Love minus zero


La primera vez que fui a Montevideo hace ya algunos años, lo hice en uno de los peores barcos disponibles (el más lento y barato), uno que salía desde Tigre llamado “Cacciola”. Fue un mal día para el debut, las aguas estaban enfurecidas y el pequeño barco no brindada confianza ni estabilidad. Agregándole color al viaje, un ascendente grupo de cumbia interactuaba ruidosamente a nuestro lado.

Mientras nos alejábamos de las costas de Tigre pensaba: “si nos hundimos, llego nadando”. A veces lo comentaba con mis compañeros de viaje. Paulatinamente nos alejábamos un poco más y les preguntaba a cuánto pensaban que estábamos de la costa. “Unos 3000 metros” dijo uno. “Llego” pensé yo, “me saco toda la ropa, pongo un punto fijo y le doy. Llego”. Jamás se me ocurrió pensar en si había botes de emergencia (seguro no los había o no funcionaban), si pensaba en los salvavidas, que esos quedaran para los que no supieran nadar. “Si pasa, te tenés que sacar la ropa porque te pesa y te hunde” le dije a uno de los chicos, mientras me pedía que dejara de hacer esas conjeturas, como si el hecho de decirlas propiciara la catástrofe.

La costa estaba pequeña y yo le calculaba que estábamos a unos 7000 metros de distancia. “Si a veces nadábamos eso en un día, pero no se, no se si llego, por el oleaje y el frío. Hay más chances de sobrevivir nadando que esperando acá quién sabe a quien o cuánto”.
Un rato después oscureció y estar en cubierta no era recomendable. El agua se había vuelto negra y nada de lo que había pensado tenía asidero, nada. A lo sumo ese pasado me ayudaría a ser uno de los últimos en morir.

Afortunadamente las siguientes veces que tuvimos que viajar cambiamos de empresa y de servicio, fuimos en un buque grande que llevaba autos y extranjeros que quizás hacían las mismas conjeturas que yo hice en la Cacciola, ¿quién sabe?. Me dejé de molestar a la gente y de pensar esas cosas (mientras veíamos a Federer en el televisor) para dejar paso al precioso e indeleble recuerdo de las épocas en que junto a mis amigos de la pileta volvíamos nadando los 2500 metros que separaban los acantilados del Mari Menuco de su costa.

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