes, que el trabajo de clasificarlos le hubiera ocupado muchas horas. Más tarde recordó que ni por un instante se le había ocurrido preguntarse quién podría haberlo denunciado.”

Bajé el libro y sonreí. Pensé en las casualidades, en el ballet cósmico que va tejiendo y destejiéndolo todo. Un rato antes había caminado por la misma calle en el mismo sentido, pero ya el sol no estaba y no todo era tan asqueroso como antes. Los pensamientos en esa caminata habían estado hegemonizados y que yo supiera aun no me habían denunciado.

Salí a la calle a esperar el auto que me pasaría a buscar. Tardó mucho. El policía de la esquina caminaba cada 15 minutos, los extranjeros sin excepción se paseaban desabrigados, los vecinos no se inquietaban con mi presencia, un perro –Rubén dijo que se llamaba su dueña- se me tiró encima y me chupó las manos. Yo dije que era cariñoso. Su dueña asintió ausente, como si hubiese sido una parada para que meara.

La descripción de Arlt tiene 80 años, y si bien estaba en el mismo lugar, no era lo mismo. Podría usar la metáfora del río, si siempre es el mismo a pesar de que sus aguas lo horaden y no nos demos cuenta.  Pero por suerte el mismo lugar es otro, la estasis y la mismidad en las cosas tienen más aroma a cosa muerta y a alienación que a libertad y singularidad.

En estos días de agitación por la votación de la Ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, se escucha mucho el pedido de “todos iguales”. Imposible oponerse a semejante pedido, al cual adhiero fervientemente. Pero las posturas talibanes empobrecen el debate. Plantearlo como una acción de este Gobierno versus la oposición, otro tanto. Si bien cuando se sancione (y se sancionará, será imposible frenarlo a la larga) se anotarán los porotos con cierta justicia por voluntad política, pero el tema es muy complejo.

Las leyes suelen correr de atrás a las prácticas sociales que van constituyendo las subjetividades, marcadas según el tiempo de cada época. Así como ya no existen las grandes histéricas del momento victoriano de Freud, ahora tenemos otros padecimientos que pueden desencadenarse porque alguien no te charla en el Msn.

La distancia entre lo ideal y lo que pasa es infranqueable, entre la ley y lo que sucede de hecho, basta prestar una mínima atención en cualquier momento para saber cuán difíciles son de cumplir, y ese gap es interesante, porque también es resistencia. Yo sugeriría algo de prudencia, la ley va a salir más temprano que tarde, y para mí sería un error caer en el juego dialéctico de la igualdad-desigualdad, es y no es el término, porque el “para todos” es un lugar de alienación peligroso, borrar la individualidad es un gol en contra, no sólo porque es una tarea imposible hacerlo, sino porque todas las personas son únicas y hacen lo que pueden con lo que han hecho de ellos. Su sexualidad es otro accidente más en sus vidas, no hay nada de natural en la sexualidad y no hay garantías de nada, ninguna combinatoria tuerca-tornillo, tornillo-tornillo, tuerca-tuerca (esta tremenda metáfora me parece despreciable pero muy divertida) garantiza nada. Lo que si existen son dos funciones claramente diferenciadas (nunca explicité que estoy hablando de la constitución del psiquismo de un niño) que son la narcisizante y la de corte, usualmente encarnadas por madre y padre, pero al ser funciones pueden ser ejercidas por cualquiera (ti@, abuel@, amig@, Nelson). Estas funciones para que cuanto menos no se constituyan psicosis o perversiones.

Y más, ningún padre puede evitar que su hijo sufra, en la escuela o le dirán gordo o cuatro ojos, narigón o que tiene dos mamás, eso es la vida misma, no es relevante. Importa la posibilidad que la ley de paso a la  inscripción significante. Si vemos algunos de los que se oponen, es muy fácil estar a favor.

Por otro lado y no lo tengo muy claro, estoy pensando en voz alta, creo que flaco favor a la causa hace Pepe Cibrián planteando términos poco válidos de “Pepe o calle”, porque ¿que suponemos? ¿Que tras todo anhelo de matrimonio se esconden personas deseosas de ser padres y madres? Y más aun, ¿personas que desean adoptar? ¿Son los matrimonios homosexuales el remedio para los chicos de la calle? Es confundir los tantos, no sólo porque la mayoría de los chicos en situación de calle tienen padres –lo cual hace súper larga y desgastante una adopción- sino que es suponer (el mismo prejuicio pero de manera invertida) que el matrimonio es para tener hijos –de la manera que sea- y que con amor es suficiente. Cualquiera que se haya atrevido a relacionarse intensamente con alguien sabe que con amor no alcanza, es necesario pero insuficiente.

Antes de cerrar esta perorata y detonar mis explosivos, promuevo la moción para que se prohíba a las madres y/o padres la utilización de la palabra “bebé” sin acento (el BB).

En fin, soplan vientos de justicia y de reflexión. Cada avance en los derechos de las personas es una conquista, un compromiso y una obligación para cuidarlos como sociedad más madura y libre. La imprudencia de pocos puede deslegitimar estos demorados derechos.

Distintos pensamientos bullen en mí, tan desemejantes, que el trabajo de clasificarlos me hubiera ocupado muchas horas. Más tarde recordé que ni por un instante se me había ocurrido preguntarme quién podría haberme denunciado.
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El mapa y el territorio


“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos.” Borges en “Del rigor en la ciencia”

Me levanté en otra ciudad, había tenido una noche difícil para dormir pero me acomodé con el primer saludo del día. Afuera el sol brillaba con fuerza y atemperaba el frío. Tenía por delante un largo día extramuros. La Guía-T (la homofonía me llegó tarde, hasta hace poco sólo tenía una sola lectura) en el bolsillo y los Jayhawks en los oídos. Había mirado dónde tomarme el primero de los colectivos del día, tenía un par de opciones y decidí tomar la más larga pero por calles más familiares, tengo baja tolerancia a errarle el ramal o caminar gratuitamente de más, y no por caminar en sí, que me gusta mucho, sino por sentirme un idiota al ser engañado por mi mismo frente a un mapa.

Presencié el cambio de guardia en la Rosada, recordé aquella gran tapa de un compilado de los Pistols, dudé entre ir al inicio del recorrido del 140 o ir hasta Córdoba. Fui hasta Córdoba, hice el camino más largo pero luego un guiño del destino me devolvió el tiempo: la máquina de los boletos se rompió frente a mis ojos así que no subió más gente, y un viaje de 45 minutos duró apenas 15. El microcentro bursátil capitalino es feo por dónde se lo mire: las ínfimas veredas repletas de gente apurada, las motos y los colectivos que buscan ser tinta roja en los diarios, las callecitas en picada hacia Alem que son usadas por los “genios” de la publicidad.
Luego en aquella oficina de Palermo, entre las tres secretarias no podían formar una persona con capacidades sociales mínimas. Una usaba el teléfono para una averiguación personal sobre una vivienda, para ver cuándo la podía pasar a ver. Las otras dos me miraban molestas porque había preguntado por alguien que no era ninguna de ellas y la hice subir varios pisos a buscar lo que tenía que darme. El único amable era el de seguridad, era coherente.

Tenía casi tres horas muertas hasta la siguiente ocupación. La calle puede ser poco amigable, por suerte existen esos no lugares de tránsito donde dejarse caer a mirar el tiempo. Dicho así suena bien, caminé un rato largo totalmente orientado, ya sin la prisa de tener que llegar, más bien me demoraba. Ya no necesitaba el mapa. Tomé el 106 para acercarme un poco. Paré a comer en una cadena. La gente de las mesas contiguas hablaba sin parar por teléfono como si nadie estuvise a su lado. La chica que estaba a mi izquierda después de lamentarse porque en su trabajo le adeudaban dos meses de sueldo y de regañar a su pareja porque no le había contestado el teléfono después de decirle que se había ido a dormir a su auto por un problema familiar, cuando cortó, rompió en llanto. No se pueden cerrar los oídos como los párpados. Fui comprensivo y no la miré, tampoco ella me dejaba concentrarme en los grafos lacanianos. Me fui.

Una hora y media más para vagar. Caminé por Pueyrredón hasta cerca de la biblioteca nacional, hay una callecitas y pasajes de ensueño. Me detuve en un jardín interno de un palacete donde unos perros eran paseados por alguien que no era su dueño y donde alguien realmente en la calle dormía al sol. Saqué el libro que me había regalado y comencé a hojearlo. Otro de seguridad rondaba sin cesar por ahí cerca, tenía la sensación de que no me quería ahí, pero se me acercaron los perros para que los acariciara y ese gesto lo alejó. Me quité los auriculares como si fuese a hablar con los perros, diez segundos más tarde  no terminaban de decidirse si practicarían o no el mete-saca. Reímos.

Luego el cuarto con las colegas y la vuelta con ellas en el 59. En el centro los volanteros del rubro 59 –oh casualidad- como una epidemia se lanzaban sobre las personas. Hay un gesto y un ruido que los caracteriza: sus vuvuzelas son el golpe en el papel, el golpe que separa un volante del otro. Con maestría de croupier sacan a la luz uno del montón y con dos dedos se anuncian a los potenciales clientes.

Pero no había terminado mi día extramuros. Vuelta a la zona de empedrados y a hacer tiempo en un bar que en su puerta tiene una placa que dice estar protegido por el gobierno. Esa zona en teoría está vacunada contra el progreso edilicio. Ya no necesitaba mapa, conocía el territorio. O creía conocerlo, porque esa distancia ineludible entre lo ideal y lo real, esa no concordancia entre lo representado y la representación está presente más de lo que nos damos cuenta. La cita a Borges muestra la futilidad del intento de apresar lo inapresable. El mapa no es el territorio.

A dos mesas de distancia una pareja se tomaba las manos y se sonreían. A ella se le hacían unas arrugas más suaves que las de las medialunas. Cuando estaba por tomar unas notas me sonó el teléfono, la intemperie daba paso a la casa, el jabón líquido del baño olía mal, tenía que lavármelas de nuevo antes de cartografiar sus lunares.
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Cruel en el cartel


Ayer en la Comisaría del Humor (lugar en el que nos juntamos con los ogros amigos) mientras charlábamos sobre las zonceras más irrelevantes –apasionantes-, y hacíamos los comentarios más improbables sobre diversos temas, modulando nuestras voces como niños, algunas hipótesis e ideas encontraban en el silencio posterior algún asidero.

El silencio no tiene cualidad, uno se lo pone. Entre tanta risa es dificil que surja. Cuando Jimmy Page contó que se había hecho su primera guitarra con sus manos, hubo uno de respeto. El rockumental que nos juntó fue una buena excusa.

Hoy pensaba en otros silencios. Por ejemplo el que provocó el padre de Wanda Taddei hace unos días cuando prácticamente le echaba la culpa a su hija de lo sucedido, contaba sin pudor cómo ella había tenido problemas con las drogas desde que era pequeña, las peleas con su ex marido y con el actual, pero sobre todo dos conductas: cortarle la luz de la casa al baterista de Callejeros sabiendo que el no soportaba estar a oscuras sin entrar en pánico, y hablarle de la madre muerta “cuando se daban” con Vázquez. Silencio, salvo el del muñeco de torta G. Andino que se entusiasmaba oliendo sangre. Nadie se atrevió a decir que ese padre era un tanto extraño.

En otro momento de la noche, le dije a uno que contaba algo sobre una chica, que algunas personas suelen estar sostenidas en la mirada de los otros, y que esa posición de ser adorada puede imposibilitar verlo a el en su situación actual. Hipótesis. Silencios.

Hace unos días pudimos ver la entrevista en la que el ex economista (¿?) Bonelli con su delaruístico tono de voz sometía y juzgaba a la Hiena Barrios, quien en una interesante confesión, dijo que (sea verdad o no) pensó en suicidarse estando detenido, pero que no lo hizo porque sabía que le iban a sacar una foto y de alguna manera se iba a filtrar, y no quería que sus hijos lo vieran de esa manera.

La fuerza de una mirada, tanto que hizo que no se matara, al igual que cuenta Maradona que la mirada de sus hijas lo salvaron, que por ellas decidió intentar vivir un poco más. Como el silencio, la mirada en si no dice nada, hay que revestirla de una condición, de una palabra. Y no es algo insustancial. ¿Acaso no hay miradas que atraviesan?

Roberto Arlt en su aguafuerte (“He visto morir”) cuenta el fusilamiento de Severino di Giovanni, nos dice que cuando lo sientan y lo atan para fusilarlo y le están por poner la venda en los ojos, éste grita:

venda no”. Y continúa:

”Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego! …

Cómo romper las miradas, cómo desviar los silencios, cómo hacerlos hablar. Miradas que sostienen y salvan. Miradas que destruyen. Todo un abanico que depende del timing y que no es sin consecuencias.

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Escuela primaria de delincuencia

"Yo soy del 30, yo soy del 30,
cuando a Yrigoyen lo embalurdaron.
Yo soy del 30, yo soy del 30,
cuando a Carlitos se lo llevaron.
Cuando a Corrientes me la ensancharon,
cuando la vida me hizo sentir.
Yo soy del tiempo que me enseñaron
las madrugadas lo que es sufrir..."

"Yo soy del 30" (Méndez-Troilo)


A continuación les voy a dejar una serie de 4 notas publicadas en 1932 por el gran Roberto Arlt en una de sus columnas del diario El Mundo. En ellas, muestra brutal y sensiblemente el sinsentido del encierro a los que se veían sometidos los menores infractores –infractor no era una categoría de la época-. En aquel entonces, se encontraba vigente (de ¡1919 a 2005! Tuvo vigencia) la Ley de Patronato, o Ley Agote, de corte católico asistencialista que básicamente establecía un sistema tutelar patriarcal donde un Juez tenía total potestad sobre los niños, pudiendo disponer de su encierro para su “protección” si consideraba que ellos estaban en peligro físico o moral –bastante amplio, ¿no?- amontonándolos en edificios junto a delincuentes probados y muchos mayores de edad.

Para no mencionar que todos los que cumplían con esos requisitos para su secuestro eran todos chicos pobres.

Afortunadamente en 2005 (¡86 años después!) se sancionó la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes que los vuelve sujetos plenos de derecho y dejan de ser personitas a medio cocer –al menos para ley y sus derechos-. Los cambios se van sucediendo lentamente, y las implicancias son profundas, sobre todo para pensar cuando se arma el debate sobre la baja de imputabilidad en los menores y su relación con el delito -¿Qué pasó con eso mediáticamente?

Como era su huella, Arlt, el Johnny Cash de los periodistas, conocía la calle, los hampones y truhanes que movían los hilos de la ciudad y manyaba al llamado típico argentino de aquella época, época que yo elegiría sin dudar si pudiera haber elegido en que momento histórico haber nacido, época de mayor ciudadanía donde aun existía la tragedia.

Así que lector perezoso estás advertido, retrocede y vuelve a facebook antes de aburrirte. Lector otro, meta las patas en el maravilloso mundo de la escritura a puñetazos –¡que salía en los diarios!-



Escuela Primaria de Delincuencia

Caminando por la calle Tacuarí, al llegar al 760, se encuentra un edificio pintado de verde obs-curo, con ventanas adornadas de cortinillas blancas y en el frente un letrero que dice Alcaidía Policial. Depósito de Menores.

Si usted lleva una orden de la Jefatura de Policía, se le permite entrar. Lo atiende un señor muy amable, que es el director; o, en su defecto, otro señor tan amable como el director, que es el subdirector.

Este señor, o ambos, o cualquiera de los dos, le pregunta a usted cuál es el objeto de su visita, y si usted le explica que es periodista, resulta casi fatal que ambos, o cada uno por su cuenta, se quejen de los brulotes que les han encajado los periodistas, injustamente, responsabilizán-dolos… Pero no nos anticipemos… o sí, anticipemos. Se quejan, como decía, que se les haga responsables del inmenso desorden, de la espantosa desorganización que rige el mecanismo de esta institución, que a pesar de pertenecer a la policía, está al servicio directo de la delin-cuencia, constituyendo un vivero de criminales futuros.

Pero como conversando se entiende la gente, director, subdirector, ambos a la vez, o cada uno por su cuenta, llegan a demostrarle a usted que ellos no pueden hacer absolutamente nada contra lo que ocurre allí, como no sea mantener un orden aparente y una limpieza efectiva.
La higiene es lo único que puede elogiarse, sin temor a mentir ni exagerar, en el Depósito Poli-cial de Menores.

Los pisos están barridos, las camas arregladas prolijamente, como en un cuartel, los niños en clase. Y aquí pare de contar.



El cocktail del diablo

Entra usted en un aula. En los primeros bancos distingue purretitos de seis o siete años. En-fundados en un uniforme azul, parecen pajaritos. En los últimos bancos se encuentra usted
truculentos pelafustanes de cabeza rapada, cráneo biselado por asimétricas caídas de bóveda, y, como es natural, usted pregunta:

¿Por qué está ese chiquilín aquí?
La madre lo trajo porque no puede tenerlo en su casa.

Perfectamente, ¿y ese grandote?
Por matar a una hija.

¿Y ese otro?
Es un degenerado…

¿Y ese chiquilín?
Robó una botella de vino.

Es el cocktail del diablo. Junto a la criatura, totalmente inocente, encuentra usted al futuro cliente de la silla eléctrica, si aquí existiera una silla eléctrica.

Su acompañante y guía, en ese infierno, le dice, a modo de disculpa:
Aquí nosotros no hacemos nada más que cumplir las órdenes de los jueces. Pero como el local no es apropiado, resulta que no pueden separarse a los menores delincuentes de los que no lo son…

Si usted quiere conversar con los chicos…

Llámelo a ese rubito.
El rubito viene corriendo. Siete años de edad. Ojos con esperanza y asombro. Modosito.
¿Por qué estás vos aquí?
Me trajo mi mamá.
¿Trabaja tu mamá?
Sí, es sirvienta.

Síntesis dramática. La madre del varoncito, tiene además una hija menor a éste. La dueña de casa donde la sirvienta trabaja, permite a su criada que lleve a la nena; al varón no porque los chicos dan muchas molestias. ¿Qué podía hacer la sirvienta? ¿Quedar agradecida de que le dejaran acompañarse de la nena y buscar un lugar seguro donde depositar a su chico? Alguien le indicó el Defensor de Menores. Y el Defensor de Menores… ha resuelto tranquilamente el problema, enviando a la criatura a un depósito de menores delincuentes, muchos de los cuales son degenerados por sus ocho costados. Pero, la madre ignora semejantes lindezas. Y es posi-ble que el Defensor del Menores también diga que las ignora… Y entonces aquí no ha ocurrido nada. Todos somos inocentes y este planeta es el mejor de los mundos.

Se sienta el rubito, y llamo a un grandote simpático, de diez y siete años de edad. Viene rápi-damente hacia mí, sonriéndome como si yo fuera su hermano o su padre, y pudiera resolverle un problema dificultoso.

¿Por qué estás aquí, vos?
Por haber robado doscientos cinco pesos.
No está mal para empezar. (Sonrisa de agradecimiento.) ¿Y para qué querías ese vento?
Me guiñó un ojo, con toda confianza, y dice:
Era para asaltar al pagador de Agronomía, ¿sabe? Yo tenía todos los datos.
Pero m hijo… El pagador se iba a resistir. ¿Qué hubieras hecho vos?
Y, entonces lo hubiera tenido que matar. ¿No le parece?

Se expresa con tanta naturalidad y sencillez, y sus ideas son tan claras para él mismo, que uno termina por aceptar que, en efecto, es natural que el ciudadano se despachara al pagador de Agronomía, si éste se resistía…

Bajamos. En un patio, un chico sumamente simpático que se cuadra cuando pasamos frente a él.
Y este mocito tan simpático, ¿por qué está aquí?
Condenado a quince años de presidio.
¡Quince años!
Sí, es Ricardo Reyes, que el 1 de enero mató a una vieja a puñaladas.
¿Qué edad tiene?
Diez y siete años. (Continuaré mañana)

[El Mundo, 26 de septiembre de 1932]



Escuela Primaria de Delincuencia (Segunda parte)

¿Quiere visitar la enfermería del Depósito, señor?
Cómo no.
Me acompaña el maestro de los chicos delincuentes. En la enfermería, una criatura tuberculo-sa. La salivadera con manchas de sangre. Seguimos adelante. Un muchacho de diez y seis años en otra cama. Boca fina, labios sinuosos: un enfermo distinguido.

¿Quién es Ud.? ¿Por qué está aquí?
Por matar vigilantes, con mi auto.
Se trata de un niño bien. Manía de la velocidad. La familia paseando en Europa y él, por distra-erse del aburrimiento, atropellando con su voiturette a cuanto infeliz se le ponía por delante. A disposición del Juez de Menores. Alguien me informa:
Además de asesinar gente con su auto, es clínicamente un depravado.

Salimos. En el patio un mocosito:
¿Y vos…?
Por robar una bicicleta.

Es extraordinaria la cantidad de chicos que se encuentran en el Depósito de la calle Tacuarí por robar bicicletas. En una visita anterior encontré a una criatura de siete años detenida por robar una botella de vino. Hay otros, en cambio, que están detenidos por nada.

No conocen al Juez

La primera anormalidad que salta a la vista en las declaraciones de los chicos detenidos, evi-dencia que éstos no conocen al Juez que entiende en su causa, no conocen al Defensor, ni conocen a nadie, como no ser a sus maestros y los celadores que no tienen el conocimiento científico necesario para desempeñar tales funciones.

Lo menos que se le ocurre a una persona sensata es que el Juez o el Defensor debía conocer a los pequeños presos en su jurisdicción, conocer de inmediato la calidad moral del detenido, cerciorarse por sus propios ojos que no se ha cometido una injusticia o una monstruosidad al encerrar a un pequeño entre delincuentes, pero no ocurre tal. La mayoría de las respuestas de los chicos revela que el Juez o el Asesor tramitan dichos asuntos por oficio, menos por el cono-cimiento directo con el damnificado.

Y es entonces cuando del conjunto de este mecanismo se desprende la más descomunal falta de lógica y congruencia que puede pretenderse que encierre un sistema preventivo y penal.

La policía, el juez o el diablo, encierran a los chicos en el infierno de la Alcaidía para librarlos de la perniciosa vagancia y de las amistades delictuosas que pueden contraer en la calle…

La intención es ingenuamente buena… Pero el caso es que para librarlo al chico de las amista-des delictuosas se le encierra precisamente entre delincuentes de todas las calañas, entre de-generados de las variaciones clínicas más diferenciadas y entonces la evidencia salta con mayúsculas espantosas:

LA JUSTICIA ESTÁ FABRICANDO DELINCUENTES CON CRIATURAS QUE NO TIENEN ABSOLUTA-MENTE NADA DE DELINCUENTES.


Los mayores depravan a los menores

Mayores y menores conviven en el comedor y en los dormitorios en una promiscuidad de eda-des que sugiere lo que en el artículo de un periódico no se puede decir al público.
Importa poco que la criatura albergada en el Depósito haya sido alojada allí por pedido de su madre. Alternará, comerá codo con codo, jugará con el otro detenido acusado de cualquier delito, con experiencias que le comunicará en el trato diario.

Si el niño ingresó allí inocente, saldrá pervertido. Si tenía residuos morales, esos vestigios serán anulados por sus compañeros. El mayor presiona sobre el menor con toda la intensidad de su perversión específica. No es suficiente la vigilancia de los celadores, ni de los maestros. Las cosas ocurren allí como en cualquier establecimiento penitenciario. Luego los maestros se asombran, y le dicen al visitante, moviendo patéticamente la cabeza:

El noventa por ciento de los que ingresan al Depósito de Menores vuelven… vuelven acusados de delitos más graves…

Lo bueno sería que no reingresaran y menos con acusaciones efectivas. La primera detención en el Depósito ha sido lo suficiente poderosa para pudrirles formalmente. Allí aprende las artes del robo, de la simulación, de la astucia. Para un chico que vive entre delincuentes lo terrible sería no adquirir la capacidad de delinquir que evidencian los mayores, ¡y qué mayores!

Allí se alojó Cocuccio, el famoso menor jefe de una banda de minores asaltantes y asesinos. Los pequeños lo mirarían con la misma admiración con que nosotros hemos admirado a Firpo o a Justo Suárez. Y pretender que un chico no admire a un delincuente, es pedirle peras al ol-mo.

Tanto admiran a los delincuentes que voy a citar un caso que me narró un profesor:
En el Depósito se permitía la entrada de revistas policiales. Una noche los chicos prepararon un fuga espectacular partiéndole la cabeza a un sereno y levantando el alambre, Interrogados, respondieron que habían aprendido la táctica de fuga en la revista policial.

[El Mundo, 27 de septiembre de 1932]



Escuela Primaria de Delincuencia (Tercera parte)


¿Qué dicen los maestros de los menores delincuentes? Es interesarte escuchar sus opiniones, pues ellos revelan un desaliento profundo frente al desorden que rige el mecanismo de De-pósito de Menores, y las instituciones en relación con él.

Nosotros no podemos hacer nada en favor de estas criaturas, mientras que la justicia amonto-ne en un mismo establecimiento aulas, dormitorios y comedores, al chico honesto con el cri-minal nato, a la criatura traviesa e inocente con el degenerado y el perverso. Las clases que abarcan desde primero a quinto grado carecen en absoluto de eficacia. Lo que los chicos aprenden es nulo, y sólo se deciden a estudiar algo cuando se les interesa diciéndoles que el juez pondrá en libertad a los que demuestran condiciones para el estudio. Algunos son men-talmente tan atrasados que su verdadero lugar sería en un Instituto de Retardados Mentales. A este caso voy a contar una anécdota:

El maestro se encuentra dando clase de historia. Llama a un chico acusado de hurto y que es-taba distraído, para preguntarle:

¿Quién fue San Martín?
No sé, señor. Yo no estoy complicado en ese asunto.


Se aburren

Los chicos se aburren desesperadamente. Las cuatro paredes del Depósito no son de lo más adecuado para hacer bailar de alegría a nadie. Y menos a una criatura separada de su familia.

Hasta hace cinco años la disciplina era rigidísima. Se les castigaba corporalmente. La entrada de maestros jóvenes hizo cambiar el sistema. Me atengo a informaciones de ellos.

Actualmente no se les pega. Se les aburre con tres horas en clase. Y las tres horas de clase tie-nen la finalidad de evitar que los mayores, en el recreo y las horas libres, se entretengan en pervertir a los menores.

Delincuentes, niños sin padres o sin tutores responsables, contraen allí en el Depósito la nece-saria amistad para que el día que salgan a la calle no tengan mucho trabajo para buscar un cómplice. Se perfeccionan en el delito sin que maestros o celadores se hagan la menor ilusión respecto a las posibilidades de reforma de aquéllos.

Nosotros me dice un maestro necesitaríamos un establecimiento grande, con divisiones para menores que nunca han delinquido y para aquellos que están acusados en primer grado. Ne-cesitaríamos un laboratorio de psicología experimental… porque muchos menores, que noso-tros, por experiencia, clasificamos como anormales, los médicos de tribunales, de una sola ojeada, los clasifican de normales. Se evidencias las contradicciones más monstruosas entre el juicio de un médico, de un juez y de un maestro de menores. Las conclusiones son las siguien-tes: el chico es enviado de un establecimiento a otro, en el noventa por ciento de los casos, sin el menor criterio científico.


Nadie tiene la culpa

Y allí, ¡nadie tiene la culpa!

La policía se lava las manos, diciendo que ellos no tienen la alcaidía para refugio de menores sin hogar. Los maestros se disculpan, observando, y con razón, que todo aquello que les pue-den enseñar a los chicos es anulado por los mayores delincuentes que conviven en el conjunto. El director del establecimiento, a su vez, arguye que el edificio es pequeño y que él no puede hacer milagros; la justicia pretexta detener a las criaturas para librarlas del contagio de la de-lincuencia callejera; el juez de menores y los defensores, no sé de qué modo se justifican; los médicos, que aseguran que un menor es un degenerado cuando no lo es, y que no lo es cuan-do lo es, como afirman los maestros prácticos en esto de analizar a los chicos…

Se ha llegado al colmo de lo irrisorio, y las contradicciones son ya tan monstruosas que la única conclusión que se desprende del examen de ellas, es la siguiente:

Nuestra sociedad, con o sin culpa, está fabricando delincuentes. Y los jueces lo saben. No pue-den ignorarlo; están en la obligación de no ignorarlo.

El depósito de menores es un antro de corrupción. Sin tino, sin el menor escrúpulo moral, se encierra en él a criaturas cuyas travesuras interpretadas maliciosamente pueden ser clasifica-das como delictuosas. Se toma como pretexto para fabricar menores delincuentes el hecho de que sus padres no pueden atender a sus necesidades en una forma correcta. Y para corregir un pequeño mal, se crea un mal mayor. Infinitamente mayor.

Lo dicen los maestros: Aquellos que entran al Depósito, salen; pero vuelven…

Lo antinatural sería que no volvieran, con los técnicos en delincuencia que están allí confinados pero con libertad para darles, a los que las ignoran, cátedras de robo, de vicio y de crimen.


Se aburre uno


Me dice un detenido de 16 años:
Se aburre aquí uno.
¡Cómo no se van a aburrir! Ni talleres para enseñarles alguna profesión hay allí.
Para salvar las apariencias se han instalado clases, que por otra parte tienen la ventaja de evi-tar que los encerrados conviertan la casa en un infierno. Eso es todo lo que se ha hecho por ellos. Nada más.

Lo más grave del caso es que artículos como el que el autor escribe, tienen la ventaja de remo-ver el avispero pero durante algunos días. Luego todo vuelve a su curso normal, si es normal que un establecimiento policial tenga la directa inmediata función de fabricar chicos, la mayor parte traviesos, criminales futuros.

[El Mundo, 28 de septiembre de 1932]


Escuela Primaria de Delincuencia (Fin)

Con esta nota doy fin a las impresiones que he recibido de mi visita al Depósito de Menores Abandonados y Delincuentes, de la calle Tacuarí.

De lo que he escrito anteriormente, se desprende que la institución es un desastre. No llena ningún fin, como no sea engrosar las filas de la futura delincuencia.

El visitante inexperto encontrará allí chicos de todas las edades, uniformados con un traje azul, aulas limpias, dormitorios en orden y camas bien tendidas. Y nada más. Bajo esta apariencia de orden y de limpieza, camouflage eterno de todas las instituciones inútiles, se oculta el cáncer de una amenaza social:

Todo chico que en un momento de estupidez cometa una travesura peligrosa está amenazado por la justicia (que se propone corregirlo) de ser encerrado allí, para que allí, en vez de corre-girse, se eche definitivamente a perder.


Quiénes son los culpables

¿Quiénes son los culpables de este desastre?
Los padres. Muchos menores son hijos de hogares constituidos irregularmente. No puede in-culparse a un menor de no tener padre o madre, ni de carecer de ese indispensable sentido moral necesario para convivir en la comunidad.

¿La policía?

La policía se limita a proceder de acuerdo a instrucciones previas. Cuando un menor delinque, la función de la policía es colocar a este menor bajo la jurisdicción de un juez, para que el juez lo juzgue.

Llegamos entonces a los jueces.

¿Son culpables los jueces?
Creo que son los únicos culpables, y son doblemente culpables porque no existiendo una juris-prudencia adecuada respecto al menor, ni instituciones que encierren en su funcionamiento una garantía severa para salvar al menor, actúan frente a éste con más crueldad, por omisión, que ante los mayores de edad.

Un análisis simple:

En el Departamento de Policía, los cuadros de detenidos están divididos de acuerdo a un crite-rio simple, pero aceptable, incluso para los mismos detenidos. A un acusado sin antecedentes no se lo encierra jamás en el cuadro quinto entre profesionales de la delincuencia.

¿Por qué no se procede con el mismo criterio respecto a los menores? ¿Por qué se encierra al chico acusado por vagancia en el mismo local donde se encuentran menores cuya peligrosidad es infinitamente superior? ¿Por qué se aloja al niño cuya madre no puede mantenerlo en el mismo establecimiento donde el degenerado, el ladrón o el asesino conviven en armoniosa amistad?

Saltan a la vista lo que pueden contestar los jueces:

Nosotros no tenemos locales adecuados.

Frente a tal contestación no cabe sino otra:
Si no tienen locales adecuados, técnicos educadores adecuados, no priven de su libertad a un menor y menos para encerrarlo en una escuela de delincuentes.

La monstruosidad que se revela en este procedimiento, escalofría; sobre todo si se la contem-pla en el interior del mismo Depósito.

Encerrar a un chico porque ha robado una botella de vino o no ha devuelto la bicicleta que había alquilado, en compañía de otro menor que psíquicamente es un delincuente nato o un degenerado, es un contrasentido que no tiene nombre.

Y más contrasentido lo es si se considera que jueces, maestros, directores de establecimientos de esta naturaleza, NO CREEN EN LA EFICACIA DEL PROCEDIMIENTO.
Y como nadie cree…

Y llegamos al fin.

Como los maestros no creen que sus lecciones puedan reformar a un chico, ni los jueces tam-poco lo creen, ni los celadores, ni nadie, nos encontramos en presencia de un mecanismo in-útil, que funciona porque sí, entre el pesimismo de aquéllos que debían estar dedicando todas sus energías a la solución del problema, porque para ello el Estado les paga.

Unos se inculpan a los otros, y todos, a su vez, reposando en la convicción de que nada pueden hacer, dejan que el mecanismo del Depósito trabaje naturalmente; y la función natural de este Depósito de Menores es destruir cuanto poco bueno puede tener un menor que cae allí aden-tro.
Y este terrible desorden se ha prolongado a todas las instituciones de menores. Ni una sola llena las funciones para las que ha sido creada. El escepticismo de los de arriba ha reflejado en
los de abajo, y la preocupación de todos estos funcionarios casi perfectamente inútiles, es una sola: no ser atacados por los periódicos. El resto les interesa escasamente.

Y como todo se contagia, a nuestra vez, nosotros los periodistas, que encaramos semejantes problemas, tenemos la íntima convicción de que toda campaña contra estas instituciones es perfectamente inútil. Durante dos o tres días las gentes comentan las anomalías que el diario les ha revelado, luego se olvidan. Nada se hace en favor de los menores. Y el terrible problema quedará en el aire hasta que venga otro que escriba estas notas… y la gente vuelva a olvidarse.

[El Mundo, 29 de septiembre de 1932]
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Y que los eunucos bufen


Y que los eunucos bufen

Por Roberto Arlt

"Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene qué decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones le produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias. Para hacer estilo, son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en salones de sociedad. (...)
El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

El porvenir es triunfalmente nuestro.


Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero... Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El amor brujo y aparecerá en Agosto del año 1932.
Y que el futuro diga."


Estos extractos pertenecen al prólogo del genial Roberto Arlt a su libro Los Lanzallamas. Creo encontrar ahí, una preciosa síntesis de algunas ideas de la modernidad. Recuerdo que cuando leí la frase “El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo” tuve que poner el libro sobre mi pecho y sonreír. No podía estar más de acuerdo.

Esta introducción viene como prólogo de algunas ideas que ahora se me aparecen inconexas y que trataré de ver si pueden relacionarse sin forzarlas mucho. Me gusta esa idea de texto a descubrir.

El viernes pasado salió en nota de tapa del Suple Si de Clarín a Banda de Turistas, los prematuramente llamados a ser “la nueva gran cosa” del rock argentino. Si bien el disco debut tiene algunas canciones interesantes, el foco fue hecho en que se los mezcló un productor internacional con cierto renombre. Su nuevo disco –llamado “el retorno”- fue mezclado por un ingeniero de los estudios Abbey Road.

¿Se puede usar un poco de marxismo para leer algunas cuestiones ligadas al rock y a estos niños bien aunque pueda parecer excesivo? Si. Sólo –aquellos que hayan leído- piensen en las condiciones materiales de existencia. Copio partes de la cronista y declaraciones de ellos:

Viernes, 11 horas.
La cita es en la puerta del Sheraton frente a la Estación. Están los cinco + un amigo grandote que se ocupa de monitorear el recorrido hasta Maquinista Savio, donde está la casa de Bruno.

La idea de la nota era hacer una parte en tren hacia Maquinista Salvio. Amigo grandote = seguridad.

Viernes, 14 horas.
“…Llama la atención la dinámica de grupo entre los cinco. ¡Hasta completan las frases unos de otros! Lo cierto es que ellos dicen que ninguno quiere sobresalir. Y a las pruebas se remiten.”


Si, hasta que haya que firmar en Sadaic.

–¿Qué hacen para contrarrestar el efecto "Victoria Mil", que tienen consenso de banda- que-está-buena y nunca son masivos?
Pato: –Tratamos de que haya una bajada popular en las letras.
Tucán: –Y ser accesibles para todo el mundo.
Luis: –Hay niveles en los que la gente puede ir accediendo a nuestra música, pero la idea es que haya un primer nivel.


Primer nivel. Más transparente imposible. La gente es idiota, para ser masivos hay que darles basura, según entienden sus pares.

– ¿Cómo se despegan del cliché de la imagen de rockero?
Bruno: –Es un verso de una generación de hace cuarenta años. Así como no tenemos frontman, menos compramos esas boludeces.
Pato: –Ni los delirios del rock'n'roll. Estamos viviendo en una época post Pomelo.
Tucán: –Es un hecho cultural. Llega la parodia y se destruye.


Y esta declaración la saqué de otra nota, mucho más importante en Página 12:

¿Niños prodigio? “Niño prodigio se cree Charly García, y así le va.

Y esta de otra menor:

No tenemos ideología: ni antisistema ni prosistema, no hay ideales que podemos defraudar"

Oh juventud divino tesoro. Vayan al colegio.

La ideología no es una abstracción filosófica, está ahí circulando y más fuerte que nunca. A contramano de lo que se piensa o se hace pensar, ésta es una época de fuertes ideologías. Algunos utilizan -sin saberlo- la así llamada posmodernidad y se ponen bajo ese paraguas-bolsa-de-gatos con el que se trata de racionalizar –que es una razón a medias- un momento en el estado de cosas del mundo del rock.

Están muy bien las nuevas tecnologías, el avance –no progreso- es inevitable y ciertamente no democrático. El medio periodístico está en tensión entre las bandas históricas y masivas de la escena y un afán por lo nuevo, muchas veces desmesurado tratando de encontrar el diamante en el barro. Una opción también es resignarse y esperar.

Durante estos días hemos estado hablando con los ogros amigos y nos hemos dado cuenta que lisa y llanamente estamos de un lado de la vereda, más cercano al de la vieja escuela, métodos viejos, romanticismos cuasi reaccionarios. No nos caen simpáticas las hipérboles a bandas sin recorrido, con un puñado de shows, algunas sin discos, pero bueno, la vieja escuela tiene esa parte de viejo cascarrabia y la acepto. Me gustan las bandas que antes de interesarles dar entrevistas se preocupan por grabar un disco y tocar y tocar y tocar.

De todas maneras, creo que la situación es insoluble, al menos para mí o por ahora, el negocio de la música enfatiza más la primera palabra. Banda de Turistas acaba de firmar con Popart, la gran compañía nacional, incluso algunas de La Plata están por firmar o han firmado recientemente con multinacionales y todas sus etiquetas y poses encuentran su otoño. No estoy hablando de talento, estoy más cerca de hablar de poder respaldarse en vivo en sus shows, algo básico.

Todas las palabras pensadas, los maniqueísmos aprendidos, las imágenes con photoshop, los myspace muy lindos; dicen en apariencia. La era del vacío, si, algunas veces. La prepotencia del trabajo, pocas.


Para los que resistieron esta perorata hasta acá, cito al amigo Zizek en una entrevista en la tv:

“Digamos que tenés un buen padre chapado a la antigua, es domingo a la tarde, tenés que visitar a la abuela, el viejo padre autoritario te diría: escuchame, no me importa cómo te sentís –si sos un chico pequeño, claro- vas a ir y te vas a portar bien.
Está bien, no te podes resistir, no se rompe nada.

Pero digamos que tenemos al así llamado padre posmoderno tolerante, lo que el te dirá es lo siguiente: sabés cuánto te ama tu abuela, pero aun así, solo tenes que visitarla si realmente querés. Ahora, todo chico que no sea idiota –y no lo son- sabe que esta aparente libertad de elección secretamente contiene una orden aun más fuerte, no solo tenes que visitar a tu abuela, sino que te tiene que gustar.

Este es un ejemplo de cómo la aparente tolerancia, las decisiones, conllevan una orden mucho más fuerte.

-¿entonces que? ¿Hay que volver al papá que dice: “porque yo lo digo”?

-absolutamente, es más honesto."



Café descafeinado, azúcar sin azúcar, sexo seguro –sexo sin sexo-, guerra sin muertos, chocolates laxantes, un escenario en apariencia despolitizado, la ideología funcionando a toda máquina y las bandas en la encerrona de las contradicciones de la (des)honestidad intelectual y del corazón.
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