Todos los muertos tienen la misma piel

Estaba en un parque, un parque moderno planeado centímetro a centímetro, largas rectas para la gente en rollers, skates, bicicletas y algunos otros medios que no conozco sus nombres, como esos zancos metálicos con suspensión asistida a lo Robocop (pero el modelo malo de la 1). Tan bien planeado que un desnivel geográfico separa ese parque –y un par más- de la Costanera donde pasan su domingo The Others.

Niños hábiles como chimpancés, adolescentes tardíos con buenos modales, perros socializados, un césped súper resistente a los pisotones, jardines con flora en una depresión inalcanzable que no necesita ser regada, un símil risco donde los enamorados calientan motores mientras por la calle una manifestación de ciclistas encabezadas por payamédicos se extiende por 4 cuadras levantando pocos bocinazos. Su cantito es “bici si, auto no”. Y después dicen que estamos aislados del mundo.

El sol entibia las pieles dormidas por el invierno, la temperatura es justa: tibieza sin transpirar. Una niña salta cerca, su abuela le sonríe. Estamos en una esquina, el grupo está por dividirse, amablemente nos saludamos mientras delante mío pasa en skate alguien que hace mínimo 10 años que no veo y nació antes del golpe de Estado.

Entre besos de despedida nos damos cuenta que algo sucede, nos damos vuelta y en la esquina de enfrente a la nuestra un hombre yacía sobre la rampa de sillas de ruedas. Había caído hacía unos segundos, mientras hablábamos, porque un minuto antes yo había mirado y ahí no había nadie. Todo entre infantes, skaters y cariños a tu familiar. Le ahorraron la vista a un par de niños que estaban por ahí. De lejos ésta parecía la situación: una señora grande se lamentaba, otras dos lo atendían al señor, unos curiosos se acercaban, al menos 4 personas llamando al 911 y otra corriendo a buscar a Prefectura. 

Hay una especie de fascinación en esos espectáculos. Yo quería quedarme a ver que pasaba, un ratito como vidriera, pero no hubo pacto, rondaba en el aire que allí estaba. Comenzaron a hacerle masajes cardíacos, parecía que se los hacían bien. Traté de recordar lo que me había enseñado mi amigo cirujano pero no recordé todo el procedimiento, eso me intranquilizó, es algo que debería saber, como poner de nuevo la cadena de la bici.

Teníamos que cruzar por ahí, el lento paso del voyeur: un hombre en sus mediados sesenta, bien vestido, una gran panza y toda la ropa en su lugar. La boca demasiado grande, abierta. Su expresión era neutra. Llamativamente no había gritos ni alarma excesiva, mientras cruzaba escuché a la señora decir: “Acababa de salir del hospital”.

Nos enteramos que murió en la calle y que estuvo mucho tiempo allí porque la ambulancia no traslada muertos así que tuvo que esperar al de la morgue. Ya en San Telmo, mientras la imagen todavía reverberaba en mí y me burlaba internamente de los brasileros y sus tambores fuera de contexto, recordé este pedazo de un poema del gran Boris Vian:

“…No quisiera morir
no señor no señora
antes de haber palpado
el sabor que me atormenta
el sabor que es más fuerte
no quisiera morir
antes de haber probado
el sabor de la muerte.”


La única que busca y encuentra.

3 comentarios:

Juan Antonio | 7 de octubre de 2010, 6:09

mortal

Anónimo | 7 de octubre de 2010, 6:54

esto debería leerse en todos los colegios.

Brenda V | 18 de octubre de 2010, 17:17

my friggin god, que historia más creepy!!!

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