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Los muertos se mueren de sed

Todo tiempo pasado, represión mediante, fue mejor. Toda vez que un hilo se cortó, siempre fue por lo más fino. Cada vez que el Estado parpadeó, muchos murieron.
 Cuando un servicio público está en manos privadas, se crea una tensión lógica entre el departamento contable y la calidad del servicio a prestar. En las paredes de las empresas privadas, sin demonizar, se lee: “rentabilidad”. Hay que problematizar si los servicios públicos deben estar en manos privadas o estatales. Sabemos con  sobrada evidencia, que en todas las dependencias estatales hay personas que nos defraudan –si, en un múltiple sentido de la palabra-. Pero no se trata de eso.
Los accidentes existen, los “olvidos” por parte del Estado son imperdonables.  Suele suceder en una lógica de hacer las cosas, que hasta que los hechos no se agravan, nadie realmente se preocupa. Correr detrás de los desastres es un síntoma  de no haber estado. Cuando pasan cosas como las del tren de Once, el Estado/Gobierno siempre es el responsable, no importa que esté tercerizado.  De donde el Estado se retira, alguien sufrirá.
Así como no se puede respetar a nadie que nunca sintió vergüenza de sí mismo, tampoco se puede respetar a aquél que solamente se queja. Es una gran complejidad. El Estado se retiró de los trenes en los 90, pero este gobierno los sigue subsidiando. Los que viajamos todos los días en el trasporte público capitalino (porque recordemos eso, oh porteñocentrismo miope, esto es algo que pasó en una ciudad, no en el país) en hora pico sabemos que es una odisea.
El hecho de haber abandonado el medio de transporte masivo más eficaz, barato, ecológico y puntual que existe ha redundado en el crecimiento y beneficio (interesado  o no, cada uno tendrá su opinión) del transporte terrestre. ¿Y qué campera asoma detrás de ese medio? La de Hugo. Cuando un sector de la industria, del país, de lo que sea, se vuelve demasiado poderoso, se comienza a preguntar por qué no podría seguir avanzando en sus potestades, si ya que está...
En los meses pasados asistimos a esa tensión de estos gremios con el Gobierno. Y sea como sea, valga un subrayado: nadie rebaje a lágrima o reproche nunca a estos actores, son ellos los que le pararon al riojano, son ellos los que, cuando usted trabajador se sienta más solo que Felipe Solá en el día de la Lealtad, pedirá la ayuda de un gremio.
Buá (diría Magdalena RG), preguntas: ¿Qué hace Sobrero en los programas de chimentos de la mañana? ¿Qué hacen los hijos de puta de siempre causando disturbios en Once cuando la familia del chico que buscaban pedía calma? ¿Qué hace TBA culpando al motorman? ¿Qué hace el gobierno que no sale raudamente a abrazarlos a todos? Porque recordemos que el sistema presidencialista es un sistema paternalista, inconscientemente son un eco de mamá y papá que protegen, y cuando pasa una tragedia, la culpa es de ellos, no de nosotros que aun somos jóvenes de la democracia. Esa es una manera de ver las cosas. En esa línea, si nadie se hace cargo inmediatamente se genera el espacio para que, de manera vil, el sentido común diga presente y lance la idea de que puede pasar cualquier cosa, que nadie nos protege, que todo vale. ¡Y no es verdad! no pasan estas cosas todos los días, aunque si suele pasarle más seguido a quienes ocupan los lugares del olvido. Y eso sin dudas no es producto del azar: pregúntenle al barrio de Once.
Quiero y no quiero seguir escribiendo sobre este tema, me contradigo mientras pienso, lo dejaría en borrador, hago algo que jamás hago: releo y edito, suavizo opiniones, maldigo. Preferiría hablarlo para el intercambio, para el diálogo como método de conocimiento, para tener otras voces en vivo. El pensamiento se fortalece en su ejercicio, y el pensamiento también es acción. Pero también hay que ponerle el cuerpo, estoy harto de aquellos que nunca pisaron una calle para reclamar por derechos y mientras toman y comen cosas light sentados frente a sus computadoras se indignan, estoy harto de aquellos que nunca sintieron el terror del olvido del Estado y señalan con el dedo sin proponer una idea que construya, mientras se deprimen por no poder comprarse algo. 

No se debería respetar a nadie que no se haya creído equivocado y haya tratado de remediarlo. El mundo es tan bello como horroroso, sépanlo.




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El río sin orillas



Pasé mucho tiempo mirando al río, semi absorto. Un rio manso de aguas turbias, casi como las del Paraná. Metí mis pies en el y aun podía verme los dedos. Del otro lado a unos 500 metros se erigía la orilla de la isla no apta para un desembarco, inabordable por sus árboles.  Tuve el impulso –y el recuerdo- de zambullirme y nadar hasta ella. Doce años atrás nadaba hasta catorce veces esa distancia por día. Aunque sea arrastrándome tenía que llegar.

Tanteé mis bolsillos: celular, billetera, llaves, todo demasiado real en forma de ancla. Ese brazo parecía tranquilo, unos metros arriba se intuían unas zonas de pozos, de corrientes internas que son las que ayudan a ahogar a los intrépidos nadadores. Me dije que al día siguiente lo haría. Regresé a la silla donde lo había estado contemplando con asombro, no era un río bravo, frío y cristalino como los que había domado junto a amigos en la patagonia, era un barro lento y enigmático que me recordó una película de Herzog.

Volví a los cuentos de Felisberto Hernández: 3 consecutivos donde un pianista es el protagonista. Un nadador y ese pianista no tienen nada que ver, con excepción de que hay que juntar bien los dedos para avanzar.

Dejé el libro a un costado y recordé ese plaqueta sobre el muelle de Colonia donde están grabados en el bronce los nombres de los locos – lector ayúdeme con un adjetivo más apropiado, si es que existe- que cruzaron a nado Colonia-Buenos Aires y temblé. Arrojarse a esa inmensidad es arrojarse a una promesa, o ser arrojado por una.

Todo había ocurrido sin decir palabra. Ella, sospechando mis mudas polifonías, mis soliloquios, me interpeló con una mirada: le pregunté si al día siguiente me sacaría una foto en el medio del río. Dijo que si.
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La fuga hacia el futuro

Hay en el campo argentino una antigua ley contra el cuatrerismo que dice que se puede matar un cordero por hambre pero que el cuero debe dejarse colgado en el alambrado.

Acaricio la hipótesis de que el asesino decidido siempre deja huellas. En cambio los imprudentes, los vacilantes suelen, debido a su vacilación, generar escenarios más complejos, menos probables, más enigmáticos.

Gracias a la historia, hay que probar la culpabilidad de alguien, y no su inocencia. Entonces, a pesar de las herramientas criminológicas, periciales y similares, puede que dos personas estén en la misma habitación, una reciba un tiro en la cara y la otra quede libre (en la libertad que otorgan los hombres). Puede que alguien salga diciendo que otra se cayó, se golpeó en la cabeza y se murió. Pero puede que alguien se quiebre y dé otra información y ¡oh sorpresa!, tenía 5 tiros en la cabeza. Luego de un tiempo, se los encuentra culpables por la mitad.

Del nuevo barredicio platense poco se sabe: parece que el karateca, aunque todo así lo indicara y todos lo quisieran, no hay pruebas suficientes para colgarlo de la antorcha de Ypf.

Pero todo asesinato, como buen relato pasible de ser (re)construido, tiene sus vértices legibles, sus zonas de neblinas y sus detonantes. Por ejemplo: si uno fue capo de la SIDE de la mano Duhalde, obviamente tiene –al menos- un arma. Y como dice el dicho popular, a las armas las carga el Diablo. Puede ser, pero las usan los hombres. Como semi patagónico sé que en toda chacra hay armas. pero ¿Qué es lo desencadena –triggers, en inglés tiene más fuerza- que dos personas en medio de una discusión, una deba sacar como intermediario a un arma? Eso mis estimados, nunca lo sabremos. Sólo lo sabe quien quedó vivo, y por culpa de su inexperiente forma de asesinar, nos privará de eso tan deseado (y no necesario para la ley) para los humanos que son los motivos. Quizás su aparato psíquico ya haya echado el barro del olvido sobre lo que pasó, quizás la teoría traumática entre a los medios de comunicación en breve (teoría que por otra parte Freud desechó como causal de la neurosis a principios de 1900. Pero eso no viene tan al caso) y tengamos que fumarnosla. O no. Esta vez parece que ya tienen construidos los hechos “como realmente sucedieron”. El poder es performativo, el poder puede impone una verdad, luego esa verdad serán los hechos (aunque no hayan sucedido).

“Sabemos” que Heyn se ahorcó en un juego masturbatorio letal, duro como la cara de Corach, en medio de un viaje oficial junto a la presidenta. El sentido común, que tiene la forma de un círculo deseoso de cerrarse, pide respuestas a por qué lo hizo, ¡justo ahí, en viaje oficial! Bueno, no lo sabremos. O si, el goce desregulado tiene a Tánatos tatuado en el brazo.

El que mata por (algún) hambre, deja su señal en el alambrado, el que se mata se fuga hacia el futuro, el nóvel asesino hunde a los espectadores en las conjeturas y espera vacilante las voces de la Justicia. 
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La casa

"partío llorando la Antíope famosa, y los coraceros partieron bramando de coraje. Cuadros invisibles hasta entonces por la altura en la que habian sido ubicados o porque el desarrollo de la escalera los aislaba de las luces eléctricas, surgieron súbitamente como si los hubieran  pescado en un mar oscuro y todavia chorrearan sombras. Pasaron, veloces, con sus desvestidas muejres gritonas, con sus ovejas, con sus companarios, con sus árabes que juraban venganza.”
 
La Casa. Manuel Mujica Láinez
 
Leí el comienzo, decía: “Soy vieja, revieja. Tengo sesenta y ocho años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día”. Volví una página hacia atrás y leí una cita a T.S. Eliot y un poema de sus Cuatro Cuartetos, libro que leí con esfuerzo y alegría en su edición bilingüe hace unos años. Indicios suficientes para comprar “La casa” de Manuel Mujica Laínez.

Comencé a leerlo y efectivamente, quien narra la historia es una casa. Y si, se está muriendo. La casa queda en la calle Florida y la historia sucede entre fines de 1880 y mediados de 1930. Cómo contar sin contar es algo que me he preguntado varias veces,  mi ignorancia sobre crítica literaria me permite seguir haciéndolo.
Obviamente la casa habla. Y no sólo habla, sino que es omnisciente. Un caserón francés con decenas de habitaciones y moradores que tempranamente nos cuenta que fue testigo de un fratricidio. La casa tiene memoria y siente. La casa es la fantasía animista hecha de ladrillo relleno, no de los huecos que vienen ahora.
 
La casa también es un tratado sobre arte y arquitectura. Pero sobre todo, la casa es una cronista muy aguda. Es un elefante gigante que sabe y que no puede decir ni influir sobre sus habitantes. La casa puede hablar con sus estatuas, con sus cuadros, con sus tapices. Es conmovedor escucharlos gritarles impotentes a sus habitantes, advertirlos de peligros, de traiciones.

Luego de esa muerte, un día el asesinado regresa entre el coro de cuadros que lo anunciaban. Ahí ella se da cuenta que ya había otra presencia viviendo en la casa y no pertenecía al mundo de los vivos. Lo veía, pero como todos, no lo comprendía. Yo sabía que las casas viven (las escuchamos a la noche cuando dormimos), son sitios mucho más amigables para los fantasmas que los departamentos, en las casas pueden vivir  faunos y palmeras en el patio. 

La casa ante su inminente final, recuerda. Reescribe con su relato los días cuando fue hermosa y deseada, cuando tuvo vida en su vientre y fue todo lo que pudo. Ahora que tiene el dolor de ya no ser y que los albañiles prenden el fuego con sus alfombras, estoy leyendo  más lentamente. Me quedan pocas páginas, y a contramano del apuro de concluir, como la casa, lo demoro.

Huelga decir que estoy sugestionado por la novela, es perturbador el paradójico placer que puede producir el azar. Todos los días camino por esa calle Florida e imagino que la casa al lado de la Richmond es ella.
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El artista

"There's a solitary man crying, "Hold me."
It's only because he's a-lonely
If the keeper of time runs slowly
He won't be alive for long!
"

The card cheat. The Clash


Había llegado un rato antes a esa esquina de la calle Cerviño. Ya el calor comenzaba a azotar Buenos Aires como lo hace en Enero.  El hombro humedecido por una de las tiras de la mochila. Me senté en la vereda a esperar. Vi pasar al hijo sin talento de una reconocida actriz (cuyo homónimo hace poner de pie a todos los letrados) que se había olvidado su campera rosa chicle furioso en una herboristería –asumí-. A pesar del sopor y el incipiente malhumor que crecía en mi después de una intensa jornada laboral, me pude regocijar por unos instantes porque yo sabía algo sobre él, que el no.
Duró poco y volví al calor. ¿Cuántos días habré pasado sentado en el cordón de una vereda? Ese asiento me era familiar. Arriba, una música que aun no se ha inventado salía por las ventanas. Mientras tanto, pensaba en cómo había tardado tanto en tomar para leer Operación Masacre, y en cómo Walsh había llegado antes que Capote y que Mailer, y cómo yo había llegado antes que ella.

Subimos. No pude avanzar más allá del distribuidor. Unas piernas nos habían saludado y alguien se acercó a hablarle. Aproveché  y me retiré un metro para no tener que interactuar. Las miradas que barrían la entrada –y que chocaban con la mía- nos ubicaron con naturalidad a cada uno en el lugar que cree debe ocupar. Noté que los pantalones de varios hombres no tenían bolsillos, ellos notaron que yo llevaba una mochila grande y desgastada, yo noté que habían estado trabajando horas en sus cabellos y en su vello facial, y ellos que yo no –tanto-. De repente esta pregunta me ocupó toda la mente: “¿Qué hizo esta gente durante el día?” eran las 7 y media de la tarde y al menos yo, había puesto en marcha el modo Iorio: “a mi el chaqueño no me sirve, los Nocheros… no me sirven”.

Bajé a esperar al cordón. Los fusilados de José León Suárez corrían en dirección al coqueto hospital en el que meses atrás me habían dado un derivado de morfina porque no podía caminar del dolor.
Ella bajó enseguida, por suerte se había dado cuenta que era todo una gran pavada. Como entendió Arthur Cravan en 1914: “dentro de poco sólo se verán artistas por la calle y será dificilisimo encontrar un hombre”. Vivir para recortarse un bigote me sabe a poco, vivir para ver vivir a los otros, menos.
Aquí debería comenzar una reflexión trasnochada acerca del arte, del arte que se produce desde y reproduce para los sectores que apuestan al dólar, un arte endogámico. Pero no lo haré, no porque no quiera, sino porque no se y prefiero marcar el lugar del golpe.

En alguna casa en este momento (y en todos) alguien se angustia porque sabe que está solo y no quiere comer, en otro lado alguien –con razón- se burla de esto (y de esto), y mientras hablamos y somos parte de esta ficción, los muertos se mueren de sed.

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Néstor (II)



Lo real no puede ser capturado de manera total por las palabras, por lo simbólico. Hay un excedente –que por suerte- da lugar a los malos entendidos, a la imposibilidad de comunicarse, a que los otros sean en el fondo siempre algo ajeno e incomprensible para nosotros. Lo real se impone con la fuerza de cachetada, pero habitamos en lo real y lo transformamos en realidad, en nuestras vidas. Gracias a esto los psicólogos siempre tendremos trabajo, pero eso es otro cantar. 

A veces las personas necesitan juntarse para poder tramitar ese primer sin-sentido que es la muerte, lo pueden hacer en una plaza o en cualquier lado. Hace un año varios de nosotros fuimos a la de Mayo para ayudarnos junto a otros, para llorar junto a otros. La muerte, ese puerto enigmático, en soledad contamina, en compañía hace el trago menos sólido. 

No hay que hacerse demasiado los cancheros, los rituales de pasaje tienen una razón de ser, pregúntenle si no a quienes no han podido enterrar a sus muertos. 

Recuerdo el día de su asunción en 2003, gritando como un gol cuando se tiró hacia la gente y al rato se cortó la frente. El tipo tenía algo, una vitalidad, una energía (término impreciso que no me gusta usar pero creo que en él se aplica) que contagiaba más allá de lo que luego diría y haría. Hay cosas que suceden en el registro de las sensaciones que no se pueden poner en palabras. De ahí hacia adelante, para muchos, es historia conocida. 

Estoy teniendo un diálogo interno sobre si repetir algunas cosas o no, pero si vuelven debe ser además de que no tengo muchas ideas, de que algún peso mayor deben tener, y este tipo a pesar de que fue muy verticalista en su toma de decisiones, siempre lo hizo para quienes más lo necesitaban. Y esto es insoportable para parte de la sociedad, ¿cómo soportar que un camionero gane lo mismo que un jefe de una empresa mediana tirando a grande? Un camionero, alguien que recoge la basura gana lo que nunca podré ganar y no me importa. Si hay gente que tiene cada vez más futuro y más derechos, yo me alegro por mi país. 

Los que estamos cerca de los 30 –para arriba, para abajo- hemos visto  quizás a la última generación (nuestros padres) que pudo tener su “ascenso social” de clase baja-media baja a media a través de la educación universitaria, y podemos sentir en el cuerpo lo que le pasa al país y entender a quienes están más desprotegidos. Yo recordaré siempre las lágrimas de mi madre no sólo en Diciembre del 2001, sino cada vez que la injusticia golpeaba al pueblo trabajador, y ese eco del sentir y de entender que donde el Estado cerró los ojos, hay alguien que está sufriendo.  Agradezco a la vilipendiada educación pública por haber ayudado a entender esto. 

Hace unos días le decía a un amigo que se quejaba por las idioteces que cantaban unas nuevas bandas indies, que cantaban/hablaban de eso porque nunca habían tenido miedo. Él, que había vivido en carne propia el vértigo de no saber si estaría vivo el mes siguiente, lo entendió perfectamente. 

Ayer leí una frase de Silvia Bleichmar que decía: “A veces bromeo y digo que la única razón para tener un hijo es para no morir de amor propio”. Y bueno, también se pueden tener hijos simbólicos: las luchas por un país más justo, por unos ideales, por dignidad. Porque toda persona, por más mínimo que sea, que sienta que ha recuperado un poco de su dignidad, significa que aún no está derrotado, que en sus propios términos entiende que vale la pena vivir por algo. 

Y eso es uno de los legados de Néstor, y si no, que se lo cuenten a estos tipos con cascos.

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Pensar junto a otros


Ya se ha dicho aquí, lo insoportable es estar a merced del capricho del Otro. Y cuando este Otro tiene la representatividad de un 54% del electorado, la posibilidad del hartazgo, de sentirse títere en un juego del que no se quiso formar parte, que no le divierte y no eligió, sienta las bases para campañas y malestares que ya han visto pulular no sólo en medios, sino en cualquier persona que rechace este Gobierno. “Que son campanas de palo las razones de los pobres” decía el Martín Fierro. Hay quienes no están de acuerdo con el rumbo que está tomando este país (los que se informan), otros no están de acuerdo con los modos de liderazgo, con el aire de autosuficiencia de la excelsa oratoria de Cristina, se enervan ante los casos “evidentes” –pero aun no probados- de corrupción, del estilo de Moreno, de las camperas de cuero de los Moyanos, etc.

Existe una tarea muy ardua que es saber deslindar prejuicios , sensaciones, de argumentos. La posibilidad de diálogo fructífero se realiza bajo un pleno reconocimiento del otro como par, como un igual al que se respeta y llegado el caso, puede ser un adversario de ideas, de cosmovisiones. Ya sabemos adónde se puede llegar si no se entiende que el otro, aunque radicalmente distinto, es un compañero de existencia. El problema es sonar aleccionador o como portador de La Verdad. Tan sólo es una verdad entre otras, tan simple y tan difícil de llevar a cabo.

Este 54% obviamente no es homogéneo, sabemos que la coyuntura favorable ha atraído algunos votos volátiles, habrá que ver cómo se establece la relación con ellos, aunque es apresurado hablar de eso, es un tema para por lo menos las legislativas próximas.

Flaco favor hacen a bajar la irritabilidad los comentarios de quienes se están subiendo al caballo cuando todavía no saben qué es un caballo, que come, dónde vive. Y no es por una falsa modestia, al contrario, evitar flancos –aunque endebles- de ataque es toda una virtud estratégica. Asi como durante este año el Gobierno hizo un poco la plancha y no desató grandes frentes de conflictos (como fueron la ley de matrimonio igualitario y la de medios) para no desgastarse, aunque uno lleve un pequeño talibán en su ser, no hay que caer en la trampa no sólo discursiva sino real, ya que como todos sabrán, en una discusión entre dos donde uno grita y otro no, aunque tenga razón, un jurado de sentido común le daría la derecha al que mantuvo la calma. 

Marcelo Bielsa ha dicho alguna vez que él hace los cambios en su equipo cuando gana, bueno, si esto en algún punto es un partido, y existen momentos más propicios que otros para realizar cambios, es éste, la victoria requiere de una hidalguía y de una sinceridad proporcional a la de la derrota, con la diferencia no menor que es detentar el poder de tomar decisiones efectivas. Después de Diciembre: minería, glaciares, aborto, retenciones, Iglesia, salud pública, gestión cultural, inflación, algunos puntos que se me ocurren que hay avanzar.

Ha pasado algo en los últimos años que se comprende por qué es irritante: ya no se puede ser neutral, ya no es bien visto no tomar -aunque sea un poco- partido, decir qué se piensa sobre distintos temas, y eso es un fenómeno que ha posibilitado este proceso, una de las tantas visibilizaciones conseguidas.
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Ya habrá tiempo para dormir

Ayer mientras estaba en la Plaza de Mayo trataba de imaginarme –sin suerte- el momento en que Cristina estuviese a punto de dormirse, de apagar de la luz, sus hijos durmiendo en otras habitaciones, ella rodeada por la multitudinaria presencia de su ausencia y con la obligación de conciliar el sueño. ¿Cómo dormirse después de haber sido la protagonista de la consagración electoral más contundente que recuerde la democracia? (No sólo por el caudal propio, sino por la diferencia con el segundo), ¿De dónde sacar las fuerzas para levantarse al día siguiente? Esa es una pregunta que muchos nos hemos hecho cualquier día de nuestras vidas a partir de los –digamos- 17 años. Ella ayer dio algunas de sus respuestas en la plaza, como los jugadores de fútbol veteranos que vuelven luego de haber logrado grandes cosas a retirarse a su club de origen: los mueve la gloria.
Y esta gloria en este caso es profundizar el camino que se ha comenzado a recorrer desde 2003, pero sobre todo, dejarlo lo suficientemente fuerte para que funcione más allá de ella y de algunos pilares de su estructura. La apuesta es afianzar la máquina y que aunque sea  casi imposible, dependa cada vez menos de nombres propios (ahí está por ejemplo otro debate que se podría dar: presidencialismo o parlamento, pero bueno, de a una cosa por vez, primero desfinanciar un poco a la Iglesia).

Pensar que uno a veces se siente abrumado por responsabilidades o por el cansancio, ¿cómo debe ser tener encima  los ojos amorosos de más de la mitad del electorado nacional?
Este proceso ha revitalizado al país en su multiplicidad de sentidos: económico, material, simbólico, desmilitarizó la palabra “patria”, creó las condiciones del crecimiento y de la multiplicidad de voces, limpió la idea de que toda política es necesariamente sucia y hasta permitió que la Izquierda creciera un poco. Porque no nos engañemos, este crecimiento de la Izquierda se debe en gran parte a este Gobierno, que desenmascaró a quienes representan al pasado, a quienes representan los intereses neoliberales de la ganancia, de la empresa, de sálvese quien pueda y en esa maniobra también posibilitó el escenario para que la nobleza –algo ingenua- de la Izquierda fuera visible. Y la Izquierda tiene un plan de gobierno, así como el Socialismo, se los puede y debe reconocer como compañeros de ruta en la construcción del país y escucharlos y hacerlos partícipes, sobre todo ahora que habrá mayoría en ambas cámaras. Con esto no digo que a los radicales y los del PJ disidente –o lo que sea- no haya que tenerlos en cuenta, eso está descontado a esta altura de la edad política del país, pero lo que si hay que hacer es no dejar pasar ninguna, con esa mesura un día alguien te levanta la voz, al siguiente te aprieta el brazo y al tercero te da con un palo en la cabeza. Todo debe ser bajo la luz de las ideas y las propuestas, el país de la obstrucción debe ser enterrado.
En este sentido, un párrafo para tres personajes que han dañado (e intentado más) la institucionalidad democrática: Cobos, Carrió y Duhalde. Del primero no quedará nada, será la sombra entre las sombras y retornará a su profesión matriculada, ya no le queda aval ni en su provincia. De la segunda, bueno, pasó de sacar el 23% de los votos en las anteriores elecciones a este menos del 2%. No amerita ningún comentario, sólo una sonrisa burlona Y al tercero: Batán

Supongo (y espero) que pronto Cristina podrá volver a decir “Néstor”. Todavía está cumpliendo su duelo. Está registrado que en algunas tribus existía un miedo atávico de mencionar el  nombre del muerto para evitar desgracias, para no perturbarlos en su camino hacia el mundo de los muertos, así como en algunas religiones no se menciona al Creador en vano. (Que los antropólogos nos den letra.) El nombre es mucho más que una palabra. 

Dejo este hotel rosarino, voy a caminar antes de ocuparme, ya  no me pregunto cómo hizo para levantarse hoy porque la respuesta está fuera de ella: hay millones que todavía la necesitan.

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El pasado

Cuando un padre llega al punto de gritarle a un hijo para que le haga caso, denuncia su impotencia. Cuando un padre con tan solo mirarlo lo pone en su lugar, sabe que tiene –momentáneamente- la batalla ganada. Es la diferencia crucial entre pretender ser y representar la ley. “Porque yo te lo digo, porque yo soy tu padre” tiene el carácter de lo autoevidente para el padre, pero a los ojos de quien es ubicado, intuye que  allí hay algo que no termina de cerrarle. Eso se aprende muy rápido, todos hemos pasado por esos ribetes de uno y de otro (algunos) lado del mostrador.

Muchas veces toqué el tema del padre en el blog (al menos acá, acá y acá) y este domingo de elecciones tenemos un caso emblemático de un candidato que a pesar de haber intentado ponerse el saco de su padre, éste le ha quedado grande. El hábito no hace al monje.

Se sabe que ganará frenando Cristina, pero no por cuánto y con qué porcentaje, eso es interesante para todo el mapa político a corto y mediano plazo. Desde ya tenemos que estar advertidos de los próximos problemas que habrá que resolver, y éstos vendrán del frente interno, los problemas del crecimiento también existen, y gran parte creo que los  traerán los que se subieron al carro hace poco. Ahí tendrá que estar la muñeca. 

Cristina ha hecho un evidente esfuerzo por despegarse de la liturgia peronista, de que el aparato se invisibilice un poco. Su campaña para la reelección fue invocando casos puntuales, reales, con el mínimo indispensable de maquillaje que exigen los cánones para salir en televisión. Cualquiera que pregunte por esos casos  podrá ir a corroborarlos. La prepotencia de trabajo. Lo real se impone a la realidad.

Pero este parlamento comenzó con la alusión a Ricardito. Vemos en uno de sus spots televisivos que le habla directamente a Cristina, que en teoría le dice lo que nadie se atreve a decirle, y que frenará el –inexistente- intento de reforma constitucional para que imponga la reelección indefinida, que no va a dejar que malgaste la plata a los argentinos, en definitiva que no va a dejar que se adueñe del país. “Con todo respeto, no le creo nada”. Su prueba es la fe. Ajám. Unimos este spot con el anterior donde se lo ve agitando  el brazo y nos preguntamos: ¿Cómo hará Ricardito para frenar todo eso? Para frenar acciones se necesita ejercer algún tipo de fuerza, ¿no? Algo de poder, al menos simbólico. ¿Cuál sería la fuerza de esta vetusta UCR? ¿Cómo reaccionaría Cristina ante la mirada de Ricardito? “buá” diría la crispada de Ruiz Guiñazú. A éste no le queda ni el honor –ese que tanto exprimen e invocan en vano desde su seno- de reconocer que esta presidenta homenajeó en vida a su padre con total justicia, esta pobre versión de un político que se alió con el colorado para ver si así podía conseguir un alguito más.

Hoy hay una certeza de dónde está el pasado, dónde el presente y dónde el futuro, quizás como nunca antes. Pero sobre todo, quiénes lo representan. La política ha vuelto al centro del ring y cada vez más la coyuntura presiona para que cada uno deje sentada su posición. Ya decir que no te importa la política si tenés más de 20 años te relega al mismo lugar que decir que no te importa la música.

Una breve cita a un texto (“producción de subjetividad y constitución del psiquismo) de la gran Silvia Bleichmar:

“Sabemos que es muy discutible que las formas de la moral tengan carácter universal. Y una ilusión que hemos debido abandonar, y que tuvo mucha preeminencia en el ejercicio del psicoanálisis de la segunda mitad del siglo XX fue la convicción de que alguien que aparentemente era un inmoral, en realidad tenia reprimida la culpa o se defendía de una angustia extrema, cuando el tiempo nos ha demostrado que esto bien puede no ser así –al menos, ni culpa ni vergüenza parecen existir en estar reprimido ni producir síntomas en tantos sujetos que hemos visto desfilar por la historia argentina de los últimos treinta años.

Por otra parte, estos mismos sujetos se pueden melancolizar si pierden el dinero o el poder, dando cuenta que su escala de valores está regida por otros enunciados que aquellos que nos constituyen. Sin embargo, más allá de esto, es indudable que las condiciones de existencia de una sociedad no se proyectan hacia el futuro sin una cierta universalización ética, que opera como imperativo categórico para el universo de sujetos que engloba”
.

El viernes un padre (de verdad, no de spot) me contó orgulloso -con los ojos húmedos- que ahora cuatro de sus seis hijos tienen netbooks gracias a que permanecen en la escuela y que ellos están muy contentos,  que ahora tiene una preocupación nueva, la de ver qué compañía de internet le conviene contratar.

Falta mucho –menos-, pero si hay cada vez más personas que pueden asomar un poco la cabeza  desde el  olvido al que habían sido confinados, no hay dudas de quiénes tienen gran parte de la responsabilidad y de cuál es el camino a transitar. "buá", todo esto dependiendo de cómo entiende usted (y su corazón) a quien no es como usted. 
 


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El impresentable

Se habrá topado usted lector con un alguien al que habrá calificado lisa y llanamente de impresentable. ¿Cómo no se da cuenta? Se preguntará mientras contempla absorto al sujeto ese desempeñarse en su desajuste social.

Al estar en presencia de un Impresentable podemos sufrir (no estamos a resguardo de ser vistos como tal) al menos dos efectos: uno sería el de vergüenza ajena e inacción: trampa mortal, doble castigo por dejarnos someter por ese amigo de tu amigo que recién conocés y te abre la heladera. O el dueño de la casa que alquilaste legalmente y se instala unos días de visita porque si, porque puede. Pero puede también porque lo dejan. Si quien detecta a un Impresentable se la deja pasar, bien podría designarse de la misma manera por su conciencia. En este caso el saber popular tiene asidero: el que calla…

El otro sería tomar al Impresentable por las astas y tratar de ubicarlo. Sabemos por experiencia que una caracteristica de los Impresentables es una tozudez envidiable, una crapulenta persistencia en ser. Por lo tanto nuestras prédicas pueden caer –y caerán- en saco roto, pero al menos podremos estar aliviados que lo intentamos.

Hay tantas verdades como palabras en estos líneas. La verdad propia, la conocida, la ignorada que nos corre. ¿De qué estará hecha la verdad del Impresentable? Seguramente de algo muy distinta de aquel que la sufre. Pero a veces tenemos raptos y pescamos la particularidad. Si el inconsciente está en la superficie y se presenta como latigazo, como ruptura, pensemos que el Impresentable presenta su impresentabilitud con transparencia,  tras su primer saludo podemos ver sus rasgos.

A veces no es fácil transmitir qué cosa de alguien es lo que lo hace Impresentable, pero si estás con tu amigo o parroquiano, se sabrá con una mirada. Si resistimos, si podemos sentarnos a la sombra del espíritu freudiano (que está compuesto entre otras cosas por esperar, ver, leer, escuchar y deshacer antes de hacer) nos haremos una panzada con el Impresentable.

Es fácil moverse entre lo conocido, es más, la inmensa mayoría sólo quiere moverse en el camino arbolado, la ruta que como perro se recorre con los ojos entrecerrados. En cambio, entréguese a un Innombrable, mirelo a los ojos, atemoricelo, reduzca los pasos de distancia y apoye el cañon sobre su hígado, verá cómo se reconforta.

O al menos, escriba (O haga un plano) como yo en una servilleta mientras un Impresentable trama en su guarida su siguiente fechoría, usted que ya vivió lo suficiente como para dejar de preguntarse tan seguido por qué teme lo que alguna vez deseó. 
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