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¿Un sentimiento prestado?


Los pasajes de avión, sacados con tiempo, me salen lo mismo que los de colectivo. Miles de kilómetros. Es ridículo, no tiene razón de ser esa equivalencia. 16 horas en un lado contra hora cuarenta del otro. Tomé el Costera en La Plata (“la” para los puristas), llevaba mi mochila con mi computadora y una valija de esas con rueditas demasiado grande para lo que llevaba dentro. Los transeúntes odian el ruido de las rueditas al frotarse contra las baldosas. Éramos sólo tres en el micro. Tenía tiempo y me indignaba la idea de pagar 30 pesos por un taxi una vez en Capital. El 45 era el camino. Bajé en Retiro y caminé hacia la parada, le pregunté a un panchero dónde paraba, estaba a unos pocos metros, los mapas son sencillos de seguir.

Llegué a la parada y no bien me dispuse a esperar fui abordado por dos muchachos de esos que encarnan el estereotipo del gorrita que te va a robar. Yo por mi lado seguramente encarnaba el del perejil al que algo le van a sacar. Seguro me veían como ese pichón que ve el tipo que lo tima en la feria a Homero junto a su hijo. Uno, estrábico, pocos dientes y haciéndose el cojonudo se me acercó y me pidió una moneda. Le dije que no, se acercó más, el otro a su izquierda, un poco más lejos cubría mi costado izquierdo. Le di un peso que sabía que tenía en el bolsillo. Me pidió más, dijo que su amigo (yo también lo era) recién se había levantado, que querían comprarse un pancho, le dije que tenía que viajar en colectivo, que necesitaba las monedas. Entonces con razón me pidió un billete. Miré a mi derecha y otras dos personas que también esperaban el 45 miraban para otro lado, indicando claramente que llegado el caso, no moverían un dedo.

La primera duda que había encontrado el amigo en mi reacción se había disipado, me había sacado el primer peso y no contento con eso, quería más. Su amigo le decía que se fueran, que ya estaba bien, pero no, el muchacho me miraba y se me acercó más y yo en lugar de retroceder me le acerqué también. Recordé a mi hermano hablando sobre comportamiento no verbal y de acciones que desencadenan las peleas. Traté de no ser “irrespetuoso”, le di otro peso y le dije que no le iba a dar nada más. Me volvió a pedir y yo a pesar de estar consciente de mi computadora, de mi equipaje, de mi indignación por tener cara de perejil, ese paso adelante y ese mirar al amigo y mirarlo a los ojos rompió la situación.

En el instante posterior pensé en todo lo que pienso, en la vulnerabilidad social, en que el problema está en la desigualdad, y en cómo uno puede llegar a poner el culo contra la pared por cosas materiales y en qué se yo. Durante el episodio que no fue un robo, me vi peleándome contra el que me apuraba, intuí que por cómo estaba no podría aguantar más que un golpe. Pero si yo alguna vez le pego a alguien estoy frito, ¿Qué podría esperar de los otros? La teoría encuentra su límite cuando hay que ponerle el cuerpo.

Finalmente el viaje me salió $3.25, diez veces más barato que el taxi, casi tres más que lo que sale el bondi. La moraleja podría ser que uno tiene que pagar cuando tiene que pagar, si no paga donde debe hacerlo, luego paga de más. Y no me refiere al dinero, que también es una forma de pagar. Me refiero a las decisiones, a hacer lo que uno tiene que hacer (¡nada más difícil!) sabiendo que no hay garantías sobre una acertada. Sólo después en retrospectiva quizás podremos saberlo, pero en el momento es el ejemplo –retoma- da Lacan sobre la bolsa o la vida. Si elijo la bolsa, pierdo ambas, si elijo la vida, pierdo la bolsa, pero me queda la vida, aunque cercenada.

No tiene solución, apenas la puede tener en la fantasía, pero uno de tanto pensarlo, pensarlo y pensarlo decide sin decidir, y buen día se despierta y se da cuenta de que se está haciendo un poco tarde. Yo entregué la pequeña bolsa, pagué con otras cosas que no fueron dinero, el no querer haber pagado un taxi, y salió más caro, porque en carne viva alguien no aceptó mi respuesta y me hizo decidir. La indignación fue más que algo de plata, hasta el punto de fantasear cagarlo a trompadas pero no porque tenía la mochila y la valija que me ataban a un mundo, sino porque lo estaba haciendo con la persona equivocada. Mi cara de gil a sus ojos, la paloma de la feria.

Luego en el viaje –no del 45- mientras leía “El acoso de las fantasías” de Slavoj Zizek, me encontré con esto:

“toda pertenencia a una sociedad involucra un punto paradójico en el cual al sujeto se le pide que acepte libremente, como el resultado de su propia elección, lo que le será de todos modos impuesto (todos debemos amar a nuestra patria, a nuestros padres…). Esta paradoja de elección (elegir libremente) de lo que es necesario, de fingir (mantener las apariencias) de que hay una libertad de elección aunque en realidad no haya tal, es estrictamente codependiente de la noción del gesto vacío, un gesto –una oferta- que está destinada a ser rechazada: lo que ofrece el gesto vacío es la posibilidad de elegir lo imposible, lo que invariablemente no ocurrirá… []¿Y no es parte de nuestros usos cotidianos algo similar?... []… imaginemos una situación más mundana: cuando, tras una feroz competencia con mi mejor amigo por un ascenso en el trabajo, gano, lo correcto es que me ofrezca retirarme para que el pueda recibirlo, y lo correcto para él es rechazar la oferta .de este modo, quizá, nuestra amistad pueda salvarse… lo que tenemos aquí es un intercambio simbólico en su forma más pura: un gesto hecho para ser rechazado; al final estamos nuevamente donde empezamos, el resultado de la operación no es cero, sino una clara ganancia para ambas partes, el pacto de la solidaridad.

Desde luego el problema es ¿qué pasa si la persona a quien se le hace el ofrecimiento para que lo rechace acepta? ¿Qué pasa si , tras ser vencido por mi amigo en la competencia, acepto su oferta de recibir el ascenso en su lugar? Una situación como ésta es propiamente catastrófica: causa la desintegración de la apariencia (de libertad de elección) que forma parte del orden social –sin embargo, puesto que, en este nivel, las cosas son en cierto modo lo que parecen, esta desintegración de la apariencia equivale a la desintegración de la sustancia social misma, la disolución del lazo social.”


Yo, que nunca me peleé de grande, consideré hacerlo con estos pibes y creo que eso fue lo que paradójicamente descomprimió la situación. No esperaban que un rubiecito se les plantara como un igual, seguramente con su pinta nadie los debe tratar como iguales. Y me espanto de pensar algunas cosas que pensé y de no encontrar las palabras que no me hagan sonar discriminador o careta. Dignidad. Respeto por el otro. Si alguien ha sido tratado como una basura, como deshecho toda su vida, lo más probable es que entienda a los demás de la misma manera, avance sin límites y no le importe casi nada. La inclusión es parte de la respuesta. La posibilidad de mayores grados para decidir aunque sepamos del gesto vacío. La posibilidad de no elegir entre morir de hambre y ser muerto de un tiro por un estatal.

La protección de (todos) los derechos de todos, ese ideal irrenunciable de la igualdad, que incluye que alguien esté dispuesto a cagarte a trompadas si te pasás de vivo.
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Canto a mi mismo


"Lo que puede ser dicho, hay que decirlo claramente, y de lo que no se puede hablar hay que callar" Wittgenstein.

Empiezo pidiendo disculpas por hacerles ver esta cara acá a la izquierda.

Como algunos sabrán, hace unos días la editorial Planeta organizó junto al autor del best seller veraniego-panfletero anti k llamado “El dueño” una conferencia donde además de volver a hablar sobre el libro que lleva vendidos más de 200 mil ejemplares, luego se discutiría sobre periodismo de investigación. En la mesa, entre otros, también estaban el soporífero de Fontevecchia, cuyas preguntas en su Diario Perfil son más largas que las respuestas de sus entrevistados y Locomotora Castro (el de “el ex presidente en funciones”).

Narciso, en su absorta contemplación de su imagen cayó de bruces y se murió. ¿Qué necesidad tenía Majul de invitar a Victor Hugo a su mesa sabiendo que lo iba destrozar? Lo que dijo VH: hacer cualquier cosa por el rating, por vender libros, por congraciarse entre los periodistas establecidos de los grandes medios. Majul dice no necesitar el reconocimiento de la academia, de los hombres prestigiosos, sino que la cantidad de libros vendidos son suficientes, todos los veraneantes que lo compraron son la prueba más fuerte. Pero vamos, parafraseando al actor cómico Horacio Pagani y a la lobotomizada vedette Karina Jelinek,seamos buenos entre nosotros”, esa gente no “pertenece a la generación de leer libros”. Pobre Majul, el reconocimiento sólo lo tiene en plata, pobre, no sabe de Hegel (¿Heller?).

Fuego amigo es el oxímoron que usan los yankis para referirse a los soldados propios que matan en cumplimiento de sus misiones. Algo de eso tuvo Majul al invitar a VH a esa mesa para autocongraciarse. Pueden ver en el video un resumen de lo sucedido, lo que me exime de comentarlo demasiado. Notemos el momento en que Majul responde a las críticas de VH: en su posición de estrella del momento; lo que intentó como primera reacción fue desprestigiar a VH, rebajarlo diciendo que él solamente era un relator de fútbol y no era un apasionado de los datos (Majul lee a Popper y a Wittgenstein, si si) para poder fundamentar lo que decía.

Hay todo un margen para discutir si ese era el lugar o no para que VH hiciera lo que hizo. VH no para de hacer gala de su libertad, de su independencia (que como dije sobre el indie, está siempre al final y no al comienzo) que produce tanto admiración como rechazo, llegando a los límites de lo obsceno. Quizás su atractivo resida en su posición de extranjero interno dentro del mundillo periodístico, su aura de no depender de nadie. Pero sólo dentro del televisor y en la radio, porque sabemos que el que se pone en portavoz de lo que muchos piensan en ámbitos más íntimos, como un grupo de amigos, siempre será marcado como el desubicado.

VH es el mejor relator de fútbol que he escuchado en mi vida, tiene una veta artística (y no justamente la melosa hasta el hartazgo de la que solía ufanarse en esa media hora que se cruzaba al aire con Ruiz Guiñazú; recreando la concepción burguesa de cultura) en un oficio que no es artístico que es muy difícil de conseguir.

Hace algunos años le escribí un extemporáneo, sesudo y sentido mail agradeciéndole por su relato del gol a los ingleses, relato que como perro de Pavlov me hace lagrimear todas las veces que lo veo, sin excepción. Me respondió emocionado. Ese intercambio epistolar lo perdí en otra computadora, Majul no podría creerme. Y con razón, porque más allá de que yo quiera a uno y a otro no y eso vicie lo que digo, me parece ver dos profesionales muy diferentes, pero coinciden en que cada vez es más evidente qué cosas defienden, tengo la esperanza de que perlitas como éstas –el altercado- vayan echando luz sobre los tipos peligrosos que hay en los medios, que llegan a límites insospechados como dar explicaciones psicológicas sobre las conductas de un par.

Algunos no pueden ir a través del espejo.




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Días de radio


“Sólo por amor a los desesperados conservamos aún la esperanza” Walter Benjamin


Cuando llegué a La Plata para estudiar allá por el 2000 adquirí un hábito que hasta ese entonces sólo hacía eventualmente con un amigo y para reírnos, que es/fue escuchar la radio (FM). En la distante Patagonia, las FMs eran impresentables, mecánicos devenidos locutores que apenas podían hablar y programas que se sostenían con los muchísimos llamados telefónicos pidiendo canciones de Sombras, Green, Slayer, Mano Negra, Hermética. Sí, todo a la misma radio. La información no circulaba tanto, yo ya me había escuchado la discografía entera de los Beatles, Queen y Sumo. Estaba hambriento.

Cuando llegué a La Plata para vivir con mi hermano, comenzamos a escuchar FM Universidad (quizás el lo hacía desde un poco antes, una vez llamé a la Cielo para participar por no sé que cosa con el Bebe Sanso. Lo admito, así que todavía no estaba la exclusividad en Plaza Rocha).

Recuerdo que un día después de volver de la Facultad, enganchamos un programa enlatado que hacía especiales sobre bandas, el locutor era un tal Alexis Copelo, que tenía una voz de ultratumba que me gustaba mucho, muy lejos de las peluqueras patagónicas, me hacía acordar al que transmitió las mil horas del especial post mortem de Queen en Wembley (¿Aspen?).

Estaba hablando de una banda llamada Pixies. Recuerdo que dejé todo lo que estaba haciendo y me senté a mirar la radio. “Pude encontrar mi camino a Mariana, en una ola de mutilación”. La puta madre. Nos mirábamos con mi hermano como si estuviésemos descubriendo oro, con piel de gallina. Y estábamos haciéndolo.

A mis 18 yo era fan de la AM desde hacía muchos años. Desde el sur del país no se podía hacer mucho más. Seguía los partidos de Básquet de Independiente de Neuquén y del Deportivo Roca. Los escuché descender a ambos encerrado a oscuras en mi habitación. La transmisión de los domingos de Continental era la actividad del día mientras hacía los deberes para el colegio. Sólo podía escuchar a Central cuando jugaban contra Boca o River, si jugábamos de local –y no contra ellos- sabía que cada vez que se abría un micrófono y había griterío, era muy probable que Jorge Vidal trajera noticias de un gol canaya. Un “Car-bo-na-ri” me hacía muy feliz.

Junto con el descubrimiento de Pixies estuvo en la misma época el de Pulp. Esas dos bandas literalmente me rompieron la cabeza y me mostraron un mundo nuevo de poesía, fuerza y pasión. Gracias a la burbuja del 1 a 1 por 22 pesitos trajimos los originales de afuera. Doolittle y This is Hardcore me han dado más alegrías y han calado más hondo en mí que muchas personas.

“Cease to resist, giving my goodbye,
drive my car into the ocean,
you think I’m dead but I sail away
on a wave of mutilation”.



“Gouge away, you can gouge away,
stay all day if you want to,
missy aggravation some sacred questions
you stroke my locks…”




“Without you my life has become a hangover without end.
A movie made for TV: bad dialogue, bad acting, no interest.
Too long with no story & no sex.
Is it a kind of weakness to miss someone so much?"





"Come and play the tunes of glory

raise your voice in celebration
of the days that we have wasted in the cafe
in the station.
And learn the meaning of existence in fortnightly installments.
Come share this golden age with me
in my single room apartment.
And if it all amounts to nothing -
it doesn't matter,
these are still our glory days."





Un mundo esperaba ser comido. Dejamos al forro de Niembro y todas las demás estaciones atrás para pasar a escuchar solamente la radio que “amplía tu conocimiento”. Un sábado estábamos escuchando a un tipo hablar de una banda llamada The Magnetic Fields, un disco triple. Enloquecimos nuevamente. Lo bueno de haber estudiado mil años un idioma –el inglés- en este caso es poder apreciar ese otro universo. Malamente podría conmoverme una canción en alemán -¿Qué onda Die Toten Hosen acá eh?- . El tipo dijo que si alguien estaba interesado, el prestaba sus discos. Y mi hermano le tomó la palabra y se mandó a la radio. Seguramente no se lo esperaba. ¡Al rato teníamos los 3 discos originales con nosotros! ¡El monumental 69 Love songs!

Esos años fueron el despertar y el comienzo de muchas cosas que quedarán para los biógrafos, una ciudad joven y viva que aunque se muerda un poco la cola, ofrece al que quiere estar vivo en ella algunas ideas y herramientas para el camino propio. Miro hacia atrás el número redondo de años y pienso que nunca estuve más vivo que en las calles y en las noches de esta ciudad. Pienso.
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De(l) tener al ser


Caucásica. Buenos modales, una gran sonrisa. Rizos dorados, sexy y pacata, varonera y femenina. Proveedora. Mucho de todo. Quien haya aguantado unos minutos viendo su programa habrá notado que todas sus producciones son excesivas, hay mucho de todo: dulce de leche, chocolate, todo rebosa y se sale de sus moldes. Se expande. En una vuelta al formato diario, pudimos empezar a verla los domingos rodeada de sus hijos. Muchos. El mito de la madre=mujer está encarnado en ella (y muy bien trabajado por A.M.Fernández en su libro “La mujer de la ilusión” que recomiendo).

Entonces ahí la tenemos, rubia, linda, “pila”, buena madre, trabajadora y con muchos hijos (y además coge, porque todavía la mayoría de los hijos se hacen así). El vetusto ideal de la familia de los cuentos. Es frecuente encontrar en los sectores más altos de la sociedad este rasgo: tienen mucho de todo, incluyendo hijos. Hasta del que uno menos sospecha, funciona ideologícamente.

Hace un tiempo el ambiente televisivo se vio conmovido por la muerte súbita de su sexto hijo. Todo fue televisado, hasta su duelo en cámara. La cotidiana muerte no podía ser menos, pero en alguien tan bueno, rebosa injusticia y sinsentido, como el dulce de leche.

Según leí acá antes del fatídico hecho, pensaba hacer un programa dedicado a las madres y escribir un libro sobre sus partos. Ayer vi una nota donde ella exultante anunciaba su séptimo embarazo. Yo pensé, ¿pero cómo? ¿No tenía sólo 5? Ahí me jugó una mala pasada mi vileza. Claro, es el séptimo. Depende de cómo uno cuente.

Sólo recién acabo de darme cuenta qué me motiva a escribir esto ahora, ya que algo ya había pensado hacía tiempo. Estaba esperando en la cola del cajero y se encontraron dos personas que hacía mucho no se veían, uno le preguntó al otro cómo andaba y éste dijo que más o menos ya que su único nieto había fallecido hacía poco. Después de contar que le pasó (una extraña explicación: que se fue a New York desde acá y pasar de 30 grados a menos 10 lo liquidó), cuando se despidieron, uno le dijo al que penaba: “Ojalá tengas otro nieto pronto”, a lo que éste le contestó: “No es lo mismo”. Y se fue.

Uno no reemplaza al otro, ese el quid del asunto, cómo cuenta uno. Es imposible saber cómo funciona eso en esta mujer, su capacidad de ampliar su prole produce un efecto magnético en la audiencia. Imagino poca gente teniendo algo que decir en contra de ella. Ni creo que yo esté diciendo algo en su contra, quizás sólo la uso como exponente. No me interesa su intimidad, casi que la de nadie, al menos no de esa manera. Cuando le sucedió la tragedia, se abrió un blog donde ella le transmitía a sus seguidores cómo andaba –con eses de más incluidas, ej. “fuistes”- que es dificil de leer sin sentir “cosita”. No osé pispear ninguno de los 49122 comentarios.

Una mujer sin hijos no es menos mujer, no le falta nada, a una mujer soltera tampoco. Multiples objetos, profesiones, aburrimientos, lo que imaginen pueden llenar el vacío de ser, hijos: la especialidad de la casa.
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El sindrome Synecdoche



Siempre dije que poniéndolo en contexto, la historia de la psiquiatría nos da grandes momentos tragicómicos. Sobre todo en sus comienzos cuando las clasificaciones estaban basadas puramente en la observación; para conformar sindromes y nosologías hasta llegar mucho después de la mano de los desarrollos de la lingüística y otras disciplinas relacionadas a lo que bella y concisamente Foucault en “Nacimiento de la Clínica” sintetizó como: “una gramática de los signos ha sustituido a una botánica de los síntomas”.

En los comienzos de la Psiquiatría allá por mediados del siglo XIX, personas con presentaciones extravagantes, ideas raras (delirantes), malformaciones físicas, eran secuestrados por esta incipiente disciplina, que según sus ideas acerca de qué era lo que causaba tal fenómeno actuaba en consecuencia. Así, algunos agitadores incansables eran desangrados hasta que claro, casi muertos, no tenían más fuerza para jorobar. También existían los “tratamientos” con agua: las personas eran sometidas a constantes baldazos de agua helada hasta que depusieran sus conductas bizarras (como el genial opistótonos) o los nunca olvidados electro shocks. Para no mencionar lo que en ese entonces se llamaba “histeria”, mal que se pensaba que su origen estaba en el útero de la mujer, por lo tanto extirpándolo…

Hace unos días vi Synecdoche ny, el debut de Charlie Kauffman como director. El protagonista está interpretado por el genial Phillip Seymour Hoffman. Es un director de teatro que se llama Caden Cotard. Y aquí es donde me detendré. Trataré de no decir mucho sobre la película, pero sucede lo siguiente: una vez que uno sabe algo sobre algo, pasa a formar parte de los anteojos con los que ve la vida: hacia el final de la película, donde el protagonista va sufriendo unas enfermedades sin aparente explicación, que le causan fenómenos de los más curiosos, recordé esa página de la picaresca historia de la psiquiatría que dice: Sindrome de Cotard: también llamado delirio de negación o delirio nihilista. Es una enfermedad relacionada con la hipocondría y donde el afectado cree haber muerto, sufrir la putrefacción de sus órganos o simplemente no tenerlos. A veces también se creen incapaces de morir, esas ideas coexisten y lo que queda solamente es un alma en pena. Fue descripto por Jules Cotard en 1880. Años después se la sumó al club de la psicosis.

Quizás haya sido una coincidencia, más me gustaría creer que no. La película tiene algunos pasajes muy interesantes, pero jugando al crítico de cine, no terminó de gustarme. Hay muchas cosas que suceden sin sentido aparente, lo fantástico se mezcla con lo cotidiano, como la mujer que tiene miedo que su casa se queme y ella no pueda salir, y cuando la vemos a ella en su casa, ésta está siempre en llamas, o cuando Cotard puede leer el diario íntimo de su hija a los 4 años y mucho tiempo después aunque ella viva lejos, el lo siga leyendo actualizado. Pero eso no es lo malo ni lo nuevo, el surrealismo tiene 90 años.

La así llamada posmodernidad logra aburrirnos la mayoría de las veces. Si el relato ha caído a favor de los fragmentos, este old school seguirá defendiendo lo primero. Puedo reírme con un gag, con dos, pero al final del viaje no se que decir sobre lo que pasó. El relato instaura la dimensión temporal, y el tiempo es una categoría indispensable para vivir. Quizás existan algunas verdades que no puedan ser conmovidas, porque el “Rosebud” del comienzo del Ciudadano Kane es un recurso que altera el tiempo sin alterarlo, el peso de una historia más bien simple pero bien contada todavía se impone a una llena de guiños y 2.0.

Aunque por poco tiempo más.
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Cruel en el cartel


Ayer en la Comisaría del Humor (lugar en el que nos juntamos con los ogros amigos) mientras charlábamos sobre las zonceras más irrelevantes –apasionantes-, y hacíamos los comentarios más improbables sobre diversos temas, modulando nuestras voces como niños, algunas hipótesis e ideas encontraban en el silencio posterior algún asidero.

El silencio no tiene cualidad, uno se lo pone. Entre tanta risa es dificil que surja. Cuando Jimmy Page contó que se había hecho su primera guitarra con sus manos, hubo uno de respeto. El rockumental que nos juntó fue una buena excusa.

Hoy pensaba en otros silencios. Por ejemplo el que provocó el padre de Wanda Taddei hace unos días cuando prácticamente le echaba la culpa a su hija de lo sucedido, contaba sin pudor cómo ella había tenido problemas con las drogas desde que era pequeña, las peleas con su ex marido y con el actual, pero sobre todo dos conductas: cortarle la luz de la casa al baterista de Callejeros sabiendo que el no soportaba estar a oscuras sin entrar en pánico, y hablarle de la madre muerta “cuando se daban” con Vázquez. Silencio, salvo el del muñeco de torta G. Andino que se entusiasmaba oliendo sangre. Nadie se atrevió a decir que ese padre era un tanto extraño.

En otro momento de la noche, le dije a uno que contaba algo sobre una chica, que algunas personas suelen estar sostenidas en la mirada de los otros, y que esa posición de ser adorada puede imposibilitar verlo a el en su situación actual. Hipótesis. Silencios.

Hace unos días pudimos ver la entrevista en la que el ex economista (¿?) Bonelli con su delaruístico tono de voz sometía y juzgaba a la Hiena Barrios, quien en una interesante confesión, dijo que (sea verdad o no) pensó en suicidarse estando detenido, pero que no lo hizo porque sabía que le iban a sacar una foto y de alguna manera se iba a filtrar, y no quería que sus hijos lo vieran de esa manera.

La fuerza de una mirada, tanto que hizo que no se matara, al igual que cuenta Maradona que la mirada de sus hijas lo salvaron, que por ellas decidió intentar vivir un poco más. Como el silencio, la mirada en si no dice nada, hay que revestirla de una condición, de una palabra. Y no es algo insustancial. ¿Acaso no hay miradas que atraviesan?

Roberto Arlt en su aguafuerte (“He visto morir”) cuenta el fusilamiento de Severino di Giovanni, nos dice que cuando lo sientan y lo atan para fusilarlo y le están por poner la venda en los ojos, éste grita:

venda no”. Y continúa:

”Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego! …

Cómo romper las miradas, cómo desviar los silencios, cómo hacerlos hablar. Miradas que sostienen y salvan. Miradas que destruyen. Todo un abanico que depende del timing y que no es sin consecuencias.

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El mal sin pasión


Hanna Arendt –periodista norteamericana- en ocasión de presenciar el juicio al ingeniero del Holocausto, Adolf Eichmann, habló de la “banalidad del mal”.

Hay que hacer unas aclaraciones sobre el término: en inglés “banality” significa trivial, y en una segunda acepción, algo obvio, predecible, un lugar común. En castellano según la RAE significa trivial, común, insustancial. El énfasis está puesto entonces no tanto en que no sea muy importante sino en su omnipresente cotidianeidad.

Arendt se refirió a esa banalidad cuando pudo notar -cubriendo el juicio- que aquellas personas que llevaron a cabo esas monstruosas tareas de aniquilar millones de personas, eran personas comunes, capaces de disfrutar del arte, ser atentos con sus compañeros y familia, adoraban a sus hijos y no eran psicópatas, ni demonios, ni monstruos sádicos salvajes dignos de la psiquiatría o de otras ciencias oscuras; sino simples burócratas con ambiciones medias de dinero y de escalar en la pirámide social. Según Arendt, estos funcionarios eran incapaces de pensar con autonomía y utilizaban continuamente frases hechas y clisés. Los mandaban a freír 20 mil en un día y simplemente lo hacían. Buenos empleados.

Siguiendo esta línea, ¿No son acaso Cobos, Redrado, Morales Solá, y algunos escribas de Clarín ejemplos locales de esta banalidad? De más está decir que los crímenes de los primeros no se pueden comparar con los segundos a nivel de las consecuencias, pero si de funcionalidad y pragmatismo. Oponerse por el sólo hecho de hacerlo sin contrapropuestas viables es como marcar tarjeta. Ahora piden cuidado en cómo hay que hablarles a los ingleses no vaya a ser cosa que se enojen y nos hagan chas chas político. Cipayos.

También podemos ver algunos periodistas como Magdalena Ruiz Guiñazú o Locomotora Castro que actúan desde el más visceral odio contra el Gobierno, esos nos caen más simpáticos en su hijaputez que los primeros, quizás por nuestro gusto por altos grados de honestidad, pero aun así son detestables. Para otro momento queda el debate acerca de un empleado disidente, que postura debería tomar.

Asistimos a una prédica por parte de la oposición que enarbola banderas como la tolerancia, el consenso –de W-, el empleado privado hace el mal sin pasión, el del Gobierno se puede dar el lujo de, llegado el caso, hacerlo con pasión. Y no es sin consecuencias, ya que la pasión en algunos ámbitos produce en el otro una incomodidad que me animo a decir, cala en su subjetividad de una manera tan honda que necesita estar a distancia de ello. Animal Fernández por ejemplo en su vehemencia suele enturbiar su mensaje –pero nos gusta y divierte-.

La pasión del juez Garzón por la justicia está a punto de llevarlo de una manera insólita a perder su condición de juez, en una movida de sectores ligados al franquismo que no gustan de sus acciones. Su sed de justicia tiene pasión, y hay una parte innegable de venganza en la justicia, basta mirar cualquier familiar de una víctima pidiendo la ley del Talión a los gritos, salvo pocos casos de asombrosa humanidad. La ley de los hombres tiene estas cosas.

Terminemos con una de esas hipótesis que me gustan tanto: en el caso de Callejeros y Cromagnon, la banalidad del mal también está presente, ahora, supongamos que el baterista de Callejeros estaba discutiendo “acaloradamente” con su mujer y por un mal pase de manos se desencadenó la tragedia que terminó con la vida de su mujer. Démosle el beneficio de la duda y pensemos que fue un accidente, pero pensemos lo contrario también: si fue así, otra vez presente el mal sin pasión, un daño burocrático que demoró largos días –diarios, televisión mediante- en causar la muerte y vaya ahora uno a saber si se va a poder comprobar si lo hizo adrede o no. ¿Por qué no la quemó entera y le zapateó arriba así le ahorraba la agonía? Ah, lo último sobre eso: que haya sido cremada ¿no es un poco irónico?

Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. No estamos de acuerdo, ya que el péndulo de la historia seguirá cortando cabezas y dándonos ejemplos del horror cotidiano y del desbocado. La imaginación radical y el amor por los desesperados casi siempre reconstruirá algo de las cenizas.
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Trenzas que me anudan al portón


“...nunca más volvió, nunca más la vi, nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí. Esa misma voz que dijo adiós”

Nieblas del Riachuelo
(Cadícamo/Cobián)


Es popular entre las mujeres la idea acerca de que los hombres maduran más tarde que ellas a todo nivel, pero sobre todo en lo que resulta más molesto y es materia de mayor interés: y es lo que refiere a las cuestiones del amor. No es mi intención abrir la discusión sobre qué se entiende por maduración, progreso, evolución y parecidos porque sería una perdigonada inabarcable.

Si algo de verdad hay en eso, mi hipótesis va por el lado de la imposición de un relato.

La verdad de cada uno, individual, es autoengendrada y parasitaria a la vez, hemos sido necesariamente hablados por otros y esa huella es difícil de discernir, tanto que no poder distinguirse unos de otros puede llevarnos a las primeras planas de los diarios. La verdad como ficción personal, la verdad como ficción colectiva, un relato que impuesto por la mayoría, lisa y llanamente por la voluntad de poder, crea y sostiene algo que se cree como la verdad. Así, si las niñas desde su tiempo más precoz son enseñadas en las artes del amor de pareja, Ken y Barbie y la casita de ensueño, jugar a “la mamá”, etc., y nosotros varones nos rompíamos la crisma saltando tapiales y jugando en la vereda al fútbol hasta que el rival se desmayara –“jugamos a 20 goles”- no es de asombrar una asimetría funcional en la materia. (Aclaro: infancia de los años 80s, hasta mitad de los 90s me animaría a decir).

Es un desafío investigar las nuevas coordenadas de la infancia, qué subjetividades se están formando, qué rasgos se moldean con los trazos actuales –porque hay otros fijos-. Si ahora el amor es Casi Ángeles y los vetustos productos de Cris Morena, entonces tendremos que parar bien las orejas.

Creo que hay algo de la posición femenina –que suele estar personificada por las mujeres – que le otorga un gran valor a la narración de los hechos, y ahora ya hablamos de los amorosos. Poder contar lo sucedido es casi tan importante como lo sucedido en sí. Y poder narrarlo es (re)construir una escena de la que ya se había hablado previamente, imaginado y fantaseado junto a otras personas y con diálogos internos, que luego se llevó a cabo y ahora se reconstruye ,en general, con mucha vivacidad.

El acto en sí también requiere del montaje de una escena, supongamos una relación sexual, sin duda están en juego los cuerpos, pero es necesario el andamiaje imaginario y el simbólico para sostenerlo, de otra manera si uno fuera totalmente consciente que algunos agujeros son “primariamente” para otra cosa o que con esa boca después ella besa a mi madre o a mis hijos –pura ficción- sería imposible el acto. Sin esa ficción no se podría llevar adelante los movimientos mecánicos, ridículos y contra la gravedad que se suelen hacer. Y hay parte de un nosequé que no se consigue con la pastillita azul, piensen cada uno de ustedes en los actos frustrados porque pensábamos en otra cosa, una preocupación, lo que sea que sacara la escena de su lugar, o simplemente el sexo es malo porque hay algo que no marcha como solía hacerlo antes con el otro. Y esto de arreglárselas con el otro es vital.

Recuerdo a Emile Cioran: “Todo el mundo me exaspera, pero me gusta reír y no puedo reír solo”.

Ya Sócrates planteaba el diálogo como método de conocimiento –si bien no escribió nada, lo sabemos por Platón y no por el ex presidente capicúa que afirmó haber leído todas sus obras- entonces en eso sí las niñas corren con ventaja, nos sumergen en un mundo que ellas han creado –es un decir- y que han hablado y hablado durante años, entonces una chica de 12 ve un pibe que aun tiene barro en la cara y naturalmente se busca uno de 16. Y éste de 16 es inútil para las de su edad a su vez, por eso tuvimos que esperar hasta los veinti y algo para acariciar tersas espaldas de 20.

Como sea, el encuentro de fondo siempre es fallido, no hay fusión, no hay metáfora frutal, hacemos arreglos y construimos ficciones que funcionan, que recubren la falta que nos atraviesa y de la que no podemos evadirnos. No por nada Lacan llegó a llamar al amor “valentía ante fatal destino”. Y eso por suerte no cambiará.

Este hablar y hablar y pensar y repensar al amor, a la escena, del lado femenino tiene una marca un: la constante necesidad de la afirmación de su existencia, de ser para el otro ese fuera del mundo único e irremplazable que detenga las agujas. Por eso un varón que sepa escuchar, recuerde lo que le contaron inmediatamente tiene una parte aliviada. Algo tan sencillo en la teoría, pero quien estuvo muchos años dialogando con sus músculos y embruteciéndose con el ejercicio social masculino no suele llevar adelante. Por eso, un si en el varón suele ser un sí y un no un no, bendita literalidad que exaspera.

Si algo de esto es así, si algo de todas estas sandeces que digo tienen asidero, hay otra pregunta: ¿De dónde surge la pseudo tragedia masculina? Esa sensación de estar la mayor parte del tiempo a la zaga de algo que sabemos ya está perdido, y la mayoría de las veces por mérito propio, por malos alumnos, por no querer poder pasar el lápiz sobre el papel de calcar que ellas nos dan claramente y que disfrazamos de incomprensibles porque cuando lo estaban diciendo estábamos recordando a aquel tipo que se cayó en la calle.

Quizás uno sólo sea un poco joven. Y casi no hablé del amor.


Como sea, hay un diálogo Simpson que bien les podría haber ahorrado leerme:



-Homero: Ese Javier es la persona más agradable del mundo, deberíamos invitarlo a comer con su esposa.
-Marge: No creo que sea casado Homero.
-H: Aaaah un soltero picarón...bien, hay muchas zorritas por ahí…
-M: Homero, ¿no te pareció Javier un tanto "festivo" digamos?
-H: Claro, es un hombre feliz.
-M: Que prefiere la compañía masculina.
-H: ¿Y quién no?
-M: Homero, escúchame bien, Javier es Ho-mo...
-H: ¿Si?
-M: Sexual
-H: ¡Ay Dios mio!, bailé con un gay, Marge, Lisa prometan que no van a decírselo a nadie, prométanlo.
-M: ¡Tu actitud es ridícula!
-H: ¿Tu crees Marge? ¿Tu crees? piensa en la plusvalía, ya no podemos decir que sólo gente normal ha pisado esta casa.
-M: Que pena que pienses de esa forma, porque Javier nos invitó a dar un paseo hoy, y vamos a ir.
-H: •Ay no, yo para nada, y no sólo porque es gay, sino por taimado, al menos debió tener la delicadeza de hablar afeminado para que todos supiéramos que es...así…
-M: ¿De qué diablo estás hablando?
-H: ¡Ya me conoces Marge, me gusta la cerveza fría, la tele fuerte y los homosexuales...locas, locas!
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El botón del pasillo


No logro acostumbrarme ni creo que lo haga. Si usted ha viajado o viaja en colectivo por Capital Federal –aunque en muchas otras ciudades sucede, pero su porcentaje de aparición desciende a medida que nos alejamos de la mencionada- podrá observar la siguiente y curiosa conducta: habiendo algunos asientos dobles libres, encontramos una sóla persona sentada del lado del pasillo, es decir, se encuentra obstaculizando el paso de quien quiera sentarse en el que está libre.

En general suele ser una persona que se considera asimismo como en la flor de su edad, que prescinde de utilizar su visión como herramienta para moverse entre los vivos y suele tener algún tipo de música en sus oidos, pero sobre todo, y contradiciendo lo que he dicho en primer lugar, su cara denota cólon irritado y rigidez facial. No hay diferencia entre géneros.

Los pasajeros más tímidos que quieren sentarse suelen ponerse al lado del piquetero y esperan con suerte dispar que éste considere moverse. Y existen dos opciones: los primerizos en estas avaras costumbres, aun no entrenados en las artes del amarrete, se paran y ceden el paso, los más viles insinúan correr sus piernas y soportan paradójicamente que un cuerpo extraño los toque de alguna manera.

Ahora, ¿A qué responde esta actitud de sinvergüenza? Mucho se ha hablado y discutido en las academias, lo sé, pero pensemos: ¿Un miedo atávico al desconocido? ¿Odio a la solidaridad? ¿Debilidad mental? ¿Cólon irritado? ¿Hijaputez? Quizás todas, ningunas y otras, la cuestión es que es indignante. No juzgamos al que estando con otro desconocido se pase a uno simple, siempre son preferibles nuestros olores aunque fétidos a los de otro. Tampoco me referiré a los parias que siendo aun jóvenes mozalbetes no ceden su posición de deposición por la noble postura de estar erguido abrazando un hierro.

Los viajes en colectivo tienen decenas de reglas implícitas, sólo hay que estar un poco atento y aprenderemos que la parte central suele ser un distribuidor, que hay que ir yendo hacia atrás para que pueda entrar un poco de más de gente y que aunque tengas a una persona muy cerca y casi puedas escuchar su ritmo cardíaco, no hay que mirarlo a los ojos porque o bien es el prólogo de un intercambio sexual o de puños, cuanto menos de un movimiento de cabeza ascendente-descendente inquisitivo.

Brota el amor y brota el odio. Hace poco regalé el libro “Omnibús” de Elvio Gandolfo, debería ver que aportes hay en el caso de la larga distancia, que es otro cantar. Quien, como quien les habla, haya viajado durante muchos años –por no decir toda la vida- tendrá cientos de anécdotas para contar.

Como siempre me sucede, me deslizo entre otras ideas, mi mano recorre la baranda manoseada y para mi sorpresa noto que la mayoría tiene distintos calzados y ya es el momento de bajarme y dejar que la extraña intimidad andante siga su siempre nuevo y monótono camino.
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Escuela primaria de delincuencia

"Yo soy del 30, yo soy del 30,
cuando a Yrigoyen lo embalurdaron.
Yo soy del 30, yo soy del 30,
cuando a Carlitos se lo llevaron.
Cuando a Corrientes me la ensancharon,
cuando la vida me hizo sentir.
Yo soy del tiempo que me enseñaron
las madrugadas lo que es sufrir..."

"Yo soy del 30" (Méndez-Troilo)


A continuación les voy a dejar una serie de 4 notas publicadas en 1932 por el gran Roberto Arlt en una de sus columnas del diario El Mundo. En ellas, muestra brutal y sensiblemente el sinsentido del encierro a los que se veían sometidos los menores infractores –infractor no era una categoría de la época-. En aquel entonces, se encontraba vigente (de ¡1919 a 2005! Tuvo vigencia) la Ley de Patronato, o Ley Agote, de corte católico asistencialista que básicamente establecía un sistema tutelar patriarcal donde un Juez tenía total potestad sobre los niños, pudiendo disponer de su encierro para su “protección” si consideraba que ellos estaban en peligro físico o moral –bastante amplio, ¿no?- amontonándolos en edificios junto a delincuentes probados y muchos mayores de edad.

Para no mencionar que todos los que cumplían con esos requisitos para su secuestro eran todos chicos pobres.

Afortunadamente en 2005 (¡86 años después!) se sancionó la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes que los vuelve sujetos plenos de derecho y dejan de ser personitas a medio cocer –al menos para ley y sus derechos-. Los cambios se van sucediendo lentamente, y las implicancias son profundas, sobre todo para pensar cuando se arma el debate sobre la baja de imputabilidad en los menores y su relación con el delito -¿Qué pasó con eso mediáticamente?

Como era su huella, Arlt, el Johnny Cash de los periodistas, conocía la calle, los hampones y truhanes que movían los hilos de la ciudad y manyaba al llamado típico argentino de aquella época, época que yo elegiría sin dudar si pudiera haber elegido en que momento histórico haber nacido, época de mayor ciudadanía donde aun existía la tragedia.

Así que lector perezoso estás advertido, retrocede y vuelve a facebook antes de aburrirte. Lector otro, meta las patas en el maravilloso mundo de la escritura a puñetazos –¡que salía en los diarios!-



Escuela Primaria de Delincuencia

Caminando por la calle Tacuarí, al llegar al 760, se encuentra un edificio pintado de verde obs-curo, con ventanas adornadas de cortinillas blancas y en el frente un letrero que dice Alcaidía Policial. Depósito de Menores.

Si usted lleva una orden de la Jefatura de Policía, se le permite entrar. Lo atiende un señor muy amable, que es el director; o, en su defecto, otro señor tan amable como el director, que es el subdirector.

Este señor, o ambos, o cualquiera de los dos, le pregunta a usted cuál es el objeto de su visita, y si usted le explica que es periodista, resulta casi fatal que ambos, o cada uno por su cuenta, se quejen de los brulotes que les han encajado los periodistas, injustamente, responsabilizán-dolos… Pero no nos anticipemos… o sí, anticipemos. Se quejan, como decía, que se les haga responsables del inmenso desorden, de la espantosa desorganización que rige el mecanismo de esta institución, que a pesar de pertenecer a la policía, está al servicio directo de la delin-cuencia, constituyendo un vivero de criminales futuros.

Pero como conversando se entiende la gente, director, subdirector, ambos a la vez, o cada uno por su cuenta, llegan a demostrarle a usted que ellos no pueden hacer absolutamente nada contra lo que ocurre allí, como no sea mantener un orden aparente y una limpieza efectiva.
La higiene es lo único que puede elogiarse, sin temor a mentir ni exagerar, en el Depósito Poli-cial de Menores.

Los pisos están barridos, las camas arregladas prolijamente, como en un cuartel, los niños en clase. Y aquí pare de contar.



El cocktail del diablo

Entra usted en un aula. En los primeros bancos distingue purretitos de seis o siete años. En-fundados en un uniforme azul, parecen pajaritos. En los últimos bancos se encuentra usted
truculentos pelafustanes de cabeza rapada, cráneo biselado por asimétricas caídas de bóveda, y, como es natural, usted pregunta:

¿Por qué está ese chiquilín aquí?
La madre lo trajo porque no puede tenerlo en su casa.

Perfectamente, ¿y ese grandote?
Por matar a una hija.

¿Y ese otro?
Es un degenerado…

¿Y ese chiquilín?
Robó una botella de vino.

Es el cocktail del diablo. Junto a la criatura, totalmente inocente, encuentra usted al futuro cliente de la silla eléctrica, si aquí existiera una silla eléctrica.

Su acompañante y guía, en ese infierno, le dice, a modo de disculpa:
Aquí nosotros no hacemos nada más que cumplir las órdenes de los jueces. Pero como el local no es apropiado, resulta que no pueden separarse a los menores delincuentes de los que no lo son…

Si usted quiere conversar con los chicos…

Llámelo a ese rubito.
El rubito viene corriendo. Siete años de edad. Ojos con esperanza y asombro. Modosito.
¿Por qué estás vos aquí?
Me trajo mi mamá.
¿Trabaja tu mamá?
Sí, es sirvienta.

Síntesis dramática. La madre del varoncito, tiene además una hija menor a éste. La dueña de casa donde la sirvienta trabaja, permite a su criada que lleve a la nena; al varón no porque los chicos dan muchas molestias. ¿Qué podía hacer la sirvienta? ¿Quedar agradecida de que le dejaran acompañarse de la nena y buscar un lugar seguro donde depositar a su chico? Alguien le indicó el Defensor de Menores. Y el Defensor de Menores… ha resuelto tranquilamente el problema, enviando a la criatura a un depósito de menores delincuentes, muchos de los cuales son degenerados por sus ocho costados. Pero, la madre ignora semejantes lindezas. Y es posi-ble que el Defensor del Menores también diga que las ignora… Y entonces aquí no ha ocurrido nada. Todos somos inocentes y este planeta es el mejor de los mundos.

Se sienta el rubito, y llamo a un grandote simpático, de diez y siete años de edad. Viene rápi-damente hacia mí, sonriéndome como si yo fuera su hermano o su padre, y pudiera resolverle un problema dificultoso.

¿Por qué estás aquí, vos?
Por haber robado doscientos cinco pesos.
No está mal para empezar. (Sonrisa de agradecimiento.) ¿Y para qué querías ese vento?
Me guiñó un ojo, con toda confianza, y dice:
Era para asaltar al pagador de Agronomía, ¿sabe? Yo tenía todos los datos.
Pero m hijo… El pagador se iba a resistir. ¿Qué hubieras hecho vos?
Y, entonces lo hubiera tenido que matar. ¿No le parece?

Se expresa con tanta naturalidad y sencillez, y sus ideas son tan claras para él mismo, que uno termina por aceptar que, en efecto, es natural que el ciudadano se despachara al pagador de Agronomía, si éste se resistía…

Bajamos. En un patio, un chico sumamente simpático que se cuadra cuando pasamos frente a él.
Y este mocito tan simpático, ¿por qué está aquí?
Condenado a quince años de presidio.
¡Quince años!
Sí, es Ricardo Reyes, que el 1 de enero mató a una vieja a puñaladas.
¿Qué edad tiene?
Diez y siete años. (Continuaré mañana)

[El Mundo, 26 de septiembre de 1932]



Escuela Primaria de Delincuencia (Segunda parte)

¿Quiere visitar la enfermería del Depósito, señor?
Cómo no.
Me acompaña el maestro de los chicos delincuentes. En la enfermería, una criatura tuberculo-sa. La salivadera con manchas de sangre. Seguimos adelante. Un muchacho de diez y seis años en otra cama. Boca fina, labios sinuosos: un enfermo distinguido.

¿Quién es Ud.? ¿Por qué está aquí?
Por matar vigilantes, con mi auto.
Se trata de un niño bien. Manía de la velocidad. La familia paseando en Europa y él, por distra-erse del aburrimiento, atropellando con su voiturette a cuanto infeliz se le ponía por delante. A disposición del Juez de Menores. Alguien me informa:
Además de asesinar gente con su auto, es clínicamente un depravado.

Salimos. En el patio un mocosito:
¿Y vos…?
Por robar una bicicleta.

Es extraordinaria la cantidad de chicos que se encuentran en el Depósito de la calle Tacuarí por robar bicicletas. En una visita anterior encontré a una criatura de siete años detenida por robar una botella de vino. Hay otros, en cambio, que están detenidos por nada.

No conocen al Juez

La primera anormalidad que salta a la vista en las declaraciones de los chicos detenidos, evi-dencia que éstos no conocen al Juez que entiende en su causa, no conocen al Defensor, ni conocen a nadie, como no ser a sus maestros y los celadores que no tienen el conocimiento científico necesario para desempeñar tales funciones.

Lo menos que se le ocurre a una persona sensata es que el Juez o el Defensor debía conocer a los pequeños presos en su jurisdicción, conocer de inmediato la calidad moral del detenido, cerciorarse por sus propios ojos que no se ha cometido una injusticia o una monstruosidad al encerrar a un pequeño entre delincuentes, pero no ocurre tal. La mayoría de las respuestas de los chicos revela que el Juez o el Asesor tramitan dichos asuntos por oficio, menos por el cono-cimiento directo con el damnificado.

Y es entonces cuando del conjunto de este mecanismo se desprende la más descomunal falta de lógica y congruencia que puede pretenderse que encierre un sistema preventivo y penal.

La policía, el juez o el diablo, encierran a los chicos en el infierno de la Alcaidía para librarlos de la perniciosa vagancia y de las amistades delictuosas que pueden contraer en la calle…

La intención es ingenuamente buena… Pero el caso es que para librarlo al chico de las amista-des delictuosas se le encierra precisamente entre delincuentes de todas las calañas, entre de-generados de las variaciones clínicas más diferenciadas y entonces la evidencia salta con mayúsculas espantosas:

LA JUSTICIA ESTÁ FABRICANDO DELINCUENTES CON CRIATURAS QUE NO TIENEN ABSOLUTA-MENTE NADA DE DELINCUENTES.


Los mayores depravan a los menores

Mayores y menores conviven en el comedor y en los dormitorios en una promiscuidad de eda-des que sugiere lo que en el artículo de un periódico no se puede decir al público.
Importa poco que la criatura albergada en el Depósito haya sido alojada allí por pedido de su madre. Alternará, comerá codo con codo, jugará con el otro detenido acusado de cualquier delito, con experiencias que le comunicará en el trato diario.

Si el niño ingresó allí inocente, saldrá pervertido. Si tenía residuos morales, esos vestigios serán anulados por sus compañeros. El mayor presiona sobre el menor con toda la intensidad de su perversión específica. No es suficiente la vigilancia de los celadores, ni de los maestros. Las cosas ocurren allí como en cualquier establecimiento penitenciario. Luego los maestros se asombran, y le dicen al visitante, moviendo patéticamente la cabeza:

El noventa por ciento de los que ingresan al Depósito de Menores vuelven… vuelven acusados de delitos más graves…

Lo bueno sería que no reingresaran y menos con acusaciones efectivas. La primera detención en el Depósito ha sido lo suficiente poderosa para pudrirles formalmente. Allí aprende las artes del robo, de la simulación, de la astucia. Para un chico que vive entre delincuentes lo terrible sería no adquirir la capacidad de delinquir que evidencian los mayores, ¡y qué mayores!

Allí se alojó Cocuccio, el famoso menor jefe de una banda de minores asaltantes y asesinos. Los pequeños lo mirarían con la misma admiración con que nosotros hemos admirado a Firpo o a Justo Suárez. Y pretender que un chico no admire a un delincuente, es pedirle peras al ol-mo.

Tanto admiran a los delincuentes que voy a citar un caso que me narró un profesor:
En el Depósito se permitía la entrada de revistas policiales. Una noche los chicos prepararon un fuga espectacular partiéndole la cabeza a un sereno y levantando el alambre, Interrogados, respondieron que habían aprendido la táctica de fuga en la revista policial.

[El Mundo, 27 de septiembre de 1932]



Escuela Primaria de Delincuencia (Tercera parte)


¿Qué dicen los maestros de los menores delincuentes? Es interesarte escuchar sus opiniones, pues ellos revelan un desaliento profundo frente al desorden que rige el mecanismo de De-pósito de Menores, y las instituciones en relación con él.

Nosotros no podemos hacer nada en favor de estas criaturas, mientras que la justicia amonto-ne en un mismo establecimiento aulas, dormitorios y comedores, al chico honesto con el cri-minal nato, a la criatura traviesa e inocente con el degenerado y el perverso. Las clases que abarcan desde primero a quinto grado carecen en absoluto de eficacia. Lo que los chicos aprenden es nulo, y sólo se deciden a estudiar algo cuando se les interesa diciéndoles que el juez pondrá en libertad a los que demuestran condiciones para el estudio. Algunos son men-talmente tan atrasados que su verdadero lugar sería en un Instituto de Retardados Mentales. A este caso voy a contar una anécdota:

El maestro se encuentra dando clase de historia. Llama a un chico acusado de hurto y que es-taba distraído, para preguntarle:

¿Quién fue San Martín?
No sé, señor. Yo no estoy complicado en ese asunto.


Se aburren

Los chicos se aburren desesperadamente. Las cuatro paredes del Depósito no son de lo más adecuado para hacer bailar de alegría a nadie. Y menos a una criatura separada de su familia.

Hasta hace cinco años la disciplina era rigidísima. Se les castigaba corporalmente. La entrada de maestros jóvenes hizo cambiar el sistema. Me atengo a informaciones de ellos.

Actualmente no se les pega. Se les aburre con tres horas en clase. Y las tres horas de clase tie-nen la finalidad de evitar que los mayores, en el recreo y las horas libres, se entretengan en pervertir a los menores.

Delincuentes, niños sin padres o sin tutores responsables, contraen allí en el Depósito la nece-saria amistad para que el día que salgan a la calle no tengan mucho trabajo para buscar un cómplice. Se perfeccionan en el delito sin que maestros o celadores se hagan la menor ilusión respecto a las posibilidades de reforma de aquéllos.

Nosotros me dice un maestro necesitaríamos un establecimiento grande, con divisiones para menores que nunca han delinquido y para aquellos que están acusados en primer grado. Ne-cesitaríamos un laboratorio de psicología experimental… porque muchos menores, que noso-tros, por experiencia, clasificamos como anormales, los médicos de tribunales, de una sola ojeada, los clasifican de normales. Se evidencias las contradicciones más monstruosas entre el juicio de un médico, de un juez y de un maestro de menores. Las conclusiones son las siguien-tes: el chico es enviado de un establecimiento a otro, en el noventa por ciento de los casos, sin el menor criterio científico.


Nadie tiene la culpa

Y allí, ¡nadie tiene la culpa!

La policía se lava las manos, diciendo que ellos no tienen la alcaidía para refugio de menores sin hogar. Los maestros se disculpan, observando, y con razón, que todo aquello que les pue-den enseñar a los chicos es anulado por los mayores delincuentes que conviven en el conjunto. El director del establecimiento, a su vez, arguye que el edificio es pequeño y que él no puede hacer milagros; la justicia pretexta detener a las criaturas para librarlas del contagio de la de-lincuencia callejera; el juez de menores y los defensores, no sé de qué modo se justifican; los médicos, que aseguran que un menor es un degenerado cuando no lo es, y que no lo es cuan-do lo es, como afirman los maestros prácticos en esto de analizar a los chicos…

Se ha llegado al colmo de lo irrisorio, y las contradicciones son ya tan monstruosas que la única conclusión que se desprende del examen de ellas, es la siguiente:

Nuestra sociedad, con o sin culpa, está fabricando delincuentes. Y los jueces lo saben. No pue-den ignorarlo; están en la obligación de no ignorarlo.

El depósito de menores es un antro de corrupción. Sin tino, sin el menor escrúpulo moral, se encierra en él a criaturas cuyas travesuras interpretadas maliciosamente pueden ser clasifica-das como delictuosas. Se toma como pretexto para fabricar menores delincuentes el hecho de que sus padres no pueden atender a sus necesidades en una forma correcta. Y para corregir un pequeño mal, se crea un mal mayor. Infinitamente mayor.

Lo dicen los maestros: Aquellos que entran al Depósito, salen; pero vuelven…

Lo antinatural sería que no volvieran, con los técnicos en delincuencia que están allí confinados pero con libertad para darles, a los que las ignoran, cátedras de robo, de vicio y de crimen.


Se aburre uno


Me dice un detenido de 16 años:
Se aburre aquí uno.
¡Cómo no se van a aburrir! Ni talleres para enseñarles alguna profesión hay allí.
Para salvar las apariencias se han instalado clases, que por otra parte tienen la ventaja de evi-tar que los encerrados conviertan la casa en un infierno. Eso es todo lo que se ha hecho por ellos. Nada más.

Lo más grave del caso es que artículos como el que el autor escribe, tienen la ventaja de remo-ver el avispero pero durante algunos días. Luego todo vuelve a su curso normal, si es normal que un establecimiento policial tenga la directa inmediata función de fabricar chicos, la mayor parte traviesos, criminales futuros.

[El Mundo, 28 de septiembre de 1932]


Escuela Primaria de Delincuencia (Fin)

Con esta nota doy fin a las impresiones que he recibido de mi visita al Depósito de Menores Abandonados y Delincuentes, de la calle Tacuarí.

De lo que he escrito anteriormente, se desprende que la institución es un desastre. No llena ningún fin, como no sea engrosar las filas de la futura delincuencia.

El visitante inexperto encontrará allí chicos de todas las edades, uniformados con un traje azul, aulas limpias, dormitorios en orden y camas bien tendidas. Y nada más. Bajo esta apariencia de orden y de limpieza, camouflage eterno de todas las instituciones inútiles, se oculta el cáncer de una amenaza social:

Todo chico que en un momento de estupidez cometa una travesura peligrosa está amenazado por la justicia (que se propone corregirlo) de ser encerrado allí, para que allí, en vez de corre-girse, se eche definitivamente a perder.


Quiénes son los culpables

¿Quiénes son los culpables de este desastre?
Los padres. Muchos menores son hijos de hogares constituidos irregularmente. No puede in-culparse a un menor de no tener padre o madre, ni de carecer de ese indispensable sentido moral necesario para convivir en la comunidad.

¿La policía?

La policía se limita a proceder de acuerdo a instrucciones previas. Cuando un menor delinque, la función de la policía es colocar a este menor bajo la jurisdicción de un juez, para que el juez lo juzgue.

Llegamos entonces a los jueces.

¿Son culpables los jueces?
Creo que son los únicos culpables, y son doblemente culpables porque no existiendo una juris-prudencia adecuada respecto al menor, ni instituciones que encierren en su funcionamiento una garantía severa para salvar al menor, actúan frente a éste con más crueldad, por omisión, que ante los mayores de edad.

Un análisis simple:

En el Departamento de Policía, los cuadros de detenidos están divididos de acuerdo a un crite-rio simple, pero aceptable, incluso para los mismos detenidos. A un acusado sin antecedentes no se lo encierra jamás en el cuadro quinto entre profesionales de la delincuencia.

¿Por qué no se procede con el mismo criterio respecto a los menores? ¿Por qué se encierra al chico acusado por vagancia en el mismo local donde se encuentran menores cuya peligrosidad es infinitamente superior? ¿Por qué se aloja al niño cuya madre no puede mantenerlo en el mismo establecimiento donde el degenerado, el ladrón o el asesino conviven en armoniosa amistad?

Saltan a la vista lo que pueden contestar los jueces:

Nosotros no tenemos locales adecuados.

Frente a tal contestación no cabe sino otra:
Si no tienen locales adecuados, técnicos educadores adecuados, no priven de su libertad a un menor y menos para encerrarlo en una escuela de delincuentes.

La monstruosidad que se revela en este procedimiento, escalofría; sobre todo si se la contem-pla en el interior del mismo Depósito.

Encerrar a un chico porque ha robado una botella de vino o no ha devuelto la bicicleta que había alquilado, en compañía de otro menor que psíquicamente es un delincuente nato o un degenerado, es un contrasentido que no tiene nombre.

Y más contrasentido lo es si se considera que jueces, maestros, directores de establecimientos de esta naturaleza, NO CREEN EN LA EFICACIA DEL PROCEDIMIENTO.
Y como nadie cree…

Y llegamos al fin.

Como los maestros no creen que sus lecciones puedan reformar a un chico, ni los jueces tam-poco lo creen, ni los celadores, ni nadie, nos encontramos en presencia de un mecanismo in-útil, que funciona porque sí, entre el pesimismo de aquéllos que debían estar dedicando todas sus energías a la solución del problema, porque para ello el Estado les paga.

Unos se inculpan a los otros, y todos, a su vez, reposando en la convicción de que nada pueden hacer, dejan que el mecanismo del Depósito trabaje naturalmente; y la función natural de este Depósito de Menores es destruir cuanto poco bueno puede tener un menor que cae allí aden-tro.
Y este terrible desorden se ha prolongado a todas las instituciones de menores. Ni una sola llena las funciones para las que ha sido creada. El escepticismo de los de arriba ha reflejado en
los de abajo, y la preocupación de todos estos funcionarios casi perfectamente inútiles, es una sola: no ser atacados por los periódicos. El resto les interesa escasamente.

Y como todo se contagia, a nuestra vez, nosotros los periodistas, que encaramos semejantes problemas, tenemos la íntima convicción de que toda campaña contra estas instituciones es perfectamente inútil. Durante dos o tres días las gentes comentan las anomalías que el diario les ha revelado, luego se olvidan. Nada se hace en favor de los menores. Y el terrible problema quedará en el aire hasta que venga otro que escriba estas notas… y la gente vuelva a olvidarse.

[El Mundo, 29 de septiembre de 1932]
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