3 preguntas a Mailer


La estrecha relación entre la violencia y la mentalidad masculina (hombres en combate, hombres en ring de box, hombres en un bar pegándose botellazos en la cara) siempre a sido una constante en usted, ¿no?.

-Puede que sí, pero eso fue porque pensaba que me había asomado al mundo siendo demasiado blando. Para empezar no fui un buen soldado. Lo he dicho antes: en un escuadrón de doce hombres, yo habré sido el tercero o cuarto empleado de abajo. De modo que salí del ejército con muchas pequeñas heridas en mi ego. Y cuando publiqué "Los desnudos y los muertos" y tuve ese éxito enorme, sentí que no me lo merecía. Así que, a partir de ahí, me dediqué a reconstruir mi personalidad. Llegué a esas conclusiones bajo la poderosa influencia analítica de la marihuana. Porque hay dos cosas de las que me jacto en la vida, una de ellas es que nunca me psicoanalicé, cosa que me da un raro orgullo. La otra es haberme autoanalizado, con marihuana. Porque si uno es un egomaníaco tiene que ser capaz de autoanalizarse. Y así se vuelve una bendición ser egomaníaco. En caso contrario es una enfermedad. Gracias a la marihuana, finalmente entendí cómo rehacer mi psiquis, que es la razón por la cual la gente se psicoanaliza.


Se suele ver a Estados Unidos en esos términos, como un país en permanente necesidad de demostrar lo que es capaz de hacer...

-¿Un problema de machismo? Bueno, en este país hasta las feministas actúan como hombres, como hombres patéticos, esa clase de tipos que dicen que se oponen a toda forma de violencia. Ya sabe a lo que me refiero: esa clase de gente que se le tira a uno encima, pero rastreramente, sin vigor, sin honor. Este es un país que cree que ha ganado toda guerra en la que entró, sea Vietnam o la Guerra Fría... Pero ningún norteamericano está dispuesto a enfrentar la más profunda de las contradicciones de Estados Unidos: que somos una nación cristiana. ¿Se le ocurre algún país más moralista que éste? Y, al mismo tiempo, somos los archipracticantes del capitalismo. Es decir de la codicia. Todos queremos tener más dinero que el vecino , aunque no tengamos la menor idea de qué hacer con ese dinero.


¿Hay alguien en la Izquierda a quien respete o admire?

-Hay gente que me gusta, pero no se me ocurre nadie a quien seguir para aprender algo. Dios, ya he perdido la mitad de mi cerebro, y si para interpretar algo tengo que seguir dependiendo de mi propio pensamiento... ¡en que triste estado está el mundo! (... ) Cuando uno empieza a escribir, cuando uno es joven, el terror mayor radica en que la idea de que la gente lea tu libro y venga a matarte. Por eso Salman Rushie nos afectó tan profundamente. Por fin alguien escribía un libro por el que iban a matarlo. Pero lo que uno descubre escribiendo es que no: nunca pasa nada. Uno escribe sus libros y dice cosas terribles, pero nadie llama a tu puerta para decirte: "estás en problemas. Vas a sangrar por esto". Nunca, así que el segundo horror es que lo que uno escribe no importa. Y ese horror es aún mayor. Después de todo, con el primero, tal vez uno podía ponerse a la altura de las circunstancias, ser más heroico de lo que creía ser. Pero el segundo es simplemente el desastre absoluto: lo que escribo no importa. Entonces uno trata de resistir, de no caer en ese mar muerto y putrefacto de la inanición... Por la cultura vale la pena correr grandes, grandes riesgos. Por la sencilla razón de que, sin cultura, somos bestias totalitarias. El nuevo mundo de la tecnología nos induce a ser totalitarios. Lo que nos promete la tecnología es que todos podemos ser freaks del control: que el mundo es nuestro para dominarlo. Después de trabajar seis horas frente a una computadora fluorescente ya no nos quedan sentidos: ése es el trueque. "Yo doy mis sentidos, dénme sólo el control sobre mi entorno", parece decir la gente. Y lo único que todavía resiste es la cultura. Incluso me atrevería a decir que la cultura es lo único que nos preserva del totalitarismo. Pero la cultura es más que un cd rom. Es ir a una librería o una biblioteca y encontrar un viejo libro en un estante perdido y descubrir que tal vez nadie lo haya pedido en cinco años, y que eso forma parte de su virtud: esa pátina de pasado. La pequeña comunión que se produce entre el libro y uno es lo que está desapareciendo.

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