El río sin orillas



Pasé mucho tiempo mirando al río, semi absorto. Un rio manso de aguas turbias, casi como las del Paraná. Metí mis pies en el y aun podía verme los dedos. Del otro lado a unos 500 metros se erigía la orilla de la isla no apta para un desembarco, inabordable por sus árboles.  Tuve el impulso –y el recuerdo- de zambullirme y nadar hasta ella. Doce años atrás nadaba hasta catorce veces esa distancia por día. Aunque sea arrastrándome tenía que llegar.

Tanteé mis bolsillos: celular, billetera, llaves, todo demasiado real en forma de ancla. Ese brazo parecía tranquilo, unos metros arriba se intuían unas zonas de pozos, de corrientes internas que son las que ayudan a ahogar a los intrépidos nadadores. Me dije que al día siguiente lo haría. Regresé a la silla donde lo había estado contemplando con asombro, no era un río bravo, frío y cristalino como los que había domado junto a amigos en la patagonia, era un barro lento y enigmático que me recordó una película de Herzog.

Volví a los cuentos de Felisberto Hernández: 3 consecutivos donde un pianista es el protagonista. Un nadador y ese pianista no tienen nada que ver, con excepción de que hay que juntar bien los dedos para avanzar.

Dejé el libro a un costado y recordé ese plaqueta sobre el muelle de Colonia donde están grabados en el bronce los nombres de los locos – lector ayúdeme con un adjetivo más apropiado, si es que existe- que cruzaron a nado Colonia-Buenos Aires y temblé. Arrojarse a esa inmensidad es arrojarse a una promesa, o ser arrojado por una.

Todo había ocurrido sin decir palabra. Ella, sospechando mis mudas polifonías, mis soliloquios, me interpeló con una mirada: le pregunté si al día siguiente me sacaría una foto en el medio del río. Dijo que si.

10 comentarios:

Axel | 27 de enero de 2012, 19:23

De chico miraba Tom Sawyer y flasheaba a colores cada vez que se tiraba al río y nadaba. Buen relato :-)

Anónimo | 28 de enero de 2012, 1:14

eso es amor! ni mas, ni menos.

Joakkin | 28 de enero de 2012, 6:48

Dejé el libro a un costado y recordé ese plaqueta sobre el muelle de Colonia donde están grabados en el bronce los nombres de los enajenados– otro lector ayúdeme con un adjetivo más apropiado, si es que existe- que cruzaron a nado Colonia-Buenos Aires y temblé.

Siempre me cuelgo contemplando el mar, que es donde los ríos se ahogan. Aunque no podría nadar ni el Arroyo del Gato abrazado a Michael Phelps. Siempre un gusto leer acá. Salut!

flor | 28 de enero de 2012, 8:14

saer. siempre, saer.

Anónimo | 28 de enero de 2012, 18:17

muy lindo leerte...y es asi saer, desde la vuelta completa en adelante.

Lisandro | 29 de enero de 2012, 10:43

Axel: Tom Sayer es fundamental para todo niño, no?

Jkk: el mar es otra cosa, más asesino.

gracias a los demás!

Ivnmks | 31 de enero de 2012, 4:44

Curiosamente y desde muy chico, siempre le tuve mas miedo a las orillas que a los ríos. De los lagos siempre me paralizó su profundidad promedio y sentir tamaña inmensidad debajo al cruzarlos.

Back to the U-NA-DE.

Abrazo

Lisandro | 31 de enero de 2012, 4:51

quizás no sea tan curioso: sin orillas no hay río, no?
los lagos están muertos. Para pensar.
UNADE NOT DEAD

Jimena | 31 de enero de 2012, 5:28

Poesía. Muy bello.

Nico | 6 de febrero de 2013, 11:43

Muy real y preciso.
Gracias!

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