Contra todos los males del mundo
Sería el año 99, el clima en mi casa era irrespirable. Mi mamá, quizás la profesional más respetada de la ciudad en su ámbito, estaba sin un mango. Teníamos dos autos porque vivíamos lejos de todo. Había uno en el taller y patriarcado mediante, el que andaba lo usaba el pater familias. La prole, transporte público y dedo. Ni siquiera dedo, porque algo muy hermoso de esa otra vida, de ese otro tiempo era que con solo acercarte a la ruta, alguien te reconocía y te subía, especialmente si estabas con ella. Un día se fue en bondi a Neuquén en esas 2 horas sándwich entre el almuerzo y la continuación de la jornada laboral para pagar no sé que cosas. De regreso me trajo de regalo “La Biblia” de Vox Dei. Yo amaba la música, pero en ese momento me pareció un regalo pésimo, como si no conociera mis gustos. Recuerdo agradecí pero sin ganas, como cuando te regalan una billetera y vos querías el barco de playmobil. La adolescencia, la era de la ingratitud.
“¿Por qué te salvan, niño del río?
Es que quizás no debas morir
¿Por qué te salvan?, niño del río
Es que quizás debas vivir.”
Dar lo que no se tiene repiten los estudiantes de psicología. Instante de ver,
tiempo de comprender, momento de concluir decimos los recibidos. Trasvasamiento
libidinal. ¡Pum!
No hay vacuna más poderosa que transmitir las ganas de vivir. Tomar el privado y mesiánico deseo por la vida y darle eco en la eternidad. La desvelada idea de que cuando me necesites ahí estaré. Con una canción, con un olor, con un abrazo, con una sensación, con la temporal certeza de un lugar seguro.
Qué invento espectacular la idea de Dios.
