La máquina del olvido


No recuerdo todas las veces que he hablado sobre el olvido, pero sé que han sido muchas. Hay muchos tipos (y olvidos). Existe al menos uno que aunque no sea represión propiamente dicha (lo despojado a esa “otra escena” freudiana) comparte cosas. Un olvido silencioso, irresponsable, autónomo, que lanza sus redes hacia los lugares donde antes hubo dientes que se miraban de cerca.

Hace 90 años un viejo vienés explicó cómo la repetición es por un lado la prueba del más allá del principio del placer y la demostración de que algo pugna por su fin (por elaborar suena más humano). Luego un loco francés explicará cómo no querer saber sobre algunas cosas puede causar las peores tragedias. 

Si te importaba y te separás, sufrís un tiempo indeterminado, si no sos muy cobarde te enfrentás al duelo y cuando te das cuenta que el mecanismo silencioso comenzó a hacer su trabajo, oh neurótico (y es una parte de la definición), te entregas a la posibilidad de la regresión. Pero si prestaste un poco de atención a estar vivo, verás que todo sigue: la que decía que nunca podría estar bien con alguien, consigue al hombre de su vida en el mismo momento que te está dejando o un poco después, dependiendo de los criterios de la elegancia vigentes. El varón que dijo cosas últimas al filo de la mañana, al otro día está jugando al fútbol. Y todo es verdad y todo es realidad, porque la realidad es fantasmática.

Me pongo Dread Mar I: Si querés (man) tener una chica/o deberás contarle algunas cosas que ni bajo amenaza de cumplimiento de la ley hubieses contado, lo inconfesable (“dar lo que no se tiene”). Entonces corrés un peón y el alfil tiene el camino un poco más limpio, hay que hacerlo aunque esté científicamente comprobado con una muestra igual a uno, que luego esto se volverá en tu contra, porque esa persona “no lo es”. El famoso circulo de confianza en el que se construirán conjuntamente algunos recuerdos, pero sobre todo algunos olvidos.

 Recuerdo cuando me encontré con una vieja novia luego de por lo menos un lustro sin vernos. Ella no recordaba casi nada de lo que yo le decía que habíamos hecho, hasta confesó que prácticamente no me había querido pero que ahora era el momento indicado para retomar la relación. Fui herido por una cornamenta en la ingle. Por un tiempo acepté la propuesta, pero Cronos había hecho un arroyo Maldonado entre nosotros y mi desdén comenzó a trabajar junto a la máquina del olvido. Ella anhelaba que yo fuese el de antes, pero yo sabía –sin saberlo en aquel entonces- que ella me había despojado de mis recuerdos, y peor, no me había olvidado.

Una noche dije al pasar algo trivial sobre por qué le gustaba un personaje de televisión y herí de muerte la relación. No puedo decir que no lo busqué de alguna manera. Lo único “bueno” fue que unos días después, dándome cuenta que no era la primera vez que sucedía algo así, y que ya no era ella a quien debía comenzar a olvidar, empecé escribir una novela que algún día veré si tiene algo que no sea más que un ejercicio de escribir para negar el olvido entrante.

No creo que quienes sean los personajes de este fragmento lo lean. Eso es la prueba contraria al olvido. Para mi suerte quien si lo hace, me ofrece una indulgencia que me causa (yo, que no lo soy).

4 comentarios:

Juan Antonio | 3 de marzo de 2011, 8:49

Te banco a morir

Ricardo | 3 de marzo de 2011, 10:41

¿Hirió de muerte la relación por un comentario sobre un personaje de televisión o ya estaba herida de muerte desde el principio?

Saludos.

Anónimo | 3 de marzo de 2011, 11:11

Lo puse mal, ese comentario sobre algun nimio, se relacionaba con ella. Creo que se murió mientrás duró, como todo.

flor | 3 de marzo de 2011, 11:36

y hay una canción que dice: "hoy voy a bailar a la nave del olvido" que me recuerda al chico aquel que me lo cantaba en la playa, junto al arroyo; aunque ya lo olvidé, aunque nunca pueda olvidar su nombre.

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